Dia 81: Huevos

Llegamos entonces a la bifurcación en el camino. Tocaba decidir el destino de nuestro viaje. Nos dimos cuenta que no era cuestión de que opinaran los mecánicos, o mi padre o los amigos de Zarate o Rafael, el de la ronda de navegantes. El motor estaba roto y sabíamos que teníamos dos opciones delante nuestro: abandonar el viaje o seguir a vela. La opción de sacar el motor en Barbados no solo nos parecía desacertada, sino una demora que nos seria imposible de sostener.

Estábamos a fin de Marzo y ambos teníamos el tiempo disponible contado. Mi plan era comenzar a trabajar en Abril y Eduardo debía volver a la fabrica en la que había crecido y que era la responsable de mantener a su familia desde los sesenta. Hoy veo, ya como padre de familia, la gran responsabilidad que debió delegar Eduardo para comprometerse a hacer el viaje conmigo. Ayer me preguntaba mi amigo Diego sobre los motivos de Eduardo para hacer este viaje y la verdad es que me quede sin poderle contestar. Ese silencio me dejo pensando en la responsabilidad de llevar una empresa adelante y en general en el proyecto de mantener una familia que millones comparten. El viaje fue en cierto modo una manera de tomarse unas vacaciones de ese proyecto y a la vez una forma de auto convencerse de que todo proyecto es posible. El navegar siete mil millas le parecía una locura a muchos, pero a Eduardo, a mi papa y a mi nos parecía una sensata aventura que me mudaría de país a mi y a la Tremebunda.

Nos levantamos sin saber cual de los dos caminos que se nos presentaban íbamos a elegir. Era una versión en vivo de los libros “Elige tu propia aventura” que se leían así:

a)    Dejas el barco en la isla de Barbados y te tomas una avión par reencontrarte con tu familia. El barco se hunde en Barbados unos meses mas tarde, cerca de la boya de barco hundido de la cual te habías amarrado en la noche que arribaron a la isla.

b)    Decides soltar amarras y navegar a vela las casi dos mil millas que te quedan para llegar a Miami.

La elección no se demoro demasiado. Nos quedaba revisar algunas cosas antes de decidirnos entre a y b. Baje a comprar algunos víveres que nos harían falta, y al hacerlo me di cuenta de que ya estaba dando vuelta la pagina para continuar con el viaje.

Al regresar de mis compras solo hubo una breve conversación. Le pregunte a Eduardo:

–       ¿Vamos?

–       Si, vamos a vela.- respondió con seguridad

Ninguno de los dos quería abandonar la maratón con esa sensación de derrota. Nos habíamos propuesto llevar el barco a Miami y ninguna junta de tapa de cilindros, o lo que fuera que estuviera roto en el Volvo nos lo iba a impedir.

En cierto modo siento que ese momento clave era el que definió el viaje de hace una década. En esa pregunta, nos estábamos también preguntando si teníamos los huevos para aceptar la responsabilidad de la decisión que estábamos tomando. No tendríamos motor para entrar o salir de puerto, no podríamos cargar las baterías mas que con el panel solar que apenas recargaba nuestro consumo y tampoco tendríamos frio en la heladera. La travesía se iba a poner mas dura de que lo que habíamos experimentado hasta ahora, pero tras tantas millas que habíamos dejado atrás, teníamos confianza de que nuestro proyecto era posible. Este viaje no era la comida, ni el frio en la heladera, ni las charlas por radio. Era las velas infladas para empujar el casco en rumbo norte. Nos acordamos de los navegantes de antaño que lo hacían todo a voluntad del viento. Nos acordamos del innombrable Vito Dumas, que circunnavego el globo en solitario en los años 40 partiendo del mismo puerto que habíamos dejado a estribor el cinco de enero. También de los expedicionarios y de los valientes que día a día concretan sus sueños llevando a la practica lo que la mayoría les dice que es imposible.

Despidiendonos de Carlisle Bay

Despidiendonos de Carlisle Bay

A las seis de la tarde izamos las dos mayores y soltamos la boya del Boatyard. Nos fuimos sin despedirnos de nadie. No había tiempo que perder. El mar caribe nos aguardaba.

Mientras íbamos viendo como se alejaba el muelle del Boatyard que tantas veces nos había visto subir y bajar vimos un crucero de los que traen turistas aproximándose a la distancia. Su casco azul se recortaba nítidamente contra el horizonte. Nuestro rumbo era hacia el este, apuntando a pasar entre Saint Lucia y Saint Vincent.

El puerto de cruceros, un par de millas al norte del Boatyard.

El puerto de cruceros, un par de millas al norte del Boatyard.

Aun nos encontrábamos con poco viento ya que estábamos al resguardo de la isla. El barco se deslizaba a tres o cuatro nudos. Lentamente vimos como el casco azul se iba acercando. Por vez primera no podíamos contar con el motor como red de seguridad. Estábamos calculando por donde pasaría en su camino hacia el puerto. Hizo sonar su fuerte bocina de buque cuando estábamos a solo una milla. El casco azul se veía enorme y los nervios iban en aumento. Un minuto mas tarde del bocinazo pudimos ver como alejaba su rumbo apenas unos grados y la calma regreso al cockpit. El casco del Constelation nos paso a unos doscientos metros. Parecia un edificio azul lleno de turistas que nos daban la despedida de Barbados desde los balcones de sus suites.

El Constelation, crucero que nos paso cerquita saliendo de Barbados a vela

El Constelation, crucero que nos paso cerquita saliendo de Barbados a vela

 

Este breve encuentro con el peligro nos hizo recapacitar sobre nuestra decisión. No seria tan fácil ir a vela solamente, sobre todo cuando el viento escaseara. Pero la decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.

Al comenzar la noche avisamos por radio sobre la decisión de proseguir a vela. También les comunicamos que si por algún motivo no podían comunicarse con nosotros, que considerasen que podría ser por falta de baterías y no porque nos hubiera arrasado un carguero.

Eduardo se fue a dormir temprano y yo me quede sonriendo en el cockpit, admirando la luna que parecía estar guiñándome un ojo como si supiera que b era la decisión correcta para llegar hasta el final del libro.

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