Una noche de esas

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Una noche de esas soñé con Víctor. Fue la segunda noche que me quede a dormir en su casa… en la de ellos en realidad. Solo soñé que me miraba, con esa mirada penetrante con la que me marco el primer día, en el baño. Habrán sido unos segundos de sueño, pero parecieron durar toda la noche.

Desperté todo sudado, de sobresalto. A mi lado estaba ella. Se veía tan linda… entonces me di cuenta de que nunca la había visto dormir. Sin duda confirmaba que las personas no pueden ser más bellas que cuando duermen. Emanaba un halo indescriptible. Debían ser las seis o siete y me quede mirándola hasta que entro el sol por la ventana y se me hizo imposible distinguir entre su luz y la que entraba por la ventana.

Varias veces estuve a punto de tocarla, pero recordaba la mirada de Víctor en el sueño, y me dolía.

Pobre Víctor… ¿por qué no pude conocerlo mas? Me hubiera podido contar cosas de ella que aun no sé.

Pobre de mí… por que no pude conocerla antes que Víctor, cometer una locura y morir.

Sin duda fue una locura. Al escribir esto ultimo, me di cuenta de que Víctor tenia un plan consciente de autodestrucción; un plan que transformara su amor en un proyecto eterno. Por supuesto… que más eterno que la muerte. Víctor lo entendió, y me coloco en su engranaje para accionar el gatillo. De esta forma, él seria un héroe… y ella lo amaría por siempre.

A pesar de todo, fue agradable sostener mi doble personalidad. Aun hoy me tiembla el pecho cuando lo recuerdo. Con cuanto desinterés fingido iba cada noche a su casa y cuan poco (creo) debía sospechar de mis razones.

Como todo idilio, las visitas llegaron a su fin. Ese verano ella partió hacia su pueblo (nunca me dijo bien cual era, yo tampoco pregunte). Supuestamente volvería quince días mas tarde. Recuerdo que los primeros días iba de todos modos hasta su casa y me quedaba allí sentado en la puerta por un par de horas, para matar la espera nomás. En ocasiones, me animaba a tocar el timbre, que invadía las habitaciones vacías, sin ella y sin su luz. Que inútil. Sabia que no había nadie, pero de todas formas tocaba con la esperanza de que ya hubiera vuelto y me estuviera esperando con los brazos abiertos. Pero no sucedió como en las novelas color de rosa, en las que sucede lo que uno espera por más imposible que parezca.

Seguí yendo muchas veces, no recuerdo cuantas. A veces, solo me paraba frente a la casa y miraba las ventanas. Otras, me sentaba por horas en el primer escalón de la entrada.

Paso mucho tiempo. Mas de quince días seguro. Aunque perdí la cuenta, podría asegurar que había pasado ya un mes desde su partida. Con despecho, me dirigí esa ultima noche contra la puerta. La patee, toque el timbre y volví a patearla. Silencio, nadie podía contestarme. La casa estaba vacía.

Entonces, un sudor helado entro por mi espalda. Quizá ella pudiera estar adentro sin contestar. Es mas, pudiera ser que nunca se hubiera ido,  y su pueblo podría no existir o no importarle. Con ira comencé a golpear fuertemente la puerta y a gritar con desenfreno. Algunos vecinos se alertaron, creyendo que estaba loco y que ya me iría cuando se me pasara el ataque. Pero no iba a hacerlo porque ya no tenia dudas: ella estaba ahí dentro. Seguramente temblequeaba con mis golpes. Hoy pienso que fue mejor que no me haya abierto (no sé que hubiera hecho).

Cuando mi alteración cesaba ya, se acerco un vigilante para averiguar que estaba pasando. Al principio, quiso que lo acompañara al destacamento, pero al verme sosegado, juzgo adecuadamente que podía dejarme ir. Probablemente fue el destino que quiso demorar un poco mi primera internación, ya que no sé que explicaciones hubiera podido darle a los oficiales respecto de mi situación. Seguramente hubiera ido a parar donde tuve que caer tras mi confianza en el juez, tras los eventos de la biblioteca, porque es así, estas historias nunca se creen.

Camine el trayecto de vuelta a casa con una idea fija en mi cabeza: el amor es brujo y dañino.

Pense que lo mejor seria no volver… nunca más. ¿Y si me llamaba? ¿Que haría entonces? Nunca lo supe, ya que no llamo, ni mando carta ni nada. Simplemente desapareció en su encierro. Pobrecita… otra víctima de Víctor.

No sé dónde ha de estar mientras escribo, pero de seguro es feliz, en su burbuja. Entonces otra vez, pienso que el amor es brujo y, en ocasiones, dañino.

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