Dia 84: La vela balón

Probablemente haya sido el día mas pacifico de nuestro viaje. Amanecimos con el viento justo de popa. El genoa no rendía mucho en esta condición y dado que el viento era de menos de quince nudos, el avance del Tremebunda se hacia un poco mas lento. Cuando el viento te viene de atrás, cada nudo de velocidad es una milla menos de viento. Es un efecto curioso dado que muchas veces parece como si uno avanzara por arte de magia. Uno no siente el viento y sin embargo el barco avanza y las velas permanecen infladas.

Nos dimos cuenta que si queríamos avanzar algunas millas mas lo ideal seria izar el spinnaker. La vela balón, como le dicen los españoles, había permanecido estibada debajo del cockpit desde nuestra salida de Buenos Aires. A decir verdad estaba allí guardada hacia una década al menos, pero ese silencio del desuso iba a cesar esa mañana. Nuestro spinnaker venia guardado en un snoofer, que es como una media gigante en la cual la vela balón se guarda. Uno iza esa media y mediante unas poleas, y casi por arte de magia, la vela redonda aparece frente al barco. En toda sinceridad, no se porque el spi no se usaba mas seguido. Era sencillo de manejar y al ponerlo le daba a uno la tranquila sensación de estar flotando.

La vela balón en todo su esplendor.

La vela balón en todo su esplendor.

Pusimos el tangón por estribor e izamos la media para preparar la vela. Un minuto mas tarde me fui a la proa para tirar de las poleas y apareció el rojo carmesí de nuestro spi con el veintidós pintado en medio. La calma ingreso al barco y ambos sentimos el relax de estar avanzando sin sentir el avance. El buen humor comenzó su tendencia de alza que seguiría por un par de días. Cuando fui adentro para calentar el mate pude también notar que la calma se sentía por dentro. A pesar de estar yendo un par de nudos mas rápido, el spi le daba al barco una estabilidad que por momentos se confundía con el confort de una amarra en una marina protegida.

Mi bitácora no cuenta que almorzamos pero se que habré tenido tiempo como para esmerarme agregando choclo o arvejas a mi arroz. Lo que mas recuerdo de ese día es el rojo recortándose contra el cielo azul. Las mayores de los Gianotti que aun aguantaban volvían a sentir el alivio de compartir la responsabilidad del avance con la vela balón.

El spinnaker y el horizonte.

El spinnaker y el horizonte.

Por suerte el viento se mantuvo y el timón de viento llevaba el rumbo a la perfección. Cada día que pasaba nos maravillábamos de cómo este mecanismo funcionaba tan bien sin consumir ninguna energía. Una verdadera joya de la ingeniería que Eduardo llevara por siempre en su escudero de inventor. Los planos de Daniel habían sido la base para el diseño, pero la adaptación a nuestro barco había sido de Edu. En todo caso, si tuviera que elegir un articulo para llevar en un futuro viaje sin dudarlo elijo el timón de viento, que desde hace una década descansa en Key Biscayne.

Durante la tarde me dedique a leer y luego a mirar la carta digital. Estimaba que en dos días estaríamos pasando por el canal de la Mona y desde allí solo quedaría recorrer la costa de Dominicana para llegar a Puerto Plata.  Mi padre ya nos había confirmado que llegaría allí el dos de Abril y nosotros estimábamos llegar el primero.

Por la noche, tras un frugal cena, me quede de guardia con el spinnaker recortándose ahora contra la luna en cuarto menguante. La imagen era digna de un cuadro para oficina de dentista. También podría haber sido la tapa de una revista de náutica, o la imagen  que podría resumir la felicidad de estar cumpliendo el sueño de navegar.

Saque mi walkman Sony para ver si podía captar alguna radio, pero no tuve mayor suerte. Estábamos a mas de doscientas millas de cualquier isla y lo único que llegaba era estática. Habría que esperar hasta el día siguiente para que volviéramos a ver tierra.

Dia 81: Huevos

Llegamos entonces a la bifurcación en el camino. Tocaba decidir el destino de nuestro viaje. Nos dimos cuenta que no era cuestión de que opinaran los mecánicos, o mi padre o los amigos de Zarate o Rafael, el de la ronda de navegantes. El motor estaba roto y sabíamos que teníamos dos opciones delante nuestro: abandonar el viaje o seguir a vela. La opción de sacar el motor en Barbados no solo nos parecía desacertada, sino una demora que nos seria imposible de sostener.

Estábamos a fin de Marzo y ambos teníamos el tiempo disponible contado. Mi plan era comenzar a trabajar en Abril y Eduardo debía volver a la fabrica en la que había crecido y que era la responsable de mantener a su familia desde los sesenta. Hoy veo, ya como padre de familia, la gran responsabilidad que debió delegar Eduardo para comprometerse a hacer el viaje conmigo. Ayer me preguntaba mi amigo Diego sobre los motivos de Eduardo para hacer este viaje y la verdad es que me quede sin poderle contestar. Ese silencio me dejo pensando en la responsabilidad de llevar una empresa adelante y en general en el proyecto de mantener una familia que millones comparten. El viaje fue en cierto modo una manera de tomarse unas vacaciones de ese proyecto y a la vez una forma de auto convencerse de que todo proyecto es posible. El navegar siete mil millas le parecía una locura a muchos, pero a Eduardo, a mi papa y a mi nos parecía una sensata aventura que me mudaría de país a mi y a la Tremebunda.

Nos levantamos sin saber cual de los dos caminos que se nos presentaban íbamos a elegir. Era una versión en vivo de los libros “Elige tu propia aventura” que se leían así:

a)    Dejas el barco en la isla de Barbados y te tomas una avión par reencontrarte con tu familia. El barco se hunde en Barbados unos meses mas tarde, cerca de la boya de barco hundido de la cual te habías amarrado en la noche que arribaron a la isla.

b)    Decides soltar amarras y navegar a vela las casi dos mil millas que te quedan para llegar a Miami.

La elección no se demoro demasiado. Nos quedaba revisar algunas cosas antes de decidirnos entre a y b. Baje a comprar algunos víveres que nos harían falta, y al hacerlo me di cuenta de que ya estaba dando vuelta la pagina para continuar con el viaje.

Al regresar de mis compras solo hubo una breve conversación. Le pregunte a Eduardo:

–       ¿Vamos?

–       Si, vamos a vela.- respondió con seguridad

Ninguno de los dos quería abandonar la maratón con esa sensación de derrota. Nos habíamos propuesto llevar el barco a Miami y ninguna junta de tapa de cilindros, o lo que fuera que estuviera roto en el Volvo nos lo iba a impedir.

En cierto modo siento que ese momento clave era el que definió el viaje de hace una década. En esa pregunta, nos estábamos también preguntando si teníamos los huevos para aceptar la responsabilidad de la decisión que estábamos tomando. No tendríamos motor para entrar o salir de puerto, no podríamos cargar las baterías mas que con el panel solar que apenas recargaba nuestro consumo y tampoco tendríamos frio en la heladera. La travesía se iba a poner mas dura de que lo que habíamos experimentado hasta ahora, pero tras tantas millas que habíamos dejado atrás, teníamos confianza de que nuestro proyecto era posible. Este viaje no era la comida, ni el frio en la heladera, ni las charlas por radio. Era las velas infladas para empujar el casco en rumbo norte. Nos acordamos de los navegantes de antaño que lo hacían todo a voluntad del viento. Nos acordamos del innombrable Vito Dumas, que circunnavego el globo en solitario en los años 40 partiendo del mismo puerto que habíamos dejado a estribor el cinco de enero. También de los expedicionarios y de los valientes que día a día concretan sus sueños llevando a la practica lo que la mayoría les dice que es imposible.

Despidiendonos de Carlisle Bay

Despidiendonos de Carlisle Bay

A las seis de la tarde izamos las dos mayores y soltamos la boya del Boatyard. Nos fuimos sin despedirnos de nadie. No había tiempo que perder. El mar caribe nos aguardaba.

Mientras íbamos viendo como se alejaba el muelle del Boatyard que tantas veces nos había visto subir y bajar vimos un crucero de los que traen turistas aproximándose a la distancia. Su casco azul se recortaba nítidamente contra el horizonte. Nuestro rumbo era hacia el este, apuntando a pasar entre Saint Lucia y Saint Vincent.

El puerto de cruceros, un par de millas al norte del Boatyard.

El puerto de cruceros, un par de millas al norte del Boatyard.

Aun nos encontrábamos con poco viento ya que estábamos al resguardo de la isla. El barco se deslizaba a tres o cuatro nudos. Lentamente vimos como el casco azul se iba acercando. Por vez primera no podíamos contar con el motor como red de seguridad. Estábamos calculando por donde pasaría en su camino hacia el puerto. Hizo sonar su fuerte bocina de buque cuando estábamos a solo una milla. El casco azul se veía enorme y los nervios iban en aumento. Un minuto mas tarde del bocinazo pudimos ver como alejaba su rumbo apenas unos grados y la calma regreso al cockpit. El casco del Constelation nos paso a unos doscientos metros. Parecia un edificio azul lleno de turistas que nos daban la despedida de Barbados desde los balcones de sus suites.

El Constelation, crucero que nos paso cerquita saliendo de Barbados a vela

El Constelation, crucero que nos paso cerquita saliendo de Barbados a vela

 

Este breve encuentro con el peligro nos hizo recapacitar sobre nuestra decisión. No seria tan fácil ir a vela solamente, sobre todo cuando el viento escaseara. Pero la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.

Al comenzar la noche avisamos por radio sobre la decisión de proseguir a vela. También les comunicamos que si por algún motivo no podían comunicarse con nosotros, que considerasen que podría ser por falta de baterías y no porque nos hubiera arrasado un carguero.

Eduardo se fue a dormir temprano y yo me quede sonriendo en el cockpit, admirando la luna que parecía estar guiñándome un ojo como si supiera que b era la decisión correcta para llegar hasta el final del libro.