Prueba guardada

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En la comisaría de la avenida, a solo diez cuadras de casa fui interrogado. No fue duro porque no sabia que decir, así que dije la verdad. No creyeron y todos dudaban si lo estaba inventando o si realmente creía en mi ficción. Esta duda sostuvo el aire denso durante nueve horas. Cada tanto me visitaba algún agente que llegaba a la guardia. Casi todos me miraban como a un bicho raro. Seguramente se les habría comentado mi historia, y como el resto descreían.

Pero yo tenia una prueba guardada. La muerte de ella era la pieza clave que hacia encajar mi engranaje. Temía anunciarla por dos motivos. Si se comprobaba su muerte no tendría mas esperanza para seguir. No me importaba verme imputado, solo que no deseaba saber si era cierta mi suposición. Por otra parte, si ella llegara vivita y coleando, entonces yo estaría loco o al menos eso creería la policía. Un juez no dudaría en encerrarme por uno u otro motivo; mi cuadro no encajaba en el esquema del delincuente típico.

Entonces decidí no hablar. No hablar mas con gente de azul.

Cuando recibía bromas ignoraba haberlas oído, y ni siquiera sus coscorrones me hicieron reaccionar. Solo quería que el tiempo pasara porque sabia que no podían mantenerme allí mucho tiempo más. ¿O cuanto se podía encerrar a un joven hambriento de lectura por el robo temporario de un libro? Después de todo, a pesar del impacto que causo en mi, la obra no era la más grandiosa jamas escrita (a no ser que como se me ocurrió anteriormente, las vidas de todos  y cada uno de nosotros, pudieran interpretarse con ella).

Nueve horas, como dije.

El cuartito en el que me alojaban ya comenzaba a parecerme cálido cuando llego el juez. Algún resto de ingenuidad hizo que el hombre me inspirara confianza, así que le hable. Le hable mucho. Le conté todo, todo desde el principio. De Víctor, de ella, del banco, de mis obsesiones y su vuelta, y por fin de la obra. Quise hacer aparecer mi robo como un acto plenamente justificado. Y él pareció entender, porque dijo:

-Comprendo.

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