Dia 96: El frente frio

Las primeras rachas llegaron al amanecer y me tuve que levantar antes de lo planeado para ayudar a mi papa a tomar dos manos de rizo en cada mayor. Antes el ya había enrollado la mitad de genoa. Lo primero que note al salir era la baja temperatura de aire. Desde que había salido de Buenos Aires, 95 días antes, no había sentido un aire tan helado como este. De seguro había cobrado frigorías en los grandes lagos, luego en las montañas de West Virgnia y un poco mas en las Carolinas.

Ahora sentíamos un poco la sensación de los que sufren el frío, aunque el frío no fuese lo que mas nos molestaba. El principal problema era que el viento venia justo de la dirección en la que se encontraba Miami. estábamos relativamente cerca, pero la linea recta no era una opción. Entonces comenzamos la bordejeada eterna, que nos metería en la corriente del Golfo.
Poniendole buena cara al mal tiempo

Poniéndole buena cara al mal tiempo

Las olas comenzaban a establecer su intención de hacernos pasar un día agitado. Pero no habíamos visto lo que eran capaces de hacer, para eso faltaba. Se levanto Max sorprendido por los pantoques de la nave contra las incipientes crestas. El timon de viento seguía comportándose a las mil maravillas, pero no podía hacer milagros. Los bordes a Miami y el lento avance no nos podíamos evitar. Las nubes cada vez mas grises hacían que la vista se asemejara a la de una película donde el desastre esta siempre cerca.
Cuando habían pasado un par de horas decidimos virar y apuntar hacia Bahamas para ver si el rumbo nos daba un poco mejor, pero era inútil: el Tremebunda nunca había sido bueno para esto de tirar bordes. Lo sabíamos desde el viaje inaugural, en el que tuvimos que bordejear desde Montevideo hasta Juan Lacaze con un pampero encima, que en cierto modo me hacia acordar a las condiciones reinantes. Tampoco lo había hecho bien en la segunda regata a Mar del Plata, cuando nos agarro aquella sudestada de verano frente a Pinamar.
El barco pegandole a una de las olas en corriente del Golfo.

El barco pegándole a una de las olas en corriente del Golfo.

El viaje había transcurrido sin mayores tormentas. La de Dominicana había sido sin duda la prueba de fuego. Lo malo de sentir el golpe de otro frente era que ninguno de los tres estábamos mentalmente preparados para afrontarlo. Nos habíamos creído que llegaríamos fácil a Miami, pero el destino no te la juega limpio. Quiere ver si de verdad tenes las ganas de llegar. Quiere corroborar que los huevos no los perdiste en el camino.
No teníamos otra que seguir adelante y tirar mil bordes si hiciera falta. El Tremebunda iba a llegar tarde o temprano a Miami, tal como lo habíamos planeado un año antes junto a mi padre. Hacia mas de una década que yo soñaba con este arribo demorado. En ninguna oportunidad se me ocurrió que llegaría con este viento helado en la cara.
Sin duda la protección de la chubasquera, la cual ha brillado por su ausencia en todo este relato, fue clave para poder soportar las ráfagas, los salpicones y el frío.
Al mediodía solo calentamos agua para tomar una sopa instantánea cada uno. Max se hallaba mas callado que lo de costumbre. Todos lo estábamos, pero en Max era mas evidente. Todas las tormentas tornan a los navegantes en seres taciturnos que contemplan la vida y el trayecto de un modo distinto cuando sienten a cada instante que en cualquier momento algo puede salirse del plan. Yo seguía orando por la resistencia de los materiales. El motor ya había abandonado y nuestro único empuje eran esas velas con tantas reparaciones y tantas millas encima. El logo de los Gianotti ya se había despegado de ambas mayores, pero su amor por la fabricación de velas seguía impregnado a las dos velas que se mantenían originales desde el 86.
Desde adentro no se siente la tormenta y con la remera en la cabeza, menos.

Desde adentro no se siente la tormenta y con la remera en la cabeza, menos.

A mi papa lo veía un tanto preocupado. El cansancio se nos notaba a todos, pero tal vez a mi padre que había estado despierto desde la madrugada se le notaba un poco mas. Le sugerí que fuera a descansar, que yo podía seguir la navegación con Max.
En todo el día no nos cruzamos con un solo barco o crucero de turistas. Era como si todos supieran que no era un lindo día para navegar. Nosotros también lo sabíamos pero no podíamos hacer nada para salir de la situación en la que estábamos. Aun no podíamos ver la costa americana, ni tampoco ningún islote de las Bahamas, pero definitivamente sentimos un cambio en el agua. estábamos en la corriente del Golfo. El agua era límpida, de un azul muy intenso. Al mirar el GPS podíamos notar como  el barco acelero y cambio el rumbo producto de la corriente. No nos dábamos cuenta, pero estábamos sobre la cinta transportadora mas grande del mundo. Miles de navegantes la había utilizado en sus cruces oceánicos y muchos elementos flotantes habían llegado a Europa gracias a ella. Ahora el Tremebunda se deslizaba sobre la afamada corriente.
Las condiciones nos regalaban millas por un lado por medio del empuje de la corriente, pero a la vez nos complicaban el avance con las inmensas y desproporcionadas olas.  Estimo que soplarian unos treinta nudos de viento constante, pero las olas eran mucho mas grandes que lo que el viento debía generar. Lo que estaba sucediendo era que los treinta nudos golpeaban el agua que iba en la dirección contraria a cinco nudos. En este choque se levantaban las aguas mas de lo común. Bastante.
Mi papa se levanto de la siesta y no podía creer el tamaño de esas crestas que nos rompían sobre cubierta. Max y yo estábamos empapados a pesar de habernos puesto los trajes de agua. Mientras mi papa subió al cockpit yo baje a secarme un poco y a observar nuestra posición en la carta digital. Todavía estábamos lejos. La ilusión de llegar hoy se iba desvaneciendo. Solo un repentino cambio de viento podía hacernos llegar ese mismo día, pero ni lo mencione dado que no era factible que sucediera.
Me calente unos mates para ayudar al cuerpo a recuperar los 38 grados.  Prendi la radio VHF y probé suerte en ver si podía contactar al guarda costa americano. No me contestaron en el primer intento , lo cual me sorprendió.  No podía pensar que los de la guardia estaban tomando mate como yo, o rascándose ( aunque era una posibilidad ). Simplemente aun estábamos demasiado lejos.
Al rato, luego de cebarle unos mates a mi papa, volvi a intentar el llamado por radio.  Esta vez si me atendieron.  Me pidieron todos los datos de la embarcación y de los tres tripulantes.  Una vez que anotaron todo me dijeron que anotara un numero de teléfono del tipo 1-800. Me dijeron que a nuestro arribo debíamos llamar al numero para dar la entrada al país. ¿Pero acaso no iban a venir a escoltarnos, a revisar la embarcación o mirarnos las caras ? No , solo había que llamar al numero y después ir al puerto de Miami. Le explique que no teníamos motor y que pensábamos parar en Key Biscayne. Entonces me pregunto si teníamos auto. Le dije que si, el auto de mi papa. Entonces me dijo que lo mejor era ir en auto al puerto. Inaudito, pero muy conveniente para nosotros. Mientras la guerra de Irak había estallado hacia solo dos semanas, nosotros entrabamos al estado con el mayor aparato de prevención del terrorismo navegando lo mas tranquilos. Tranquilos es un decir, ya que el frente y las olas nos habían restado toda tranquilidad posible.
Cuando empezó a oscurecer todos sabíamos que no íbamos a llegar ese día a Miami. Estábamos un poco mas cerca luego de los doscientos bordes que habíamos tirado. Hablamos por radio con Zarate y le pedimos a Lastiri que le avisara a mi madre que no llegaríamos tan pronto. Lo mas probable era que llegaramos al día siguiente antes del amanecer. Lo saludamos con cariño a Lastiri. El y Julio Garcia habían sido nuestro principal apoyo en tierra a lo largo de los 95 dias de viaje. Al día siguiente esperábamos no llamarlo mas. estaríamos en tierra.

Dia 94: Cayos

Seguíamos avanzando bien a pesar de que el viento había rotado un poco hacia el noreste. La corriente nos seguía empujando por el Canal de Old Bahama. A estribor teníamos los bancos de la Gran Bahama y a babor la costa mas visible que nunca de los cayos del norte de Cuba. No se veían construcciones, ya que nos cayos en cuestión están deshabitados.

Estaba tranquilo de poder hacer este tramo de un relativamente angosto canal de día. Max se había quedado hasta tarde conmigo en la guardia y todavía dormía cuando empezamos a preparar el almuerzo. Creo que era el turno del nunca bien ponderado arroz a la Gervasio ( el cual casi siempre incluía arvejas y tal vez alguna otra sobra ). Mientras cocinaba me acorde de las toneladas de arroz que me habría cocinado durante toda la década anterior. Sin duda mi especialidad en el arroz provenía de las horas de cocción y experimentación discurridas en la calle Uspallata, cerca de la avenida del Libertador. Recordaba con particular apego el plato que había denominado, con una destreza poética bastante admirable, “mazacote”. El mismo se constituía de restos de arroz, carne, verduras y lo que fuera que encontrara en la heladera, unidas con dos huevos y puesto a cocinar durante una hora en el horno. Luego lo cortaba y lo comía como galletas, a horas disimiles.Lamentablemente el hornito del Tremebunda no me daba la posibilidad de prepararle un “mazacote” a Max y a mi papa.

Mi papa disfruta de el viento del caribe.

Mi papa disfruta de el viento del caribe.

Para cuando Max se levanto, el arroz ya estaba listo. No nos quedaba dorada, pero Max tenia la convicción que tras la ingesta de arroz pescaría algo. Esta vez no atine a discutirle y ni siquiera mire el GPS, dado que sabia que no tendría sentido tratar de disuadirlo. En cierto modo, este tipo de actividades inútiles, era a la vez un pasatiempo y una excusa para soñar con otra comida fresca.

El señuelo se estuvo bañando en aguas cubanas durante una hora al menos hasta que Max se convenció d que no había pique por sus propios medios. El GPS se reía por dentro mientras lo veía recoger los metros de tanza que había largado.  Mas tarde volvería a intentarlo y su desdén por el orden de los astros y su relación con los seres vivos subacuáticos le costaría caro. No iba a volver a pescar nada en lo que quedaba del viaje.

Miro la caña pero no pasa nada. El GPS se rie de nosotros.

Miro la caña pero no pasa nada. El GPS se rie de nosotros.

Dormí una siesta sabiendo que la guardia de la noche seria larga como en las noches anteriores. Me levante con la sensación de que faltaba poco para llegar y que de algún modo me sentía mas nervioso que cuando salimos hacia mas de tres meses. Era un temor a fallar estando tan cerca de la línea de llegada. Una preocupación inútil que no podía borrar de la cabeza. El hecho de no tener motor era lo que mas nervioso me ponía. Agregado a esto la falta de practica de mi padre y la inexperiencia total de Max no ayudaban a tranquilizarme. Como buen capitán no demostré ni siquiera en parte, esta duda existencial a mis dos tripulantes. Era mi deber el hacerlos llegar a Miami sanos y salvos. Como sea habríamos de llegar.

Hablamos brevemente por radio para informar que estábamos bien . Entonces el negro Lastiri nos comunico algo que justificaba mi preocupación en parte. Teníamos a unas cuatrocientas millas al norte un frente frio que venia  a nuestro encuentro. Mientras nosotros avanzábamos acariciando los cayos de Cuba, el frente se hacia sentir en los parques de Disney de Orlando. Ese aire fresco que helaba las narices de los turistas en filas interminables, venia con furia a nuestro encuentro. El pronostico daba que llegaría el día 10, justo cuando nosotros esperábamos estar llegando a Miami. Por un momento supusimos que no iba a llegar a golpearnos, dado que si se mantenía nuestro avance, el frente nos agarraba en la recta final. El problema era que al día siguiente ( el día 9) se pronosticaba una calma total, lo cual nos dejaría parados ( nuevamente ) a la espera del frente maligno.

Max y su gorra al atardecer.

Max y su gorra al atardecer.

Le agradecimos a Lastiri por su información y empezamos a ver que podíamos hacer. No había ningún puerto a la mano. Intentaríamos seguir avanzando mientras nos lo permitiera el viento. La realidad era que no teníamos nada que hacer, solo restaba aguardar al frente con la paciencia del monje.

Esa noche me quede de guardia yo solo hasta la madrugada. Mi padre y Max se acostaron temprano. Con el correr de las horas sentí con resignada desencanto el pronostico haciéndose realidad. El viento iba decreciendo y rotando al norte. El avance del Tremebunda ya era francamente lento, pero al menos nos movíamos.

Dia 86: La calma antes de la tormenta

Nos había costado gran parte de la noche salir del canal de la Mona. Al amanecer no veíamos la costa, pero sabíamos que Puerto Rico estaba a nuestra popa. La brisa era muy suave del noreste y avanzábamos lento en las aguas de Atlántico norte.

Era un día brumoso y esperábamos que la intensidad del viento levantara un poco para recorrer las doscientas millas que nos quedaban para llegar a Dominicana. Si el viento no mejoraba seria difícil llegar antes del día dos, que era el día en que arribaba mi padre a la tierra de los peloteros. De todos modos esta presión no podía cambiar en nada nuestra velocidad. Desde que habíamos tomado la decisión de ir a vela, sabíamos que no teníamos otra alternativa que rezar por buenos vientos. Sin ellos no avanzaríamos al destino. Hasta ahora habíamos avanzado bien y a pesar del poco viento la Tremebunda aun se movía en rumbo noreste.

Seguíamos estando en un pasaje de amplio transito de buques y calculo que en este día vimos al menos cinco o seis que iban o venían de los Estados.

Calma

Calma

Pasado el medio día, el cielo se cubrió completamente y comenzamos a notar que el clima iba desmejorando. En el ambiente podía sentirse que algo estaba viniendo hacia nosotros, pero aun no sabíamos que seria. Por la apariencia meteorológica, parecía ser una baja presión que se aproximaba. No era simple lluvia, seria algo mas. Prendimos el VHF para escuchar los pronósticos locales. Quedamos a la escucha.

Durante nuestra espera del pronostico, el viento mermo a cero. La Tremebunda flotaba sin moverse un centímetro. El bamboleo de las botavaras a causa de la marejada que había quedado revolviendo las aguas era desesperante. Las velas golpeaban de un lado al otro y cada vez que miraba hacia al agua me sorprendía descubrir la quietud a nuestro alrededor. A pesar de estar quietos sobre la superficie, nuestro GPS nos indicaba que la corriente nos empujaba a una milla y media por hora hacia el destino. Menos mal que la corriente era a favor y no en contra o de lo contrario hubiéramos estado por primera vez retrocediendo.

Aguas Dominicanas

Aguas Dominicanas

Decidimos bajar ambas mayores para no tener que tolerar el estrepitoso ruido de las botavaras golpeándose en cada ola que nos pasaba por abajo. Por suerte estábamos bien lejos de la costa y podíamos quedar flotando con tranquilidad. Una vez que ambas mayores estuvieron abajo y el geneoa se encontrara guardado, nos dedicamos a cocinar algo rico como para mejorara nuestro animo. Creo que tomamos una sopa instantánea y comimos luego una pasta con salsa roja. Un lujo para el altamar.

Hacia el fin de la tarde escuchamos el pronostico brindado por el guarda costa de Dominicana. El parte no era muy auspicioso. Las condiciones comenzarían a deteriorase al día siguiente. Recomendaban a todas las embarcaciones llegar a puerto cuanto antes dado que no seria seguro estar en el mar al día siguiente. En todas las zonas costeras se esperaba condiciones de tormenta tropical en las próximas veinticuatro horas. Los vientos podrían alcanzar las cincuenta millas de viento y las olas superarían los diez metros de altura. Además alertaban a la población sobre posibles inundaciones y cuestiones de tierra que no nos preocupaban.

Así que con cara de resignación, encogimos nuestros hombros y nos preparamos mentalmente para el cachetazo fuerte que la meteorología iba a pegarnos. Era muy desesperante saber que estábamos flotando tan cerca de nuestro destino sin poder hacer nada para avanzar y acortar las millas. Si hubiéramos tenido motor, el avance con las cuatro palas de la hélice nos hubiera puesto a pocas millas de Puerto Plata para cuando ingresara la tormenta ingresara desde el norte. Pero no podíamos lamentarnos por la decisión que habíamos tomado en Barbados. Al tomarla sabíamos que era una decisión de paracaidista. Nos habíamos tirado al caribe y ahora nos tocaba ponerle el pecho a la tormenta que nos tomaría el examen final para graduarnos.

Cayo la noche en total silencio. No hablábamos mucho, lo cual indicaba la frustración y la resignación de ambos. No era la culpa de nadie. Era el destino el que nos había tirado este tormenton en frente. La calma, desesperante como era, constituía al mismo tiempo un examen adicional para probar que éramos al fin y  al cabo navegantes de en serio.

Avisamos por radio que estábamos preparándonos para el mal tiempo. Teníamos los recursos, la experiencia y la confianza en el barco como para hacerle frente a lo que viniera. Durante esa noche, mientras la corriente nos empujaba hacia la Florida, me acorde de las tantas tormentas que había sobrevivido la Tremebunda. Desde aquel accidentado viaje inaugural en el que curiosamente también había estado presente Eduardo, hasta el segundo viaje a Mar del Plata, con esas olas del Atlántico sur tan jodidas. El barco estaba hecho para resistir y nosotros estábamos resistiendo para ser.

DIA 86: Millas recorridas 105 – Velocidad promedio 4.36 nudos

Dia 34: En batalla contra el mar

Se que hay gente que cree en que esta realidad en la que vivimos es creada por nuestra voluntad y es tan solo una representación de nuestras conciencias. Yo en verdad no se si esta versión de la realidad sea factible, pero si lo es de seguro nosotros no sabíamos como acceder a ella. Desde la noche anterior, en la que nos dormimos escuchan silbar a las drizas contra los mástiles de la Treme , teníamos la esperanza de que en este día el viento cambiaria. Era casi una esperanza probabilística. Si hacia ya dos días y medio que el viento soplaba por sobre los 20 nudos desde el norte, era probable que algo cambiara para que la intensidad o la dirección del viento nos fuera mas favorable. Pero todo este preámbulo ya les estará dando la idea de que nuestras esperanzas se desvanecieron con el amanecer. El viento seguía pegándonos duro desde el norte. Barajamos la posibilidad de salir a enfrentarnos con el norte y su marejada.

Las decisiones a bordo se toman dándole varias consideraciones. Es un proceso que tiene poco de veloz y mucho de contemplación y evaluación. Decidimos esperar al mediodía. Era muy posible que como todos los mediodías en las zonas costeras el viento amainara. Era una cuestión de cómo se comportan las masas de aire en verano cerca de las costas. Se supone que en la mañana la tierra esta fría en relación al océano y que el viento sopla desde la costa hacia el océano. Este no era el caso dado que estaríamos siendo afectados por una baja presión al sur nuestro que atraía el aire de una alta presión que estaría en medio del Atlántico y un poco al norte nuestro. Igual era probable que cuando la tierra se calentara lo suficiente el viento rotara un poco o amainara. El problema es que este efecto es mas acentuado cerca de la costa pero una vez que uno se encuentra ya mar adentro el viento predominante vuelve a soplar por el efecto de los centros de alta y baja.

Es curioso como siempre me atrajo la meteorología pero nunca le dedique un estudio serio. Leí muchos artículos y algún que otro libro. En travesías como la nuestra la meteorología es tan básica como la matemática al físico o la teoría musical al compositor. Uno puede navegar sin saber nada de ella, pero el saber provee una ventaja que rara vez sea innecesaria.

El viento seguía soplando y con Eduardo tomamos una decisión. Íbamos a salir, como sea. No íbamos a quedarnos un día mas en Cabo Frio esperando que calme. Tal vez esta condición podía mantenerse por un par de semanas en la zona y al salirnos de ella la condición cambiaba. Otra vez la meteorología nos decía que si nos movíamos del lugar los vientos irían cambiando.

Al mediodía sentimos una muy leve merma en el viento. Tal vez el viento no había bajado pero nosotros quisimos creer que si lo había hecho. Eduardo soltó la amarra de popa y le dio marcha adelante al Tremebunda. El cabo de fondeo parecía una cuerda de violín, el barco avanzaba muy lento contra el viento así que le grite a Edu que le diera mas maquina. El motor nos ayudo a avanzar los cuarenta metros hasta donde estaba el ancla tipo Bruce que una década antes había fundido Eduardo en su fabrica del oeste bonaerense. Eduardo no solo era el compañero ideal para este viaje sino que es una de las personas mas ingeniosas que he conocido. Varios de los artículos que nos ayudaron en la travesía fueron creados y en muchos casos diseñados por el. En cierto modo el era tan crucial como mi voluntad para la realización de este viaje.

El ancla Bruce de Edu era muy buena en agarrarse a los fondos fangosos, lo cual la hacia muy segura, pero al mismo tiempo la hacia muy difícil de sacar cuando había estado soportando fuertes tirones como lo había hecho en los días anteriores.

Finalmente el ancla se soltó y yo pude rápidamente acomodar el cabo en la caja de anclas de la proa. La maniobra me había agotado pero había que ponerle ganas porque apenas estábamos saliendo. Volvimos a pasar entre las piedras con mucho cuidado y nos despedimos del Forte São Mateus,  que esta vez nos quedaba por estribor.

El Ancla Bruce. Ideal para fondearse, pero no muy ideal para sacarla.

El Ancla Bruce. Ideal para fondearse, pero no muy ideal para sacarla.

Sonreímos como diciendo tácitamente que el viento no estaba tan bravo en la bahía, pero habría que esperar a salir del resguardo de la punta como para sentir que tan fuerte estaba.

 

Salta el delfin

Salta el delfin

En diez minutos pudimos sentir la realidad. Teníamos el viento exactamente en nuestra proa y mi cálculo es que soplaba por encima de los 25 nudos. No nos quedaba otra que darle duro al motor. Así y todo el viento nos frenaba bastante y la marejada pegaba duro contra la proa. Cuando uno navega a vela el barco se adapta mejor a las olas, como si el Océano aceptara que uno se aproveche de su amigo el viento par recorrer su superficie. Pero a motor la historia es diferente. El barco batallaba contra las olas y sabíamos que esta batalla no iba a cesar hasta que el viento no cambiara. Pero el viento no cambio.

De todos modos nuestra determinación pudo mas y al rato ya estábamos acostumbrados a las pantocadas del barco contra las olas de frente.

No estábamos muy lejos de Cabo Frio cuando en un instante tanto Eduardo como yo pudimos ver algo sorprendente que no volveríamos a ver en el resto del viaje. Como unos 80 metros adelante nuestro un gran tiburón salto por el aire, suponemos que intentando atrapar una presa. Yo supuse que era un pez grande pero Eduardo que tiene mas experiencia de pesca me aseguro que eso era un tiburón seguro. No se porque pero este breve evento me dio una mezcla de satisfacción y angustia. Por un lado sabia que estábamos en medio del reino salvaje. Aquí el Océano mandaba y en cada ola que golpeaba nuestro casco se nos recordaba de este hecho. Por otro lado sentí que ese fantástico espectáculo natural que se repetirá día a día en la lucha incesante entre los predadores y sus presas hubiera carecido de nuestra asombrada observación si no hubiéramos tenido la cuota de coraje que necesitábamos para salir a enfrentarnos con el mar.

Paso la tarde en este pantoqueo constante y sucedió lo inevitable: el engranaje improvisado que había fabricado Edu en Rio para el piloto automático se partió y no serviría mas. Hasta aquí llego la vida útil del piloto automático y me reconfirmo una sensación arcaica que todo nauta lleva adentro: si algo no es eléctrico mejor. Si es eléctrico algún día va a romperse y será en el momento mas inadecuado, como cuando estábamos navegando a motor con 25 nudos de frente.

De todos modos a causa de la intensidad del viento que nos pegaba a esa hora ligeramente desde un poco a estribor de la proa ( lo que en náutica llamamos, la una, como si fuera la manecilla de un reloj ) pudimos colocar el timón de viento para que mantuviera el rumbo firme. Y así seguimos todo el resto de la tarde.

Hablamos con Campana por la noche y le informamos a Julio que habíamos salido. El se encargaría de hacer llegar la noticia a nuestras familias. Sin nuestros amigos de la radio esta travesía hubiera sido un sufrimiento constante para nuestras familias, pero gracias a Julio García, Eduardo Lastiri y un par de personajes mas que ahora se me escapan de la memoria, pudimos no solo sentirnos acompañados, sino que además pudimos brindarle la sensación de seguridad a nuestras familias. Cada noche mi padre marcaba nuestra posición en un atlas. Este Atlas hoy lo tengo en mi escritorio y muestra la dedicación que un padre puede ponerle a un hijo.

Llego la noche y recuerdo que cenamos algo liviano. Probablemente un arroz con arvejas que era una de las especialidades de la casa. Un manjar para dos hambrientos navegantes listos a pasar la noche en batalla contra el mar.

RUTA DIA 34

Ruta Dia 34 - Salida de Cabo Frio

Ruta Dia 34 – Salida de Cabo Frio

Dia 20: Frente del sur

Daniel nos despertó temprano en la mañana. El frente del sur que estábamos esperando estaba ya sobre nosotros. Había que dar salida de inmediato. Sin mucha ceremonia izamos las mayores y nos despedimos de esta sucursal del paraíso en Porto Belo.

Afuera soplaba el viento fuerte que nos llegaba desde las Pampas. El Tremebunda rolaba al compas del oleaje mientras el timón de viento contrarrestaba impecablemente el efecto de la marejada sobre el casco. Este fue el único día que el mar pudo con mi estomago. El malestar no duro mucho. Me recosté con el sonido del agua que pegaba contra las bandas arrullándome. Por fin podíamos sentir el avance. Las millas que nos faltaban para llegar hasta Angra dos Reis iban descontándose de un modo sorprendentemente veloz. Me levante de la siesta sintiéndome bien. A pesar de la lluvia intermitente y las nubes grises que cubrían el cielo, los tres nos hallábamos de buen humor. Este avance veloz era la confirmación de que habíamos tomado la decisión correcta al esperar este frente del sur bendito.

El timon en cuestión.

El timon en cuestión.

Pero la alegría plena y el buen humor no duraron mucho, como era de espera. Se acabaron con la rotura de una pieza del timón de viento que se desoldó debajo del enjaretado de popa, donde deberíamos volver a sentarnos para seguir timoneando el barco en medio de esa marejada de popa que complicaba la tarea del timonel de turno. La exigencia del mal tiempo que sentíamos en nuestros brazos nos recordó que los materiales también se agotan. Enseguida pudimos notar cuanto mejor que nosotros llevaba el rumbo el timón de viento. Esto me hace pensar en un futuro en el que todas nuestras tareas sean automatizadas y llevadas a la practica por maquinas robotizadas. Siento que siempre va a ser útil saber hacer la cuenta a mano, trazar en rumbo sobre una carta de papel y timonear a mano solo mirando las estrellas o un compas. El entender como funciona un sistema será siempre el salvavidas que un día nos resultara necesario, tal como nos fue necesario timonear el Tremebunda a pulso hasta Angra.