Dia 40: Porto Seguro

El viento se había puesto del este y nos permitía navegar a vela. Era un día calmo y aun nos quedaban dos filetes de atún para el mediodía.

Porto Seguro y alla afuera, nosotros

Porto Seguro y alla afuera, nosotros

Tome el clásico libro de Melville sobre la ballena asesina: Moby Dick. Me di cuenta de como las obsesiones de un capitán pueden ser peligrosas pero a la vez necesarias para la realización de las empresas marinas. Nuestro Moby Dick se hallaba al norte y , tal como el Capitán Ahab, teníamos la determinación de seguir a como de lugar. El Tremebunda, nuestra versión en goleta del Pequod, era participe de esta voluntad conjunta. En nuestra mira teníamos a Salvador, pero aun quedaban dos días enteros para que pudiéramos acercarnos a esta icónica ciudad del nordeste brasileño.

Arraial da Ajuda, donde vive Dieguito.

Arraial da Ajuda, donde vive Dieguito.

Estábamos a la altura de Porto Seguro y me acorde de Diego, el hermano menor de mi gran amigo Gonzalo Cuello. Diego vivía en Arraial da Ajuda desde hacia una década con su novia brasileña. Había escuchado los relatos de Gonzalo sobre la belleza natural del lugar y sin decirle a Eduardo comencé a fantasear con la posibilidad de visitar al hermano de mi gran amigo y de paso descansar un poco. A Dieguito lo conozco desde que era un bebe, dado que a principios de los ochenta, cuando conocí a Gonzalo en el Colegio San Gabriel, el bebe devenido artesano estaba recién comenzando a dar sus primeros pasos. Lo recuerdo en su casa de la calle Yrigoyen, justo arriba de la barranca. Esa casa en la que pase tardes tan lindas y tan llenas de inocencia. La cercanía de Arraial me acercaba también a mi infancia y a la felicidad que tuve creciendo. Los amigos, como Gonzalo, la familia y el velero en el que crecí y ahora me acompañaba a seguir creciendo. Me acorde de los juegos de minigolf en el jardín de Gonzalo, de la mesa de ping-pong, de la Commodore 64 y despues de la 128. Me acorde de los papas de Gonzalo y de la dedicación que ponían en sus tres hijos. Me acorde de como crecer era una etapa hermosa que hoy revivo con mis hijos.

La Commodore 64 de Gonzalo con la que tantas tardes pasamos.

La Commodore 64 de Gonzalo con la que tantas tardes pasamos.

Al oeste de mi posición tal vez Diego estuviera trabajando sus creaciones artesanales, o estaría dándose una ducha, pero dudo que estuviera acordándose de mi y de lo lindo que había sido crecer sin mayores problemas.

Fue un día de paz, sin mayores avances en términos de millas recorridas, pero un día productivo al fin. La mente a veces produce mas por adentro de lo que las manos pueden producir para afuera.

Tras la charla por radio con Zarate escuchamos la ronda de los Navegantes de Rafael. Un tano por el pacifico sur navegaba un promedio de 200 millas diarias a bordo de su catamarán, un español se había perdido frente a la costa africana, varios otros recorrían la Polinesia y nosotros escuchábamos el agua acariciando el casco como dándole aliento para que siga en su curso hacia la capital de Bahía.

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