Dia 67: Cosiendo velas

Durante la noche los alisios habían soplado bastante duro. Se notaba en los golpes que la Treme pegaba contra las olas y además en el ruido que el agua hacia contra el casco cuando los demás estaban de guardia y a uno le tocaba el descanso.

Me desperté temprano y le cebe unos amargos a Eduardo. Al rato apareció mi hermano luego de unas breves horas de sueño. Fue el quien miro hacia arriba y noto la rifadura en la mayor. Los aparejos de goleta ( como el que lleva el Tremebunda ) denominan mayor a la vela de popa y trinqueta a la vela del palo de proa. Es complicado recordarlo y casi siempre se confunden las denominaciones durante la navegación, pero para ser bien claros: la vela de atrás tenia un rotura considerable cerca del tope. Habría que bajarla para coserla a mano para evitar que se destrozara y quedara inutilizable. Mientras nos preparábamos a bajarla reconocimos que el viento y la fatiga de tantos días sin descanso también están haciéndose sentir en la vela de proa. Seria un día de reparaciones por partida doble. Bajamos primero la vela de atrás y mientras la sacábamos del palo mi hermano preparaba su ritual desayuno. Era el turno de las galletas de miel brasileras que acompañarían al clásico café con leche sin azúcar ( pero con miel ). Las galletas eran mas desabridas de lo que aparentan por su nombre, lo cual fue una pequeña gran decepción en medio del océano, en el cual cada detalle cuenta.

Iñaki disfruta de una cerveja mientras cose la mayor.

Iñaki disfruta de una cerveja mientras cose la mayor.

Pasada la hora del desayuno no nos quedo otra que comenzar con la costura. Eduardo e Iñaki atacaron la tarea mientras yo registraba las puntadas iniciales con la cámara de rollo que llevábamos a bordo. Hace una década las cámaras digitales aun no habían invadido el mercado y el rollo era todavía la opción mas a mano a la hora del registro pictográfico. Además de reparar la rifadura del tope, que era la que mayor atención requería, aprovechamos para reforzar varias costuras intermedias que se veía estaban a punto de descoserse.

Los costureros concentrados en la labor de reparación.

Los costureros concentrados en la labor de reparación.

Para el mediodía la labor estaba casi completa. El viento había bajado tanto que decidimos abrir el genoa completo y para alegría del trio de tripulantes, se desplego sin menores problemas. La reparación del enrollador había sido un éxito. Con el correr de las millas nos estábamos haciendo buenos en esto de reparar y seguir. El examen de hoy era de costura. Esperábamos pasarlo pero recién después del almuerzo. No era cuestión de saltearse algún ritual así como así.

Sinceramente, comenzamos a notar que el panorama gastronómico se veía bastante gris ( frase de la bitácora de Iñaki que creo pinta adecuadamente la situación). En la opinión de Iñaki, seria necesario pescar algo sino queríamos pasar los últimos días a puro arroz y fideos.  Fuera como muestra o como incentivo para la pesca, el almuerzo consto de galletitas de agua con pate y requeijão,un queso brasilero que sabe a manjar (considerando la desesperante situación alimenticia ).

Por la tarde nos dedicamos a reparar la trinqueta ( vela de proa ). La bajamos y  sin sacarla del palo nos decidimos a coser y coser hasta darle refuerzo a todas las costuras en duda que pudimos encontrar.  A media tarde ya pudimos, con una sonrisa entre labios, considerarnos felices de tener velas para poder proseguir adelante. Lo vi a mi hermano en la cucheta de proa leyendo a Cortázar. Pensé, que bien, ya termino el libro de Allende y podre empezarlo yo.

Hablamos brevemente con Zarate a través de la radio y Lastiri nos pregunto, haciendo de interlocutor de mi padre, en que fecha estimábamos llegar a Barbados. Mi hermano se la pasaba haciendo cálculos para ver si llegaría al vuelo del Domingo 16. La verdad es que iba a estar muy ajustado el cronograma. Tras la radio me decidí a retomar la labor de cocinero que había abandonado en el Brasil. Mientras preparaba uno de mis clásicos arroces con choclo mi hermano dormía una tardía y merecida siesta tras el día de ardua labor costurera. A las nueve y media lo despertamos para que cenara mi elaborado plato. Su bitácora califica a la cena de un tanto pobre, pero yo opino que de seguro pudo dar satisfacción a los apetitos voraces que le tocaba alimentar. Iñaki se volvió al sueño y yo me hice cargo de la primera guardia.

En la oscuridad de las aguas de Guyana empecé a detectar luces en el horizonte. El radar llego a mi ayuda para verificar de que tipo de embarcación se trataba. No era grande, así que podía tratarse de pesqueros o los amigos de la bandera negra y la calavera blanca. Pero de seguro eran pescadores. Casi seguro. Con cada milla de acercamiento esta seguridad se iba diluyendo y el temor se iba incrementando. Estando a casi doscientas millas de la costa, que hacia esta nave chica acercándose a nosotros. Iñaki se levanto y me encontró observando el radar.

-Están a tres millas-, le dije

Decidimos apagar todas las luces para no dar nuestra posición. Así y todo la luna iluminaba tanto que nos parecía que tal vez podrían vernos. Al cabo de una media hora pudimos determinar que el barco fantasma iba en otra dirección y que no vendría a nuestro encuentro. Un alivio para nuestra paranoia de navegantes sugestionados. En el mar no hay ley y quien diga que si la hay, no ha estado en el mar, nunca.

Ya me iba a dormir cuando sentí el ruido de algo rompiéndose en el palo de proa. La reparación nunca acababa porque los elementos estaban comenzando a sentir la fatiga de los días de constante tensión. Era solo un grillete que se había partido. Estos grilletes jamás se parten en una navegación costera, aun haciendo un cruce del rio de la plata con cincuenta nudos, no se parten. Pero cuando uno los exige durante dos meses y luego inicia una navegación sin escalas que lleva ocho días, todo empieza a resentirse y ceder.

Tras una breve excursión a la proa cambie el grillete y el vang recupero su función de impedir que la botavara se fuera para arriba. Ya de regreso estaba listo para irme a la cama. Entonces recibimos la visita del segundo visitante alado de la travesía. Un pájaro negro aterrizo sobre nuestra chubasquera y la utilizo de puerto mientras sus alas descansaban de un largo viaje. Su postura de descanso me dio sueño y lo deje a mi hermano a cargo de la guardia de la mitad de la noche.

DIA 67: Millas recorridas 140 – Velocidad promedio 5.83

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