Dia 80: Resucitar

Estábamos ansiosos de volver a escuchar el sonido del Volvo. Uno pensaría que la ansiedad no se replica a bordo de un velero, pero muy por el contrario, puede escalar hasta niveles insostenibles cuando el futuro de la ruta esta en juego. Tener motor significaría poder continuar sin  problemas. Era volver a instalar la red debajo de la cuerda floja en la que transitaríamos las ultimas mil quinientas millas.

Esperábamos que los morenos mecánicos llegaran temprano, pero ya era casi el mediodía. Quería controlar mi ansiedad leyendo, luego tomando mate, tras mirar la computadora y el GPS. Imaginaba rutas, hacia cálculos y utilizaba la matemática rudimentaria para al rato recordar que no podía anticiparme a los hechos. Si el motor no arrancaba estaríamos en problemas. Pero tenia que arrancar, si la junta de la tapa había llegado y una vez instalada el motor de seguro daría arranque como el día que tiramos el barco al agua por primera vez allá en la Marina del Sol en 1986.

Como a las doce y media los vimos aparecer en el muelle del Boatyard. La figura del flaco alto se noto primero, pero solo al ver al gordo pude comprobar que se trataba de la dupla que intentaría solucionar nuestro problema ese mismo día.

El muelle por el que venian el Gordo y el Flaco con la junta para el Volvo

El muelle por el que venian el Gordo y el Flaco con la junta para el Volvo

Nuevamente repetimos el grotesco espectáculo de los mecánicos, la caja de herramienta y el sudaca pelilargo a bordo de un bote que estaba calculado para una esbelta pareja y a lo sumo un bebe de tres meses. No se si era mi ansiedad, pero me pareció que llegamos mas rápido que en la visita anterior de el Gordo y el Flaco.

Desde una bolsa que parecía contener los restos de un sándwich de jamón y queso emergió la pieza que venia a rescatarnos desde Miami. Envuelta en un plástico al vacío, la junta mostraba su orgulloso logo de pieza original. Sin mayor ceremonia rompieron el envoltorio y se fueron para adentro para comprobar que el numero de parte enviado correspondía con el modelo de motor que la Treme cargaba desde el ’86. Dos mil tres turbo. No me voy a olvidar mas del modelo. Era un diesel con tres cilindros, pintado de un color verde difícil de describir pero imposible de olvidar. Era como si ese color estuviera diseñado para mimetizarse con la grasitud del diesel y el aceite que invariablemente recubrían ese color que tenia poco de estético pero mucho de funcional.

Comenzó el proceso de ensamblaje y tanto Eduardo como yo observábamos cada movimiento de los mecánicos zulú desde nuestra privilegiada posición del tambucho de entrada de proa. Estábamos ubicados justo arriba del motor. Era como ver la instalación con esa cámara que habían usado por primera vez en el mundial de México ’86, la cual mostraba la toma del balón justo desde arriba del circulo central de la cancha del estadio Azteca.

Atardece al oeste de Barbados.

Atardece al oeste de Barbados.

Iban rearmando el Volvo con relativo desgano, pero con una velocidad que nos dejaba dudando. Al cabo de una hora y media las válvulas estaban en su lugar, la junta colocada y la tapa esta siendo ajustada mediante su tres tornillos. Era importante apretarla de modo parejo, pero sin apretarla de mas. Lo justo y necesario. Nuestras esperanzas estaban en alza. Estábamos ya muy cerca de la hora de la verdad.

El Gordo y el Flaco salieron al cockpit totalmente empapados de sudor. Para ser completamente sinceros debería agregar que no olían nada bien, pero nada de esto importaba. Lo importante era dar arranque al motor.

La llave ingreso por donde siempre y fui yo el encargado de hacer el primer intento. El sonido era promisorio. Podíamos sentir como las válvulas comenzaban a moverse en su metódico arriba-abajo. Sin embargo el arranque no se daba. Luego de veinte segundos el Gordo me pidió que pare. Sugerimos la descompresión a la cual ya estábamos habituados. El Flaco insistió en volver a darle arranque sin descomprimir los cilindros. El sonido era el mismo y el motor seguía sin arrancar. Probamos la descompresión y nada. Volvimos a probar y el resultado era invariablemente el mismo. Decidimos dejar descansar a las baterías y de paso le ofrecimos algo tibio de tomar a los mecánicos. Estaban sedientos, pero esa sed era el resultado de un esfuerzo inútil por revivir el Volvo que seguía en coma. Sentía como si este intento fútil de hacer revivir el motor era como esas escenas en las que el medico le da varios shocks al cuerpo inerte de un paciente que ya se ha ido para el otro mundo.  El intento final tenia menos esperanzas que el primero, pero algo de posibilidad quedaba en el intento.  El motor no arranco . Probamos varias veces mas y no arranco. No iba a arrancar.  La desazón era total.

Eran ya las cuatro de la tarde y los morenos querían regresar a la tierra en la que los esperaría una fresca cerveza junto a la barra de algún bar cercano. Ellos habían cumplido con su tarea de hacer la instalación de la junta, así que hubo que pagarles igual. Les preguntamos que se podía hacer para hacerlo arrancar y se miraron como si les hubiéramos preguntado una pregunta avanzada sobre física cuántica. En su incomprensible versión del ingles nos dijeron que la única opción era remolcar el barco hasta el puerto donde ellos podrían traer una grúa para sacar el motor del barco y llevárselo para una rectificación total en su taller de St. Michael. Esta opción no nos gustaba nada por dos motivos: sonaba a dos meses de espera y además suponía el desembolso de varios miles de dólares, los cuales no estaban en nuestro haber.  Baje a los mecánicos con mucho menos ganas de las que tenia cuando los fui a buscar.

De vuelta en el Tremebunda pude ver la cara de Eduardo que transitaba entre la duda y la total decepción. La mía no se que diría, pero calculo que la palabra mas acertada seria mierda, estamos cagados. Nos quedamos mirando el motor y creo que intentamos darle arranque un par de veces mas. No tenia sentido seguir intentando o nos quedaríamos sin baterías.  Decidimos no prender la radio para ahorra amperes hora y de paso evitar la transmisión de tan pésima noticia a nuestros amigos radio aficionados y por ende a nuestras familias. No sabíamos bien que hacer, pero el motor no lo íbamos a sacar del barco ni a punta de cañón.

Dia 79: La Inglesa

Estimábamos que hoy debería llegar la junta que había enviado mi padre desde Miami. Hoy vivo con la computadora, que indica a que horas llega cada ítem ordenado por internet. Hace una década el calculo se hacia a mano, como se hacia la navegación en los ’70 y los relojes en el siglo XIX. Se nos había indicado que debía llegar entre lunes y martes. Era lunes y nuestra esperanzas era que los mecánicos zulú aparecieran mágicamente a instalar la junta que ya nos había demorado una semana en esta encantadora isla.

Pasado el mediodía baje al Boatyard para hacer el llamado de averiguación al service. Aun no había llegado, pero en general, me informaron el UPS pasaba a media tarde. Les dije que volvería a llamar ya que nuestra intención era que la instalación se hiciera ese mismo día.

Volví al barco y cocine alguna comida de las que requerían poco esfuerzo y proveían las mínimas calorías como para seguir adelante. Hicimos tiempo leyendo y escuchando música. El día era diáfano y la brisa era suave. Sin duda Barbados nos estaba invitando a quedarnos para siempre, pero nosotros sabíamos que teníamos que declinar la oferta para poder seguir adelante con nuestro cometido.

A eso de las dos y media volví al teléfono del Boatyard para insistir con los del service. Buenas noticias: la pieza acababa de llegar. Mi boca seguía hablando mientras la sonrisa se lo permitía. Sentí una sensación de felicidad instantánea e ilógica por la llegada de una paquete de UPS a Barbados. Acto seguido les pregunte cuando podrían llegar los mecánicos para completar la instalación. Malas noticias: no podrían enviar a nadie hoy. Los mecánicos zulú estaban en un trabajo en el que se demorarían el resto de la tarde y no tenían a nadie mas para venir a instalar la junta. Mis ilusiones se fueron al piso tan rápido como habían ascendido desde la incertidumbre del primer llamado. Prometieron enviar al gordo y el flaco a la mañana siguiente. No había mas que esperar y ejercitar la paciencia una vez mas.

Volví al barco para comunicarle la novedad a Eduardo. Se resigno a esperar tal como lo había hecho yo tres minutos antes mientras caminaba por el muelle del Boatyard. No recuerdo bien en que pasamos la tarde, pero recuerdo haberme tirado al sol, haber leído mas Cortázar y haber tocado un poco de la Yamaha acústica que me acompañaba desde el ’96.

La aceptación de nuestro destino era crucial como elemento para sostener el sueño vivo. Cada día aceptamos lo que nos toca perpetuando la realidad en la que vivimos y creo que esto es lo mas mágico de vivir la vida que a cada uno le toca. De algún modo elegimos vivir en el universo que hemos creado y esa elección se repite día a día. El sueño en verdad esta cumplido. Lo que mas queremos es vivir el destino que nos hemos elegido para nuestras vidas. Cualquier otra ilusión es en verdad una distracción, un oasis imaginario en el que no toleraríamos pasar mas de un minuto.

figura

Por la noche invite a Eduardo a bajar al Boatyard, ya que parecía que habría fiesta esa noche también. Eduardo prefirió quedarse hablando por radio y yo preferí ir a ver que sucedía en la costa. La noche en el Boatyard se parecía bastante a las anteriores. Había gente a pesar de ser lunes porque se notaba la presencia de americanos y canadienses que habían llegado el fin de semana.  Era la temporada alta para Barbados. En el norte el frio alentaba a los gringos a venirse para el caribe. Nosotros en cambio, estábamos tratando de llegar al país del norte, aunque vale aclarar que Miami no se parece mucho a los Estados. La música era la misma que la de los días anteriores. El DJ tenia una formula que parecía funcionarle y se notaba que había decidido no cambiarla. Era de la filosofía “if it ain’t broke don’t fix it”. El ritmo BUM, BUM, BUMBUM, BUMBUM de Sean Paul hacia mover a la turistas colorados de tanto sol sin la misma gracia con la que vimos danzar a los locales la semana anterior. Definitivamente, los cuerpos se movían, pero no de igual modo. Iban y venían en la pista, pero no se pegaban como los de bailarines de la semana anterior. Me senté a un costado a observar el peculiar espectáculo, que llamaba la atención mas por lo grotesco que por lo artístico. Siempre me gusto observar el baile y analizarlos sin intentar nunca hacer una replica personal del mismo. A fin de los ’80 mientras visitaba por segunda vez Kheyvis había decidido que no me gustaba bailar y que en todo caso mi relación con la música seria la de compositor y no danzarín.

White Dancers

White Dancers

Al rato se me sentó al lado una chica que tenia cara de simpática. No era linda, pero sin duda valdría la pena iniciar una conversación. Era inglesa y se encontraba visitando la isla con sus padres. Tras un par de minutos me di cuenta de su simpatía era mas amplia de lo que pensaba. Esto no hacia que me pareciera mas linda, pero si hacia mas amena la charla. Tal vez hablamos sobre los danzarines, o yo haya intentado hacerme el interesante con algún cometario semi jocoso. Casi me imagino lo que le dije, aunque no lo recuerdo precisamente. Antes de que se termine la fiesta caminamos un rato por la playa y note el brillo en sus ojos. Era la situación ideal pero algo me decía que no era apropiado aprovecharse de la situación en ese modo. Mi mente rebobino y pensé en la mano del Diego en el ’86. No podía volverles a hacer eso. No soy vengativo y además la inglesa no me gustaba. Seguimos charlando un rato mas y la acompañe hasta el auto. Antes de despedirnos, no se como ni en que forma notamos que ambos habíamos nacido el mismo día. Exactamente el mismo día: el 27 de abril del 75. Hacia casi veintiocho años. Nos parecía una increíble casualidad a los dos, pero este hecho no iba a cambiar nada. Era hora de despedir a la inglesa que se regresaría donde los padres la estarían esperando como a toda hija única que vacaciona con los papas a los veintisiete y tres cuartos.

Regrese remando al barco en el que mi compañero dormía y mis sueños de llegar a Miami se encontraban congelados junto al block del motor.

Dia 78: Speightstown

Nuevamente era Domingo y ya estábamos cumpliendo una semana desde nuestra llegada a Barbados. El día anterior lo habíamos pasado bien paseando hasta el torneo de polo al que nos habían invitado. Se nos ocurrió que siendo domingo estaría todo cerrado y la mejor opción seria pasear en bus por la isla y conocerla un poco.

El duo dinamico antes partir al paseo por el norte de la isla.

El duo dinamico antes partir al paseo por el norte de la isla.

Nos levantamos sin prisa y al rato vimos a Gaspar que venia en su bote para despedirse. Había decidido levar anclas y cruzar hacia St. Vincent. Sin duda un  lugar que no íbamos a conocer, pero que merecía la pena visitar. La despedida del español fue rápida y nomas le deseamos suerte. Creo que quedamos en seguir en contacto a través de la radio, hecho que nunca sucedió. Fue la ultima vez que supe de el, pero no dudo que le habrá ido de puta madre en su viaje.

La noción de tiempo es muy distinta en las islas y sobre todo cuando uno habita a bordo de un velero. El calor hizo que nos diéramos un chapuzón. Eduardo calzaba su zunga negra y yo una vieja bermuda. Era una día para relajarnos y hacer de cuenta que no teníamos problema alguno.

Edu con su zunga

Edu con su zunga

Después del almuerzo nos bajamos y caminamos hasta el centro desde donde partían todos los buses. Decidimos tomar el que llegase mas lejos, como para recorrer la isla entera. Alguien nos dio el numero del autobús que nos podría llevar hasta el extremo norte de la isla recorriéndola por la carretera del oeste ( la Hwy 1B ). Sin dudarlo nos subimos al primer colectivito azul y amarillo que nos llevaría de tour por solo un par de dólares. Íbamos montados con el pueblo, lo cual hacia de esta experiencia un viaje mas simpático y autóctono. El bus avanzaba muy lentamente por la carretera deteniéndose en donde alguien lo parara. Había paradas fijas, pero no siempre eran respetadas por los pasajeros. La ruta nos dejaba ver el mar de a ratos y el paisaje iba cambiando pero sin alterar en mucho el clima general de Domingo que se respiraba. Luego de una hora pasamos por Speightstown y el bus se desvió alejándose del mar. Un rato mas tarde pasamos frente a la fabrica de Mount Gay, la marca de ron de Barbados, orgullo de la gente local. Allí se bajaron las ultimas dos personas que iban en el recorrido. Eduardo y yo no sabíamos bien que hacer pero esperábamos llegar a alguna terminal.  Un kilometro mas adelante el camino se acabo. No había terminal ni casas cerca. El conductor empezó a pegar la vuelta para regresar por donde habíamos venido. Le preguntamos si hasta aquí llegaba y nos dijo que si, que esto era lo mas lejos. Habíamos llegado al fin de Barbados (al menos en lo que a rutas de autobús concierne). Nos volvimos a sentar a nuestros asientos y comenzamos a recorrer el camino de vuelta sin pagar boleto alguno. En cierto modo era un dos por uno que no habíamos anticipado.

Buses de Barbados

Buses de Barbados

La verdad es que estábamos un poco cansados de estar sentados en el autobús de los colores xeneises, así que decidimos que al llegar a Speightstown nos bajaríamos para recorrer un poco a pie.  Quince minutos mas tarde le agradecimos al chofer por traernos de vuelta y nos bajamos terminal de autobuses de Speightstown. Desde allí caminamos un par de cuadras hasta la costa y fuimos observando como al igual que el domingo anterior cuando caminábamos con mi hermano por Bridgetown, la mayoría de los negocios estaban cerrados. Igual era pintoresco conocer el interior de la isla en un domingo. Uno veía a los personajes que se podían reconocer como estandartes de cada esquina. Algo me hacia sentir que esas mismas imágenes las hubiéramos encontrado una década antes o mañana por la tarde. Creo que encontramos un kiosco de playa en el que nos tomamos un agua de coco fresca. El calor en la isla no era agobiante pero el sol pegaba bien fuerte sobre el pavimento del Esplanade.

Tras el refresco caminamos cinco cuadras y nos sentamos en un banco para ver como el sol caía sobre el mar caribe. Habíamos conocido Barbados. Nos podíamos volver contentos.

Dia 77: Abierto de Polo

La sociedad de Barbados se divide del mismo modo en que se dividen todas: los que tienen y los que no. Era el día que nos tocaba observar de cerca a los que tienen en Barbados.  Como el torneo era a la tarde nos dedicamos a descansar en cubierta y sacar algunas fotos para registrar el paraíso en el que nos había dejado el Volvo esperando sus repuestos.

Después del mediodía decidimos iniciar nuestro camino hacia el desconocido mundo del polo. Desde mediados de los ochenta que no tenia un taco de polo cerca. En aquella oportunidad mi gran amigo Juan Pablo Garat, me había intentado enseñar como se taqueaba durante una de mis estadías en el campo de su familia. Desde entonces no había vuelto a ver Polo mas que en las noticias, cuando alguno noticiero argentino decidía compartir el deporte de la elite con la mayoría de los que no tienen cable.

En el camino de ida preguntamos en el centro por el club de polo y nos indicaron que debíamos subirnos en un bus con el resto de los que no tienen nada. Como nosotros tampoco teníamos mucho, logramos camuflarnos en el bus que transitaba la ruta que recorría la costa oeste de la isla. Teníamos que bajarnos cerca del afamado club de golf Sandy Lane, del cual el millonario del polo también era dueño. Era curioso ver como una porción tan grande de un país tan pequeño estaba en manos de una sola familia. Esto sucede en muchas naciones pero es mas evidente de ver en una nación insular que puede recorrerse en una tarde arriba de un autobús.

Serian las dos de la tarde cuando el chofer el bus nos hizo señas de que nos aproximábamos al sector elitista en el que debíamos bajarnos. No teníamos pinta de empleados ni de polistas, por lo que el chofer se habrá quedado pensando que estaríamos haciendo en aquel sector privilegiado. Tal vez no se pregunto nada y se limito a mirar su reloj para constatar que aun le quedarían dos vueltas a la isla.

La zona de Sandy Lane

La zona de Sandy Lane

Caminamos como un kilometro alejándonos de la costa y los autos de categoría que nos dejaban bajo el polvo nos daban la indicación de que estábamos yendo bien. Vimos las banderas a lo lejos y el ambiente que se tornaba cada vez mas exclusivo. Se veían cuatro tipos de personas: los empleados, los espectadores, los polistas y nosotros. Sapo de otro pozo es una expresión que calza bien para esta experiencia. Éramos sapos alegres si se quiere, que salíamos de la humedad del barco para observar a la alta sociedad de Barbados en uno de los eventos mas celebrados del año. Alguien nos comento que este era el relanzamiento del Abierto de Polo de la isla y se notaba que le habían invertido esfuerzo, dedicación y sin duda dinero.

El Barbado Polo Club

El Barbado Polo Club

Cuanto mas nos adentrábamos en el club mas nos sorprendía la escena. Las chicas no se parecían en nada a las que bailaban todas las noches en el Boatyard. Con sus vestidos floreados y sus ojos claros ocultos bajo lentes bien oscuros, ni siquiera notaban nuestra presencia.

Fuimos en busca de los argentinos que nos habían invitado y no nos costo tanto encontrarlos. Eran los únicos dos sudamericanos de todo el torneo y en seguida nos dijeron donde se estaban preparando para su partido. Los muchachos nos recibieron con un abrazo provinciano que parecía el reencuentro con antiguos amigos. Ellos también estaban alegres de encontrar compatriotas en una isla en la que se creían los únicos argentos. No quisimos distraerlos mucho dado que a eso habían venido desde las pampas: a jugar.  Nos colocamos a un costado de la cancha como si no nos correspondiera subir a los palcos en el que los espectadores apreciarían el deporte y conversarían sobre lo banal de sus vidas.

Cada charla, en cada reunión, en cada ciudad se parece un poco en que son las personas reuniéndose e intercambiando frases idiomáticas las que conforman el evento mismo. El evento no son los chukkers, ni los goles, ni las jugadas. El evento es la gente que va al evento. El publico no es el que va a ver lo que sucede. El publico es el evento en si. Nosotros como meros observadores de esta realidad nos estábamos divirtiendo bastante.

Polo en Barbados

Polo en Barbados

Los caballos habían ya comenzado a correr y los polistas a golpear la bocha blanca. Cuando estaban en el otro extremo de la cancha, la bocha blanca se perdía en el tapete verde e impecable sobre el que habrían trabajado durante meses los jardineros de la cancha. El clima acompañaba con una fresca brisa y un sol radiante.

El partido comenzó y el compatriota entro a la cancha a reemplazar a otro que tenia cara de jugador adinerado sin mucha idea de polo. La bocha iba y venia y se nos hacia complicado seguir al argentino. Cada tanto nos pasaba cerca y lo reconocíamos, pero enseguida nos distraíamos con alguna chica que pasaba sin mirarnos y se nos volvía a perder.

Pasaron los chukkers, se sucedieron los goles y se cambiaron caballos infinidad de veces. Viendo esto me quede dudando en la satisfacción de los animales de jugar un deporte que no habían creado y del cual eran solo títeres. De todos modos algo me dice que en el caballo debe haber algo de disfrute en esos piques a fondo tras la bocha.

La tarde fue cayendo y empezaron otros partidos. No se bien que resultados se dieron pero el publico parecía contento. La interacción social seguían en auge y tras probar un par de copas gratis que nos dieron los mozos que pasaban con las clásicas bandejas sentimos que era hora de volver a la humedad del Tremebunda. Nos despedimos del polista y su petisero. Le agradecimos la invitación y les deseamos suerte en su regreso. Ellos nos devolvieron el gesto con saludos y abrazos. Nunca mas volvimos a verlos pero el polo de Barbados aun se sigue preguntando quienes eran esos dos sujetos de bermudas en su cancha recién estrenada.

Dia 76: La resaca

El día comenzó con dolor de panza, o mas específicamente con la vieja y conocida “resaca” ( aka guayabo, cruda, hangover). Cuando fui hacia el cockpit sentía a mis ojos cerrados como una puñalada en una lata ( frase tomada del oeste bonaerense ). Al asomarme pude reconocer la silueta de Eduardo sentado en el cockpit. Unos segundos mas tarde pude reconocer sus facciones y darme cuenta de que su cara no aprobaba del todo mi comportamiento de la noche anterior. Pero había algo mas que desaprobación en su mirada, casi diría que había un cierto disgusto en sus ojos que no llegaba a comprender. Sin siquiera decir una palabra apunto con su índice derecho hacia la cocina. Me di media vuelta y pude ver el motivo de su justificado malestar. La bacha de la cocina era el testigo del alcohol en exceso de la noche anterior.  No recordaba haber lanzado la noche anterior, pero no cabían dudas de que esa materia viscosa me pertenecía. Sin decir mas palabras me puse a limpiar la cocina hasta dejarla como si nada hubiera pasado? Mi estomago igual aun sentir los excesos de la noche anterior. Por adentro pensé: una noche cada tres meses no esta tan mal, pero mantuve ese pensamiento para mi solo para no reavivar el disgusto de mi compañero.

Una vez limpia la cocina, la cara de Eduardo cambio, pero aun conservaba algo de ese gesto de regaño paternal que tal vez en algunos años me toque practicar con Tobías y Damián.

Al mediodía fuimos a tierra para llamar a los del service. Les avisamos que conseguiríamos la pieza en Miami y que se las enviarían. Esperábamos que al comienzo de la semana siguiente la tuvieran allí.  La verdad es que estábamos habituando a la vida de esta paradisiaca isla. Cuando uno caminaba por las calles de Bridgetown se sentía invadido por el relax de la gente que crece en el caribe. Allí se trabaja duro, pero se termina temprano. Es una sociedad que tiene admiración por Bob Marley y la cultura Rastafari, pero sin dejar de despegarse de la influencia británica que uno ve en cada esquina.

La Treme desde el lado de la playa. Tal vez la saco Gaspar.

La Treme desde el lado de la playa. Tal vez la saco Gaspar.

A eso de las tres de la tarde paso Gaspar por el barco para invitarnos a hacer Kite Surfing. El español se había traído la tabla y el kite a bordo de su velero y pensaba ir con su bote a motor para el lado este de la isla en la que seguramente habría suficiente viento.

Mi estomago decidió pasar a la invitación pero Eduardo se subió al bote para acompañarlo y tal vez intentar remontar en ese barrilete humano que tan divertido parece. Pensé que de seguro tras el kite se le quitaría la bronca que le había dado mi borrachera. No era para tanto, pero creo que me daba mas pena a mi por que era la primera vez que mi compañero se molestaba (con razón) conmigo.

Cuando estaba atardeciendo prendí la radio y pude comunicarme con Lastiri, quien me confirmo que mi padre estaría mandando la junta de la tapa de cilindros directamente a la dirección del service oficial de Volvo. Era un alivio saber que contaríamos con la pieza en un par de días.

Ya estaba anocheciendo cuando Gaspar trajo de regreso a Eduardo. Al parecer se habían divertido mucho en su excursión. Gaspar había volado por sobre las olas de Atlántico. Eduardo lo había intentado pero dadas las dimensiones de la vela que habían llevado le faltaban cinco o diez nudos de viento para lograr salir planeando.  Igual se veía feliz de haberlo intentado.

Quedamos en comer algo y bajar al Boatyard para no perder la costumbre. No se bien que habré cocinado pero de seguro me esmere en cocinar un buen arroz, que seria la primer comida que probaba en el día.

Como a las nueve Gaspar nos aviso por radio que no bajaría al Boatyard dado que prefería descansar. A el también le estaba pegando el exceso de la noche anterior.

De todos modos bajamos con Eduardo para ver quienes caían a nuestro bar de recalada. Tomamos un par de cervezas y me acerque al DJ para dejarle una copia del master de mi primer disco “Little Boy”. Hasta ese momento casi nadie había escuchado el disco dado que lo había terminado un mes antes de salir hacia Miami en la Treme. Al rato mientras me pedía una segunda cerveza escuche sonar “Can’t Change” por el impactante sistema de sonido del Boatyard. No voy a olvidarme la sensación de poder escuchar mi producción a tan alto volumen y con graves tan profundos. El perfeccionista sonoro que habita en mi se quedo debatiendo sobre el contenido de graves del master de esa pista.

Mientras terminaba de sonar el segundo tema de mi primer álbum logre reconocer el claro acento argentino en dos muchachos jóvenes que se encontraban a solo dos metros nuestro. No tuvimos mas opción que acercarnos. Habíamos visto algunos morenos que vestían la camiseta albiceleste en el centro de Bridgetown pero estos muchachos eran lo mas cercano a lo argentino que veíamos desde nuestra despedida de Daniel y Pepe en Salvador.

Nos dijeron que estaban de visita para jugar un torneo de polo ( El Barbados Open si mal no recuerdo ) que comenzaba al día siguiente. Nos contaron como los contrataba el millonario de la isla, que era dueño de medio Barbados y además del equipo de polo. Por supuesto que dicho millonario jugaba en el equipo. Lamentablemente no recuerdo el nombre de los muchachos pero si recuerdo su simpatía. Uno era jugador y el otro su petisero ( el que le cuida y entrena los caballos ). Tras una tercera ronda de cervezas nos invitaron a acercarnos hasta el club de polo a la tarde siguiente. Sin dudarlo aceptamos la invitación. Estábamos de vacaciones por el fin de semana hasta que llegara la pieza desde Miami.

Dia 75: Gaspar

La noche la había pasado soñando que reparábamos el motor con elementos mundanos, como si dijera que poníamos una bolsa de plástico y cerrábamos la tapa que habían abierto los mecánicos zulú y por arte de magia el motor encendía. El viaje que estábamos haciendo era mas grande, en cierto modo, que el transporte de un barco o el desplazamiento de dos personas. Había un componente mágico, algo que se liga a los sueños que uno trae encima por décadas. Ese viaje místico estaba amenazado por una fina junta de goma que fabrica Volvo en alguna fabrica terciarizada.

Me levante con la convicción de que no iba a dejar que una pieza de goma trastocara nuestros planes. Con los sueños no se jode, me dije. Volví a tomar la guitarra y toque un par de escalas de las raras que había aprendí durante mi pasada por el ITMC ( una escuela de música a la que había asistido una década antes ). Mientras sonaba la escala aumentada vi llegar nuevamente al barco pirata que llegaba al muelle para completar su rutina de asaltar turistas mediante el método de facilitarles el acceso a alcohol barato. La música no era lo suficientemente fuerte como para molestarnos, pero definitivamente chocaba con mi escala aumentada, que a decir verdad no se usa mucho en la música del caribe.

La guitarra como base para la camara.

La guitarra como base para la camara.

Al rato vimos un velero que se fondeaba como a cien metros delante de nuestra nariz. Desde lejos logramos divisar la gran bandera española que traía flameando . De seguro era Gaspar, con quien habíamos hablado varias veces por radio. Lo dejamos asentarse y descansar. De seguro estaría agotado.

Admiraba los cojones de Gaspar en largarse a cruzar el océano en solitario. Mas adelante aprendí que teníamos mucho en común y esto transformo mi admiración en aprecio puro.

Almorzamos liviano y seguimos esperando a que Gaspar diera señales de vida. Como a las dos lo vimos sobre cubierta descansando y admirando el agua color turquesa. Era hora de ir a saludarlo.

El barco visto desde el barco de Gaspar

El barco visto desde el barco de Gaspar

Eduardo y yo nos subimos al bote y comenzamos a remar en contra del viento. A los tres minutos estábamos bien cerca y vimos como Gaspar Citoler nos sonreía sentado desde el cockpit. Nos presentamos y enseguida nos invito a subir. Hablamos brevemente sobre su viaje y dado que lo vimos cansado le dijimos que pasara mas tarde por el barco para tomar algo. No nos acordamos que no teníamos heladera y que las dos cervezas que nos quedaban estaban a temperatura ambiente, es decir, a la temperatura del caribe.

Pasamos la tarde distrayéndonos para no pensar mucho en el motor, pero cada vez que íbamos a la cocina el cuerpo abierto del Volvo nos devolvía a nuestra realidad de náufragos sin motor.

Como a las 5 vimos un bote que se acercaba a motor. Era Gaspar que venia a recibir nuestra invitación de cerveza caliente. Subió al cockpit por la escalerita de popa y le dimos un breve tour de la embarcación. Le pareció interesante la distribución excéntrica de la nave. Le conté que esa rareza se debía al caprichoso diseño de mi padre que intento aprovechar los pies cuadrados del interior del modo que mejor le pareció. El Tremebunda tiene un espíritu propio que proviene de su génesis. Desde el astillero en San Fernando hasta el fondeadero en el que nos hallábamos en Barbados, el barco siempre había tenido para mi un espíritu único y especial . Creo que Gaspar logro reconocerlo en su primer visita al barco. La cerveza se la quedamos debiendo para mas tarde en el bar del Boatyard.

Me quede pensando en la charla con Gaspar, en ese cruce del océano en solitario que había hecho y en los sueños de millones de personas que nunca llegan a concretarse. Gaspar y yo éramos afortunados: estábamos concretando nuestros sueños a una edad relativamente temprana.

Por la noche nos paso a buscar en su bote con motor ( el nuestro era solo a remo ) y Eduardo decidió quedarse a bordo. Fuimos el español y yo a romper la noche del Boatyard. Otra vez había que pagar entrada y otra vez conseguimos brazaletes de parte del manager.

Empezamos a beber y la charla se puso cada vez mas entretenida. A Gaspar también le llamaba la atención el modo de bailar de los locales. Ni el ni yo pudimos si quiera intentar el paso de los morenos, pero ganas no nos faltaban. Como a las doce de la noche había perdido la cuenta de cuantas cervezas, tragos y vasitos me había tomado. La borrachera era notoria y antes de que cayéramos en medio de la pista decidimos marcharnos.

La habíamos pasado bien . Dos hermanos del mar se habían encontrado.

 

Video que encontre del barco de Gaspar :