Segundo encierro

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Al día siguiente fui internado, y comenzó mi peor pesadilla. No sé cuanto duro, pero vuelve, siempre vuelve.

Ni bien llegue me asignaron una cama: la 027. Mi ropa fue cambiada por otra, blanca y liviana. Mis compañeros de cuarto parecían callados.

Esa noche no pude dormir. El resto de los muchachos roncaba, y yo me quede pensando. ¿Qué hubiera pasado si le presentaba al juez mi prueba? Quizá hubiera sido peor, porque solo yo sabia de su muerte. Ya nadie creería que fue la obra la que me anuncio ese hecho. Ahora estaría preso y mis compañeros no serian tan tranquilos como fueron los del hospital. El pelado, sobre todo, era poseedor de una paz asombrosa. Casi nunca hablaba pero sonreía mucho, y cuando algo andaba mal repetía: tranquilo, tranquilo.

Al poco tiempo dieron de alta a dos de los muchachos que venían rehabilitándose. En el cuarto quedamos el pelado, el hombre de barba, el alemán y yo. El hombre de barba no hablaba. El pelado, como dije, era pacifico pero se encontraba aislado, en su mundo. Y el alemán era mi único amigo.

Me contó que estaba allí hacia un año, que en su casa no sabían nada, pero que él estaba bien allí. No podía entenderlo. Como podía estar bien encerrado en una jaula. Yo solo soñaba con escapar. En algunos de esos sueños en los que mi escape era frustrado por motivos creíbles oía por debajo la risita de Víctor.

Recuerdo que soñaba mucho, ya que no tomaba las pastillas que nos daban todas las noches. Tenia un método infalible con el que lograba saltear todos los controles. Tras ingerir las pastillas, pedía permiso para ir al baño, y allí regurgitaba gran parte de las drogas que me habían suministrado. Me hice un experto en provocar el vomito. Cada noche devolvía lo que no quería tomar. Así, mi lobotomía tardo en concretarse. Tal vez por ello me sentía tan a disgusto.

Mi actuación intentaba mimetizarme con el resto de los internos. Tenia la certeza de que esta era la única manera de no llamar la atención. En algún descuido podría huir, y concretar el sueño que todos tenemos desde chico: la fuga.

Todos alguna vez ideamos una causa injusta, una condena y un acto heroico que le devuelva al mundo una parte de la justicia que no tiene.

Y esta era mi oportunidad de concretarlo.

Sabia que debía hacerlo de noche. A eso de las tres todos dormían, seguro.

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