Dia 86: La calma antes de la tormenta

Nos había costado gran parte de la noche salir del canal de la Mona. Al amanecer no veíamos la costa, pero sabíamos que Puerto Rico estaba a nuestra popa. La brisa era muy suave del noreste y avanzábamos lento en las aguas de Atlántico norte.

Era un día brumoso y esperábamos que la intensidad del viento levantara un poco para recorrer las doscientas millas que nos quedaban para llegar a Dominicana. Si el viento no mejoraba seria difícil llegar antes del día dos, que era el día en que arribaba mi padre a la tierra de los peloteros. De todos modos esta presión no podía cambiar en nada nuestra velocidad. Desde que habíamos tomado la decisión de ir a vela, sabíamos que no teníamos otra alternativa que rezar por buenos vientos. Sin ellos no avanzaríamos al destino. Hasta ahora habíamos avanzado bien y a pesar del poco viento la Tremebunda aun se movía en rumbo noreste.

Seguíamos estando en un pasaje de amplio transito de buques y calculo que en este día vimos al menos cinco o seis que iban o venían de los Estados.

Calma

Calma

Pasado el medio día, el cielo se cubrió completamente y comenzamos a notar que el clima iba desmejorando. En el ambiente podía sentirse que algo estaba viniendo hacia nosotros, pero aun no sabíamos que seria. Por la apariencia meteorológica, parecía ser una baja presión que se aproximaba. No era simple lluvia, seria algo mas. Prendimos el VHF para escuchar los pronósticos locales. Quedamos a la escucha.

Durante nuestra espera del pronostico, el viento mermo a cero. La Tremebunda flotaba sin moverse un centímetro. El bamboleo de las botavaras a causa de la marejada que había quedado revolviendo las aguas era desesperante. Las velas golpeaban de un lado al otro y cada vez que miraba hacia al agua me sorprendía descubrir la quietud a nuestro alrededor. A pesar de estar quietos sobre la superficie, nuestro GPS nos indicaba que la corriente nos empujaba a una milla y media por hora hacia el destino. Menos mal que la corriente era a favor y no en contra o de lo contrario hubiéramos estado por primera vez retrocediendo.

Aguas Dominicanas

Aguas Dominicanas

Decidimos bajar ambas mayores para no tener que tolerar el estrepitoso ruido de las botavaras golpeándose en cada ola que nos pasaba por abajo. Por suerte estábamos bien lejos de la costa y podíamos quedar flotando con tranquilidad. Una vez que ambas mayores estuvieron abajo y el geneoa se encontrara guardado, nos dedicamos a cocinar algo rico como para mejorara nuestro animo. Creo que tomamos una sopa instantánea y comimos luego una pasta con salsa roja. Un lujo para el altamar.

Hacia el fin de la tarde escuchamos el pronostico brindado por el guarda costa de Dominicana. El parte no era muy auspicioso. Las condiciones comenzarían a deteriorase al día siguiente. Recomendaban a todas las embarcaciones llegar a puerto cuanto antes dado que no seria seguro estar en el mar al día siguiente. En todas las zonas costeras se esperaba condiciones de tormenta tropical en las próximas veinticuatro horas. Los vientos podrían alcanzar las cincuenta millas de viento y las olas superarían los diez metros de altura. Además alertaban a la población sobre posibles inundaciones y cuestiones de tierra que no nos preocupaban.

Así que con cara de resignación, encogimos nuestros hombros y nos preparamos mentalmente para el cachetazo fuerte que la meteorología iba a pegarnos. Era muy desesperante saber que estábamos flotando tan cerca de nuestro destino sin poder hacer nada para avanzar y acortar las millas. Si hubiéramos tenido motor, el avance con las cuatro palas de la hélice nos hubiera puesto a pocas millas de Puerto Plata para cuando ingresara la tormenta ingresara desde el norte. Pero no podíamos lamentarnos por la decisión que habíamos tomado en Barbados. Al tomarla sabíamos que era una decisión de paracaidista. Nos habíamos tirado al caribe y ahora nos tocaba ponerle el pecho a la tormenta que nos tomaría el examen final para graduarnos.

Cayo la noche en total silencio. No hablábamos mucho, lo cual indicaba la frustración y la resignación de ambos. No era la culpa de nadie. Era el destino el que nos había tirado este tormenton en frente. La calma, desesperante como era, constituía al mismo tiempo un examen adicional para probar que éramos al fin y  al cabo navegantes de en serio.

Avisamos por radio que estábamos preparándonos para el mal tiempo. Teníamos los recursos, la experiencia y la confianza en el barco como para hacerle frente a lo que viniera. Durante esa noche, mientras la corriente nos empujaba hacia la Florida, me acorde de las tantas tormentas que había sobrevivido la Tremebunda. Desde aquel accidentado viaje inaugural en el que curiosamente también había estado presente Eduardo, hasta el segundo viaje a Mar del Plata, con esas olas del Atlántico sur tan jodidas. El barco estaba hecho para resistir y nosotros estábamos resistiendo para ser.

DIA 86: Millas recorridas 105 – Velocidad promedio 4.36 nudos

Dia 85: Hola Puerto Rico

Nunca había tenido puesto el Spi durante tanto tiempo. Toda la noche tirando de las narices del barco, llevándolo derecho hacia su destino. Al levantarme, tras haberle cedido la guardia a Eduardo en medio de la madrugada, sentí que la decisión de haber partido de Barbados había sido un acierto de considerable corrección. El barco avanzaba a seis nudos como si un imán nos estuviera atrayendo hacia Dominicana.

Hoy esperábamos llegar a Puerto Rico y con suerte en dos días a Puerto Plata. La brisa de popa era una bendición que no nos dejaba borrar la sonrisa de nuestras caras. Pronto cumplimos las veinticuatro horas de vela balón. El avance del Tremebunda era tan notorio, que hoy se nos acabaría el mar caribe. Esperábamos pasar el pasaje de la Mona y entrar al Atlántico sin mayores problemas.

Auto foto no muy bien calculada

Auto foto no muy bien calculada

Descansamos tras el almuerzo y comenzamos a soñar con comida de en serio. A veces charlábamos sobre bifes o papas fritas, pero pronto recordábamos que lo mejor era no perder la calma y dedicarnos recorrer lo que nos faltaba.

Toda la tarde seguimos sin problemas con el Spi arriba.  Tomamos fotos, reímos con anécdotas del pasado común y leímos. No pusimos música para no gastar la batería, pero al menos teníamos el respaldo de ese panel solar que mi padre había comprado en los 90 como recargador renovable de nuestras baterías. Ese panel era del mismo proveedor que había comenzado a instalar estaciones de carga en las boyas del canal Mitre de Buenos Aires. Cuando pasábamos cerca de las boyas del canal navegando en el ahora lejano Rio color de león, veíamos los mismos paneles que ahora recargaban nuestras  baterías en el caribe.

Las escotas finas siguen haciendo que el Spi se mantenga inflado.

Las escotas finas siguen haciendo que el Spi se mantenga inflado.

Hacia el final de la tarde la brisa decayó notoriamente. El avance se hizo lento y las escotas comenzaban a ser demasiado pesadas como para mantener esa vela flotando. El peso de la escota desinflaba la vela, por lo que recurrimos  a poner una escota de repuesto súper fina que llevábamos por la dudas. Siempre en una travesías así de larga uno termina usando lo que creía que no iba a necesitar. Navegante preparado sirve para otra singladura.

Con la nueva escota fina el Spi volvió a flotar y a llevarnos, aunque a menor velocidad, de la nariz hacia la isla del encanto. Como a las cuatro de la tarde vimos la costa aparecer claramente. Una hora mas tarde veíamos el recorte de las montañas de la isla de Puerto Rico contra el horizonte. Dada la lentitud del avance, pudimos observar con atención cada relieve relevante desde nuestra posición. Hacia el atardecer llegamos a divisar Ponce y me quede pensando en como hubiera sido hacer esta etapa con mas tiempo  ( y con motor ). Sin duda hubiera sido fantástico poder conocer Puerto Rico a vela, pero esa parada también me la debo hasta otro viaje. Mientras el Spi siguiera inflado, el avance era seguro. Cayo la noche y nos conectamos por radio con Zarate para dar nuestra posición . Nos confirmaron que mi padre los había llamado para decirles que de seguro iba el día dos a Dominicana y que con el viajaría Max, un amigo mío y de mi hermano al cual conocíamos desde que mi familia se había mudado a Miami. Max no tenia idea de los barcos, pero era un amigo leal y un personaje con el que valdría la pena contar para cuando Eduardo se bajara de la nave.

Se hizo de noche en el pasaje de la Mona y el viento calmo casi por completo. Avanzábamos a tres nudos y veíamos los barcos que cruzaban entre Dominicana y Puerto Rico. Sabíamos que era una zona de mucho trafico de buques por lo que ambos nos manteníamos alerta. Antes de la medianoche teníamos un petrolero en nuestra popa que nos apuntaba justo al medio. Recurrimos a la radio VHF y luego de varios intentos frustrados el fuerte acento del operador de radio nos comunico que nos tenían en su radar y que nos pasarían por babor. Cinco minutos mas tarde el gigante oscuro nos paso a trescientos metros como a quince nudos de velocidad. Mientras nos pasaba esa mole oscura por al lado en medio de la noche me acorde del Tano Nicoletti y su encuentro menos fortuito con un carguero cerca de Venezuela. Había que andar con mucha precaución en esta zona de tanto trafico para no quedar como el Tano durante siete días flotando arriba de una madera. La noche entera me la pase mirando el radar y contando los barcos que pasaban a lo lejos. La precaución como madre de la fortuna. La fortuna como explicación de lo planeado. En el radar las manchas verdes me avisaban cuando apretar el botón del VHF por las dudas.

DIA 85: Millas recorridas 139 – Velocidad Promedio 5.78 nudos

Dia 84: La vela balón

Probablemente haya sido el día mas pacifico de nuestro viaje. Amanecimos con el viento justo de popa. El genoa no rendía mucho en esta condición y dado que el viento era de menos de quince nudos, el avance del Tremebunda se hacia un poco mas lento. Cuando el viento te viene de atrás, cada nudo de velocidad es una milla menos de viento. Es un efecto curioso dado que muchas veces parece como si uno avanzara por arte de magia. Uno no siente el viento y sin embargo el barco avanza y las velas permanecen infladas.

Nos dimos cuenta que si queríamos avanzar algunas millas mas lo ideal seria izar el spinnaker. La vela balón, como le dicen los españoles, había permanecido estibada debajo del cockpit desde nuestra salida de Buenos Aires. A decir verdad estaba allí guardada hacia una década al menos, pero ese silencio del desuso iba a cesar esa mañana. Nuestro spinnaker venia guardado en un snoofer, que es como una media gigante en la cual la vela balón se guarda. Uno iza esa media y mediante unas poleas, y casi por arte de magia, la vela redonda aparece frente al barco. En toda sinceridad, no se porque el spi no se usaba mas seguido. Era sencillo de manejar y al ponerlo le daba a uno la tranquila sensación de estar flotando.

La vela balón en todo su esplendor.

La vela balón en todo su esplendor.

Pusimos el tangón por estribor e izamos la media para preparar la vela. Un minuto mas tarde me fui a la proa para tirar de las poleas y apareció el rojo carmesí de nuestro spi con el veintidós pintado en medio. La calma ingreso al barco y ambos sentimos el relax de estar avanzando sin sentir el avance. El buen humor comenzó su tendencia de alza que seguiría por un par de días. Cuando fui adentro para calentar el mate pude también notar que la calma se sentía por dentro. A pesar de estar yendo un par de nudos mas rápido, el spi le daba al barco una estabilidad que por momentos se confundía con el confort de una amarra en una marina protegida.

Mi bitácora no cuenta que almorzamos pero se que habré tenido tiempo como para esmerarme agregando choclo o arvejas a mi arroz. Lo que mas recuerdo de ese día es el rojo recortándose contra el cielo azul. Las mayores de los Gianotti que aun aguantaban volvían a sentir el alivio de compartir la responsabilidad del avance con la vela balón.

El spinnaker y el horizonte.

El spinnaker y el horizonte.

Por suerte el viento se mantuvo y el timón de viento llevaba el rumbo a la perfección. Cada día que pasaba nos maravillábamos de cómo este mecanismo funcionaba tan bien sin consumir ninguna energía. Una verdadera joya de la ingeniería que Eduardo llevara por siempre en su escudero de inventor. Los planos de Daniel habían sido la base para el diseño, pero la adaptación a nuestro barco había sido de Edu. En todo caso, si tuviera que elegir un articulo para llevar en un futuro viaje sin dudarlo elijo el timón de viento, que desde hace una década descansa en Key Biscayne.

Durante la tarde me dedique a leer y luego a mirar la carta digital. Estimaba que en dos días estaríamos pasando por el canal de la Mona y desde allí solo quedaría recorrer la costa de Dominicana para llegar a Puerto Plata.  Mi padre ya nos había confirmado que llegaría allí el dos de Abril y nosotros estimábamos llegar el primero.

Por la noche, tras un frugal cena, me quede de guardia con el spinnaker recortándose ahora contra la luna en cuarto menguante. La imagen era digna de un cuadro para oficina de dentista. También podría haber sido la tapa de una revista de náutica, o la imagen  que podría resumir la felicidad de estar cumpliendo el sueño de navegar.

Saque mi walkman Sony para ver si podía captar alguna radio, pero no tuve mayor suerte. Estábamos a mas de doscientas millas de cualquier isla y lo único que llegaba era estática. Habría que esperar hasta el día siguiente para que volviéramos a ver tierra.

Dia 83: Isla de las Aves

El viento nos seguía empujando de popa y sin darnos cuenta los dos habíamos regresado a la rutina del mar. Eran las guardias, los limitados ajustes del rumbo y de las escotas. La nave avanzaba sin problemas por medio del mar caribe. Por momentos y muy a lo lejos pudimos ver el resplandor de alguna de las islas del caribe francés.

Me parecía increíble estar navegando en las aguas azul profundo de una mar en el que tantas veces me había soñado navegando. Nos sentíamos afortunados de contar con la bondad de Eolo. Sin el no iríamos muy lejos y el sabor del peligro del paso entre las islas en medio de una recalmada nos había quedado en el paladar.

Mientras estos alisios nos llevaran, seguiríamos bien.  La brisa nos entraba por la aleta y las dos mayores se pasaron el día abiertas. El navegar a favor del viento en un mar sin olas nos brindaba una serenidad que no he vuelto a experimentar desde entonces. La onda del Océano Atlántico había desaparecido por completo, bloqueada por la barrera de islas que teníamos por estribor per que no podíamos observar a simple vista.

Atardece cerca de la Isla de las Aves.

Atardece cerca de la Isla de las Aves.

En nuestra ruta íbamos a pasar cerca de una pequeña isla que le pertenece a Venezuela, pero cuyos habitantes son plumíferos: la Isla de las Aves. Sin duda que pensar en una isla tan pequeña ubicada en medio del mar Caribe lo deja a uno montado del barrilete de la imaginación. Como seria la vida de los científicos que allí pasaban temporadas. Imaginaba las rutinas de la isla cobrando una dinámica propia, así como las de a bordo se llevaban nuestros días mientras nos hallábamos navegando. En cierto modo una así de chica debía ser parecida a un barco anclado, pero con arena, guano y huevos de tortuga.

Cerca de las cinco de la tarde empezamos a notar una gran variedad de aves que nos rondaban. Llegaban haciendo un vuelo de reconocimiento y minutos mas tarde regresaban con mas camaradas que venían a observarnos con la paciencia con la que los científicos venezolanos las observaban a ellas en la isla. Todas se parecían a alguna variante de la gaviota, pero dada mi falta de conocimiento acerca de las especies y subespecies de este animal volador no puedo dar nombres científicos mas precisos a nuestros visitante. Se veían  marrones, blancas y con manchas. También llegaron grandes y algunas pequeñas y grises que nos recordaron a Catalina, la gaviota que nos había visitado antes de llegar a Barbados en una oscura noche de un par de semanas antes.

Atardecer en el Caribe

Atardecer en el Caribe

A las isla en si nunca llegamos a verla. Estimo que le pasamos a menos de veinte millas pero siendo tan diminuta y de tan baja altura, no pudimos ver si costa.  No podíamos darnos el lujo de desviarnos, ya que había que aprovechar cada milla que nos regalaba Eolo. El Canal de la Mona estaba allá adelante y no íbamos a desviarnos por nada mientras el viento nos lo permitiera.

Al anochecer constatamos que las baterías habían bajado un poco pero todavía teníamos como para prender la radio y simplemente avisar que estábamos bien. Desde Campana Julio nos saludo, nos tomo la posición y se despidió con uno de sus chistes.

La noche de vuelta nos abrazaba con su suave brisa. Las luces del Tremebunda se quedaron apagadas para poder conservar amperes. Esperábamos que el panel solar recargara lo que habíamos consumido durante el día siguiente. Comimos un arroz de los clásicos de Gervasio y le dije a Eduardo que se fuera a acostar cuando quisiera. La noche con el viento de atrás se confundía con el sueño de estar navegando con el Tremebunda sobre un mar caribe sin ondas ni problemas.

DIA 83: Millas recorridas 137 – Velocidad promedio 5.7 nudos

Dia 83 : Isla de las Aves

Dia 83 : Isla de las Aves

Dia 82: Las Pitons

Pasamos la noche muy tranquilos avanzando a un promedio de cinco millas por hora. A eso de las tres me fui a a dormir y lo deje a Eduardo de guardia. Otra vez éramos solo dos y debíamos tratar de dejar descansar al compañero lo mas posible para luego poder descansar uno.

A media mañana me levante y con alegría pude observar el contorno de las afamadas Pitons de Saint Lucia. Su forma sorprendente las había transformado en un símbolo de la isla y el motivo de infinidad de souvenirs. En la isla se las puede encontrar en remeras, tazas, llaveros y recuerdos sin uso. Esto lo supe luego a través de mi madre que ha visitado Saint Lucia varias veces, pero nosotros apenas nos estábamos acercando por vez primera a vela.

El timon en cuestión.

Las Pitons a lo lejos

La primera noche nos había tratado muy bien y el suave viento de popa nos dejaba avanzar a una velocidad aceptable. Hacia el sur podíamos también ver la isla de Saint Vincent pero sin duda íbamos a pasar mucho mas cerca de Saint Lucia. Habíamos escuchado que Saint Vincent era muy bonito y pintoresco pero a quince millas de distancia parecía una isla mas. El viento había ido calmando con la proximidad del medio día y la velocidad disminuyo considerablemente. La corriente nos empujaba contra la isla y mientras la brisa se mantuviera no tendríamos problemas.

Cuando estábamos a unas 4 millas del extremo sur de Saint Lucia el viento se calmo por completo. El Tremebunda flotaba en la calma caribeña como un corcho a la deriva. Miramos el GPS y la corriente nos llevaba directo hacia la rompiente de la punta. Los nervios volvieron a crisparse, pero aun teníamos tiempo. Estábamos avanzando a dos nudos hacia la isla, o sea que tendríamos dos horas para que el viento creciera un poco y nos diera la posibilidad de salir de este percance. Era imposible saber si la corriente nos tiraría contra la costa o si a ultimo momento nos empujaría hacia el oeste para darnos paso sin problemas. Mirábamos al agua y nada se movía. El GPS sin embargo nos seguía diciendo que las Pitons estaban cada vez mas cerca. Comenzábamos a ver los riesgos de la navegación a vela pura. El motor seguía descansando muerto de risa en la sentina de siempre. Los nervios siguieron en ascenso, al menos por un rato.

Edu sonríe al dejar atras Saint Lucia.

Edu sonríe al dejar atras Saint Lucia.

A eso de la una de la tarde, cuando estábamos como a tres millas de la isla, comenzamos a sentir una brisa desde el este que nos iba a dar el empuje suficiente como para zafar de la punta. Las Pitons se pusieron un poco tristes de que no nos acercáramos mas pero nosotros nos sentimos aliviados al ver que el barco volvía a avanzar a cuatro nudos. Este breve incidente de la falta de viento en un paso entre islas nos dejo marcados y sin dudo hoy recuerdo esa hora de calma como una de las horas mas extensas de la travesía.

A media tarde ya veíamos a las Pitons alejarse a nuestra popa. Dejábamos atrás un Saint Lucia que no he vuelto a visitar. Los recuerdos de la calma se quedaron en mi memoria hasta el día de hoy. Los souvenirs de las Pitons me los debo para una próxima visita.

DIA 82: Millas recorridas 127 – Velocidad promedio 5.33 nudos

Dia 82: Saint Lucia

Dia 82: Saint Lucia

Dia 81: Huevos

Llegamos entonces a la bifurcación en el camino. Tocaba decidir el destino de nuestro viaje. Nos dimos cuenta que no era cuestión de que opinaran los mecánicos, o mi padre o los amigos de Zarate o Rafael, el de la ronda de navegantes. El motor estaba roto y sabíamos que teníamos dos opciones delante nuestro: abandonar el viaje o seguir a vela. La opción de sacar el motor en Barbados no solo nos parecía desacertada, sino una demora que nos seria imposible de sostener.

Estábamos a fin de Marzo y ambos teníamos el tiempo disponible contado. Mi plan era comenzar a trabajar en Abril y Eduardo debía volver a la fabrica en la que había crecido y que era la responsable de mantener a su familia desde los sesenta. Hoy veo, ya como padre de familia, la gran responsabilidad que debió delegar Eduardo para comprometerse a hacer el viaje conmigo. Ayer me preguntaba mi amigo Diego sobre los motivos de Eduardo para hacer este viaje y la verdad es que me quede sin poderle contestar. Ese silencio me dejo pensando en la responsabilidad de llevar una empresa adelante y en general en el proyecto de mantener una familia que millones comparten. El viaje fue en cierto modo una manera de tomarse unas vacaciones de ese proyecto y a la vez una forma de auto convencerse de que todo proyecto es posible. El navegar siete mil millas le parecía una locura a muchos, pero a Eduardo, a mi papa y a mi nos parecía una sensata aventura que me mudaría de país a mi y a la Tremebunda.

Nos levantamos sin saber cual de los dos caminos que se nos presentaban íbamos a elegir. Era una versión en vivo de los libros “Elige tu propia aventura” que se leían así:

a)    Dejas el barco en la isla de Barbados y te tomas una avión par reencontrarte con tu familia. El barco se hunde en Barbados unos meses mas tarde, cerca de la boya de barco hundido de la cual te habías amarrado en la noche que arribaron a la isla.

b)    Decides soltar amarras y navegar a vela las casi dos mil millas que te quedan para llegar a Miami.

La elección no se demoro demasiado. Nos quedaba revisar algunas cosas antes de decidirnos entre a y b. Baje a comprar algunos víveres que nos harían falta, y al hacerlo me di cuenta de que ya estaba dando vuelta la pagina para continuar con el viaje.

Al regresar de mis compras solo hubo una breve conversación. Le pregunte a Eduardo:

–       ¿Vamos?

–       Si, vamos a vela.- respondió con seguridad

Ninguno de los dos quería abandonar la maratón con esa sensación de derrota. Nos habíamos propuesto llevar el barco a Miami y ninguna junta de tapa de cilindros, o lo que fuera que estuviera roto en el Volvo nos lo iba a impedir.

En cierto modo siento que ese momento clave era el que definió el viaje de hace una década. En esa pregunta, nos estábamos también preguntando si teníamos los huevos para aceptar la responsabilidad de la decisión que estábamos tomando. No tendríamos motor para entrar o salir de puerto, no podríamos cargar las baterías mas que con el panel solar que apenas recargaba nuestro consumo y tampoco tendríamos frio en la heladera. La travesía se iba a poner mas dura de que lo que habíamos experimentado hasta ahora, pero tras tantas millas que habíamos dejado atrás, teníamos confianza de que nuestro proyecto era posible. Este viaje no era la comida, ni el frio en la heladera, ni las charlas por radio. Era las velas infladas para empujar el casco en rumbo norte. Nos acordamos de los navegantes de antaño que lo hacían todo a voluntad del viento. Nos acordamos del innombrable Vito Dumas, que circunnavego el globo en solitario en los años 40 partiendo del mismo puerto que habíamos dejado a estribor el cinco de enero. También de los expedicionarios y de los valientes que día a día concretan sus sueños llevando a la practica lo que la mayoría les dice que es imposible.

Despidiendonos de Carlisle Bay

Despidiendonos de Carlisle Bay

A las seis de la tarde izamos las dos mayores y soltamos la boya del Boatyard. Nos fuimos sin despedirnos de nadie. No había tiempo que perder. El mar caribe nos aguardaba.

Mientras íbamos viendo como se alejaba el muelle del Boatyard que tantas veces nos había visto subir y bajar vimos un crucero de los que traen turistas aproximándose a la distancia. Su casco azul se recortaba nítidamente contra el horizonte. Nuestro rumbo era hacia el este, apuntando a pasar entre Saint Lucia y Saint Vincent.

El puerto de cruceros, un par de millas al norte del Boatyard.

El puerto de cruceros, un par de millas al norte del Boatyard.

Aun nos encontrábamos con poco viento ya que estábamos al resguardo de la isla. El barco se deslizaba a tres o cuatro nudos. Lentamente vimos como el casco azul se iba acercando. Por vez primera no podíamos contar con el motor como red de seguridad. Estábamos calculando por donde pasaría en su camino hacia el puerto. Hizo sonar su fuerte bocina de buque cuando estábamos a solo una milla. El casco azul se veía enorme y los nervios iban en aumento. Un minuto mas tarde del bocinazo pudimos ver como alejaba su rumbo apenas unos grados y la calma regreso al cockpit. El casco del Constelation nos paso a unos doscientos metros. Parecia un edificio azul lleno de turistas que nos daban la despedida de Barbados desde los balcones de sus suites.

El Constelation, crucero que nos paso cerquita saliendo de Barbados a vela

El Constelation, crucero que nos paso cerquita saliendo de Barbados a vela

 

Este breve encuentro con el peligro nos hizo recapacitar sobre nuestra decisión. No seria tan fácil ir a vela solamente, sobre todo cuando el viento escaseara. Pero la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.

Al comenzar la noche avisamos por radio sobre la decisión de proseguir a vela. También les comunicamos que si por algún motivo no podían comunicarse con nosotros, que considerasen que podría ser por falta de baterías y no porque nos hubiera arrasado un carguero.

Eduardo se fue a dormir temprano y yo me quede sonriendo en el cockpit, admirando la luna que parecía estar guiñándome un ojo como si supiera que b era la decisión correcta para llegar hasta el final del libro.