La confesión

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Las noches que siguieron fueron similares. Revolcado entre sabanas húmedas, sumergido en sueños vivos que me pedían descanso, pero daban fatiga.

En esas noches fue que vislumbre por primera vez la idea de escribir mi historia. Mis circunstancias me parecían tan irreales y disimiles, que parecían extraídas de una novela mágica y surrealista.

Cuando me cansaba de dar vueltas y la almohada empezaba a tenderme la trampa del ahogo, decidía incorporarme de un salto y enfrentarlo. Siempre lo hallaba igual, con la sonrisa dibujada y sentado en el sillón de la ventana. Casi siempre me tiraba extenuado en el sofá y el tan solo me miraba con su sonrisa falsa, desesperante.

A la cuarta noche no di más. Serian las cinco de la mañana, lo supe porque ya estaba aclarando. Mi cabeza ebullía. No sabia como desterrarlo de mi casa ni como borrarlo de mi mente. Que me ocupara la casa no era nada, porque no hacia ruido ni consumía mis víveres. Pero que usurpara mi propia cabeza era inadmisible.

Aquella noche pense de todo: podía llamar a una bruja (debía haber alguna todavía), tal vez llamarla a ella (quizá aceptaría verme). Pero cual era la solución. Mi cabeza volaba tratando de desprenderse de él de algún modo.

La llame, pero nadie contestaba. Si hubiera atendido se habría anticipado el fin, pero de nuevo no estaba o sabia que era yo y no atendía. Pero… como iba a saber que era yo después de tanto tiempo; no podía saber.

Desesperado salte de la cama para increparlo. Increíblemente no estaba. No podía ser pero no estaba. Mi delirio aumento y revolví todo buscándolo hasta que percibí su risita entrecortada. No podía soportarlo más.

Salí al balcón con lagrimas en los ojos. El sol estaba apenas asomando. Pense: es un lindo día para saltar. Sin darme cuenta pase del otro lado y en breve me hallaba suspendido en el aire. Mis dos manos se negaban a soltarse. No me animaba a mirar hacia abajo. Cuando gire mi cabeza lo vi allí, con su sonrisa sarcástica, colgando de mis pies. Sabia que si me soltaba era el fin, pero mis manos no iban a darle el gusto. Con las ultimas fuerzas trepe la baranda nuevamente. Sentía un peso enorme en las piernas, supongo que era la culpa.

Extenuado me acosté en el balcón. Después de un minuto quise levantarme pero no podía. Algo me mantenía contra el suelo y no era el cansancio. Con enorme esfuerzo logre incorporarme. Una vez arriba se repitió el impacto del baño. El mismo golpe, la misma certeza. Logre arrastrarme hasta adentro y allí me desmaye por un largo rato.

Al despertar lo vi allí frente a mí. Estaba en su sillón de la ventana. Me incorpore resignado; Víctor había ganado y yo tenia que confesar. Sabia que el no diría una palabra así que comencé:

-Esta bien, voy a hablar.-

Entonces borro su sonrisa.

La parodia de Simón Pedro

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

La mañana del robo volvió a mi boca. Su memoria me iba a impedir decir algo que no fuera fiel a la verdad.

Su disparo al techo había sido un test de confianza para ver hasta donde llegaba mi hombría y mi lealtad. Cuando todos se arrojaron al suelo, yo no supe que hacer. Él me miraba con esa sonrisa que me desconcertaba. El guardia fue por detrás y yo no atine a decirle nada. Entonces me tire al suelo y su sonrisa se desdibujó.

Dos segundos mas tarde su boca escupía sangre y el guardia lo pateaba con despecho. Era inútil, ya estaba muerto.

Mi traición no termino ahí. Cuando llego la policía, negué a Víctor por segunda vez (faltaría una tercera, anos mas tarde, para completar la parodia de Simón Pedro). Argumente una excusa para justificar mi visita al banco y me retire por la puerta grande. Un par de empleados me miraron en forma extraña, así es que al llegar a la  esquina corrí a doble paso hasta mas no poder. Como ya dije, me aleje muchos kilómetros corriendo; me oculte en la ribera durante todo el día y solo con la oscuridad de la noche me atreví a volver a casa.

La cara de Víctor continuo fruncida. Sabia que faltaba algo y tenia razón. Esa noche al volver a casa mi mente se clavo en ella. Sabia que estaría sola y que podría aprovechar esta oportunidad única. Pero como decirlo… no me alegraba de la muerte de Víctor  pero habiendo ocurrido, se me abría una puerta que lucia invitante.

Solo atine a decirle:

-¿Que hay con ella?-

Entonces su sonrisa volvió.

Mis piernas temblaron. Sabia que ella era bastante débil. Tenia ganas de golpearlo pero no era posible. Corrí hasta el teléfono. La llame de nuevo pensando que antes debía estar dormida. No atendió. Pero… adonde habría ido si yo tenia la certeza de que no era de la provincia, que nunca se iría de la casa de Víctor. Tenia que estar allí. Ante mi desesperación Víctor soltó una carcajada. Esto me enfureció y comencé a arrojarle cosas. Cada vez reía mas fuerte y yo me enfurecía más. Nada lo tocaba. Solo estaba logrando destrozar mi casa.

Entre los objetos que tome arroje la obra. Entonces me detuve y sus carcajadas también. Fui corriendo a buscar la obra pero Víctor se interpuso, no quería que tome la obra y me di cuenta que allí estaría la respuesta.

La obra era una fábula perfecta de la historia que nos toco vivir, de la vuelta de Víctor y de mis dilemas. Ahora todo podía cerrar.

Una frase de la obra basto. Entonces desee no haber increpado a Víctor. La entrega fue tan difícil que Víctor parecía estar incitándome a saltar antes que a leer su contenido. Quizá hubiera sido más fácil soltarme, flotar tres segundos y aplastarme contra el pavimento. Pero hubiera sido una derrota. Una derrota que hubiera evitado mas desazón y dolor.

Mi amenaza de llamar a una bruja lo hizo desistir. La obra cayo del techo donde la tenia pegada y pude atraparla antes de que golpeara el suelo. Víctor se relamía mientras yo abría la obra en la primera pagina. La recordaba claramente pero tenia que leerla para darme cuenta de lo que había sucedido tras la muerte de Víctor.

Al leerla sentí mi destino era un camino marcado por el maleficio. Mis ojos se desmoronaron en esta frase. Víctor triunfante se levanto de su sillón. No volví a verlo, pero el fin de su tortura trajo otra.

Seis pies

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Tenia la certeza de que ella ya no vivía. Pero desde cuando. Sin duda Víctor había presenciado cada uno de nuestros encuentros. Pero por que no se presento entonces. Acaso era otro test.

Muchas veces pienso si Víctor no habrá sido mi alma gemela, el espejo de mi lado más satánico y depravado. Es cierto que parecíamos muy diferentes, pero también lo era la admiración mutua y la envidia insana por los rasgos del otro que uno no tenía. En particular siempre envidie su sarcasmo, su desinterés por lo cotidiano y su malicia tan practica. Calculo que él envidiaría mi tristeza, mi emancipación forzosa y mi torpeza, rasgos que deploro desde hace años.

No podía denunciar a nadie (Víctor ya estaba muerto). Seguramente inducida al suicidio por la acción premeditada de Víctor. Supuse que la visitaría tras nuestros encuentros y la torturaría. Pobre criatura, no habrá soportado… Seguramente había sido idea de Víctor la excusa del viaje a la provincia y seria el mismo el que la sostendría aterrada la noche que casi volteo la puerta.

¿Pero cuando habría muerto?

De algo estaba seguro. Ella no podía estar viva. La primera frase lo decía bien claro:

 

«Ya no hay luz en sus ojos

porque el cielo se llevo sus palabras

y sus palabras se quedaron en tu tiempo»

No me animé a seguir leyendo. Si bien había leído la obra ya dos veces, esta nueva interpretación era tan tenebrosa y aterradora que la sola idea de leerla me hacia un nudo entre el estomago y el esófago.

La cerré y la apoye sobre la mesa. Esa obra no podía permanecer conmigo. Era peligrosa y podía contener claves acerca de mi pasado o mi futuro que no quería conocer. Recordé un par de frases:

«No preocupa tu futuro

porque es igual al resto.

Seis pies son suficientes,

Los gusanos siempre vencen”

No quería encontrar mas claves. Prefería olvidar y empezar de nuevo (aunque no fuera posible). Sabia que tenia que devolver la obra para poder continuar mi existencia en paz y sin anuncios, pero no podía llevársela a Luis al mostrador… debía devolverla a escondidas.

Lo prohibido me atraía, como siempre, pero era muy peligroso intentar infiltrarse en el deposito de la biblioteca durante el día. Decidí que debería retornar la obra por donde había salido: por la ventana del baño. Quizá no hubieran notado su ausencia. Si bien el sereno debía haber avisado acerca de mi intrusión, seguramente no sabrían que obra me estaba llevando y, como revisar la biblioteca entera les llevaría meses, no podrían saber cuál obra era ni quien podía haberla llevado. Estos razonamientos me tranquilizaron y me dieron coraje para ejecutar el plan de devolución. Podía devolverla esa misma noche, cuanto antes mejor.

Pense que seria un tramite, como se dice, parte de mi historia escrita. En realidad mi plan parecía ser parte de otro más malicioso y lleno de resentimiento, el plan de Víctor. Quizá esta fuera la segunda o la tercera etapa que nunca quiso contarme, parte de su venganza como si lograra con mi fracaso aminorar o resarcir mi traición.

Es cierto, lo había traicionado, pero no en el banco sino en su propia casa, o mas bien, en mi cabeza voladora. Quizá ella también lo haya traicionado, y por eso esta muerta en vida. De otra forma seria injusto, y a Víctor no le agradaría.

Ingenuamente me encamine a la biblioteca. Serian las doce de la noche cuando me pare frente a la ventana del baño. Esta vez parecía más fácil ya que la ventana del baño estaba abierta. Esto no me extraño en lo mas mínimo. Solo tuve que trepar, y a decir verdad, me sentí un poco tonto devolviendo una obra que había robado tan solo cuatro días antes. Sonreí mientras pasaba mi abdomen hacia la ilegalidad. Se me ocurrió que alguien podría leer esa misma obra años mas tarde y darle un sentido más poético y menos nefasto. Pero esto nunca ocurrió.

Hoy pienso que las vidas de cada uno de nosotros ya están escritas en código en algún libro perdido. O peor aun, que estén todas escritas en un mismo libro que yo tuve hace unos años. Es cierto que pude haberlo descifrado por completo, pero no quería conocerme en forma tan profunda, prefería no saber mis caminos, andarlos sin mas advertencias que la intuición y los desatinos pasados. Esa decisión me costo esta cárcel y tiene el motivo de lo que escribo.

Segundo picado

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Antes de salir del baño pense en dejar la obra en cualquier estante y marcharme velozmente, pero al meditarlo me di cuenta de que tarde o temprano la descubrirían y a través de Luis sabrían que yo la había movido. Entonces decidí buscar el lugar de donde la había sacado en el fondo del ultimo pasillo del depósito. Después de tantos meses en la biblioteca conocía a la perfección la ubicación de mis libros favoritos, a los que volvía con frecuencia. Pero a esta obra no iba a volver.

Al entrar en la sala de lectura sentí un frío helado que atravesaba mis piernas. Pense que serian los nervios, pero era otra cosa. Hice diez pasos antes de que se encendieran las luces. Pense que era Víctor, pero no era Luis apuntándome.

-¿Querés saber donde va esa, eh?-

No atine a contestar, tampoco a huir como la primera vez. Por detrás apareció el sereno reconociendo mi rostro.

-Si fue este el que se llevo el libro.

-Claro, quien otro- remato Luis.

Cuando llego la policía me acorde del cuento.

Que ganas de jugarme un picado, pense. Me sonreí entonces, pero mi sonrisa no duro mucho.

Prueba guardada

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

En la comisaría de la avenida, a solo diez cuadras de casa fui interrogado. No fue duro porque no sabia que decir, así que dije la verdad. No creyeron y todos dudaban si lo estaba inventando o si realmente creía en mi ficción. Esta duda sostuvo el aire denso durante nueve horas. Cada tanto me visitaba algún agente que llegaba a la guardia. Casi todos me miraban como a un bicho raro. Seguramente se les habría comentado mi historia, y como el resto descreían.

Pero yo tenia una prueba guardada. La muerte de ella era la pieza clave que hacia encajar mi engranaje. Temía anunciarla por dos motivos. Si se comprobaba su muerte no tendría mas esperanza para seguir. No me importaba verme imputado, solo que no deseaba saber si era cierta mi suposición. Por otra parte, si ella llegara vivita y coleando, entonces yo estaría loco o al menos eso creería la policía. Un juez no dudaría en encerrarme por uno u otro motivo; mi cuadro no encajaba en el esquema del delincuente típico.

Entonces decidí no hablar. No hablar mas con gente de azul.

Cuando recibía bromas ignoraba haberlas oído, y ni siquiera sus coscorrones me hicieron reaccionar. Solo quería que el tiempo pasara porque sabia que no podían mantenerme allí mucho tiempo más. ¿O cuanto se podía encerrar a un joven hambriento de lectura por el robo temporario de un libro? Después de todo, a pesar del impacto que causo en mi, la obra no era la más grandiosa jamas escrita (a no ser que como se me ocurrió anteriormente, las vidas de todos  y cada uno de nosotros, pudieran interpretarse con ella).

Nueve horas, como dije.

El cuartito en el que me alojaban ya comenzaba a parecerme cálido cuando llego el juez. Algún resto de ingenuidad hizo que el hombre me inspirara confianza, así que le hable. Le hable mucho. Le conté todo, todo desde el principio. De Víctor, de ella, del banco, de mis obsesiones y su vuelta, y por fin de la obra. Quise hacer aparecer mi robo como un acto plenamente justificado. Y él pareció entender, porque dijo:

-Comprendo.

Segundo encierro

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Al día siguiente fui internado, y comenzó mi peor pesadilla. No sé cuanto duro, pero vuelve, siempre vuelve.

Ni bien llegue me asignaron una cama: la 027. Mi ropa fue cambiada por otra, blanca y liviana. Mis compañeros de cuarto parecían callados.

Esa noche no pude dormir. El resto de los muchachos roncaba, y yo me quede pensando. ¿Qué hubiera pasado si le presentaba al juez mi prueba? Quizá hubiera sido peor, porque solo yo sabia de su muerte. Ya nadie creería que fue la obra la que me anuncio ese hecho. Ahora estaría preso y mis compañeros no serian tan tranquilos como fueron los del hospital. El pelado, sobre todo, era poseedor de una paz asombrosa. Casi nunca hablaba pero sonreía mucho, y cuando algo andaba mal repetía: tranquilo, tranquilo.

Al poco tiempo dieron de alta a dos de los muchachos que venían rehabilitándose. En el cuarto quedamos el pelado, el hombre de barba, el alemán y yo. El hombre de barba no hablaba. El pelado, como dije, era pacifico pero se encontraba aislado, en su mundo. Y el alemán era mi único amigo.

Me contó que estaba allí hacia un año, que en su casa no sabían nada, pero que él estaba bien allí. No podía entenderlo. Como podía estar bien encerrado en una jaula. Yo solo soñaba con escapar. En algunos de esos sueños en los que mi escape era frustrado por motivos creíbles oía por debajo la risita de Víctor.

Recuerdo que soñaba mucho, ya que no tomaba las pastillas que nos daban todas las noches. Tenia un método infalible con el que lograba saltear todos los controles. Tras ingerir las pastillas, pedía permiso para ir al baño, y allí regurgitaba gran parte de las drogas que me habían suministrado. Me hice un experto en provocar el vomito. Cada noche devolvía lo que no quería tomar. Así, mi lobotomía tardo en concretarse. Tal vez por ello me sentía tan a disgusto.

Mi actuación intentaba mimetizarme con el resto de los internos. Tenia la certeza de que esta era la única manera de no llamar la atención. En algún descuido podría huir, y concretar el sueño que todos tenemos desde chico: la fuga.

Todos alguna vez ideamos una causa injusta, una condena y un acto heroico que le devuelva al mundo una parte de la justicia que no tiene.

Y esta era mi oportunidad de concretarlo.

Sabia que debía hacerlo de noche. A eso de las tres todos dormían, seguro.

La fuga

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Esa noche no fue. Se hicieron las seis y el alba calmo mis ansias. No pude levantarme a las tres, ni a las cuatro, y menos a las cinco. Entonces me quede, aunque no pude descansar. Recuerdo que pense mucho aquella noche. Me acorde de ella. Pobrecita.

Pense que la única razón para escapar era la posibilidad de verla. Pense también en la desilusion de Víctor y en su ira cuasi justificada. En el fondo no tenía nada para reclamarme. Al fin y al cabo, nada le había prometido.

Pero entonces… por qué la culpa.

Será por eso que esa noche no pude levantarme.

Solo la duda hizo que me levantara la noche siguiente: y si estuviera viva…

Ese día fue casi soportable. Pensaba todo el tiempo en el escape. Todo estaba calculado hasta el ultimo detalle. No podía ser tan arduo(de hecho no lo era). Burle guardias, camine con sigilo, destrabe la puerta. Libertad, ese bien tan preciado.

Sentí frío al salir. Me pregunte entonces, como es que algo tan bello puede doler tanto.

No tenía sentido, tarde o temprano caería. Así que volví solo. Antes de las seis estaba ya en la cama. Creerán que es incomprensible, yo creo que era la única forma de reencontrarme, de retomar el camino que llevaba.

Recuerdo que en ese tiempo escribí este fragmento:

Y todas estas hojas escritas por ella.

Un universo ideal y silencioso.

Horas bajo lamparas, las tuve a mi lado

Igual que en un principio a ella.

Y ahora dadas vuelta, sirven a otro fin,

para otra historia: la historia que no fue

 

Quisiera no idealizarla,

Pero al no conocerla me resulta imposible.

Porque todo es perfecto sin su voz,

sin sus errores

(porque ha de cometerlos,

aunque no me imagino de que forma)

 

Lamentablemente supe su apellido,

Y ahora sé su nombre.

Mejor era no saber nada

Y siempre esperarla en cualquier parte

Pero me es inevitable:

La quiero y no sé por qué.

Es simpático que el amor sea tan incoherente y testarudo. En lugar de evitarse un desengaño uno busca, como intentando probarse una vez mas que todo es inútil. Ya no quedan esperanzas: estoy condenado a ser un desdichado.

Veintinueve

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Mas allá de nuestra testarudez, algunos eventos nos indican que existe algo en universo que esta confabulando con nosotros para provocar un encuentro. Solos no somos capaces de lograr el imposible, pero este se acerca en virtud de eventos fortuitos que al sucederse nos hacen dudar acerca de la formulación del azar.

No buscando su nombre la encontré, hasta supe donde vivía casualmente. Pero siempre hay una búsqueda detrás, algo que nos impulsa a encotrarnos en este mar de gente que nos intenta ahogar con decepciones.

Algo de esto me hizo recordar la obra. Pensaba que ya estaba olvidada, pero no enteramente.

Lo único que recuerdo es que tras escribir estas líneas decidí no resistirme mas a las drogas. En adelante haría lo que me dijeran. Tomaría lo que me dieran sin quejarme. Estaba entregado. Definitivamente.

No sé cuanto tiempo pase encerrado. Solo sé que cuando salí tenia veintinueve. Recuerdo que este hecho no me puso triste, simplemente pense: veintinueve, que simpático, como el colectivo.

La vuelta

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

No había mucho sentido por recorrer. Solo el tiempo me aguardaba. En pocas palabras: el Comando, Víctor y ella. Solo me faltaba para completar el ciclo, el grillo.

Yo sabia que no estaba loco. Así que no tenía porque escapar. Aunque es cierto, me tuvieron encerrado, pero fue porque no podían comprenderme. Reconozco que los hechos que me sucedieron estaban con creces muy por fuera de lo considerado normal. De ahí la confusión, de ahí mi encierro. Mientras estuve adentro sabia  que algún día tal confusión debía cesar. Y ese día llego.

En adelante procure nunca mas realizar actos que estuvieran fuera de lo común para evitar confusiones y encierros no merecidos.

Por eso cuando apareció el grillo procure actuar con la mayor normalidad posible. Mi apariencia externa no se vio trastocada; mis rutinas tal vez si, pero no creo que nadie (salvo el portero) lo halla notado.

Procure nunca mas pensar en ella o en él, nunca mas pintadas. El fin del Comando Abuelo Negro. El haber luchado no me justifica para siempre, solo la lucha cotidiana logra y permanece.

El Comando murió en el hospital, y con la mi dignidad, mi ser integro. No busco justificarme, solo quiero que alguien, en algún tiempo me comprenda. Porque sé que alguien, algún día, ha de comprender el motivo de mis actos, el porque de mi proceder. Mis ilogicidades no fueron tales. Mis afecciones, que aun duran, me llevaron sin querer a lo que soy. Pero esto no me justifica, tan solo me explica y con eso basta.

Balance

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

Queda algo por narrar. Son los sucesos que me llevaron al grillo, a la locura declarada mas adelante.

Hoy soy un hombre lleno de contradicciones, como un asesino sin coartada.

No pense nunca en el escape, mucho menos en un crimen perfecto, sin testigos ni pistas. Cometí atrocidades que no creía tales. Me lleve puesto este nombre, la historia que he contado y los motivos que aun me llevan.

Escribir no ha sido fácil.

Nada lo es.

Pasaron dos años. No recuerdo bien en que. Quise trabajar en la biblioteca pero no fui atendido. Lo hubiera hecho ad honorem para resarcir el daño que cause en ella. Por consejo de Luis, la directora decidió no aceptar mi colaboración. El mundo literario no comprendía mi arrepentimiento y ya no podría retirar libros. Comprarlos seria más difícil dado que mi escasa renta haría difícil de  sostener mi ávida lectura. Sin embargo no podía resistir la tentación. Intente en otras bibliotecas, pero mi prontuario me excluía.

Siempre sospechaban, y al llamar confirmaban mi altercado. Era inevitable: cada bibliotecario que me atendía pedía mi dirección para llenar la ficha, y al verme tan alejado consultaba por el motivo. Muchas veces esgrimí excusas de trabajo, pero ellos inexorablemente hacían el llamado que concluía con mis esperanzas de volver a leer.

Una noche, desperté sudado. Había soñado que mataba a alguien pero o sabia a quien. Solo recordaba una imagen: una pila de libros derribándose sobre un hombre de espaldas. Entonces temblé. Podía ser real mi sueño, y mi víctima solo podía ser una.

A la mañana siguiente corrí desesperado hacia la biblioteca. Llegue ocho menos cinco. Esos cinco minutos fueron un suplicio; el sudor era tibio y los nervios de punta me arrojaban lejos del lugar, hasta que lo vi bajar del colectivo. Luis me miro con mala cara, pero yo sonreí.

-¿Que buscas?- me dijo de mal modo.

-No nada, quería ver como andaba- conteste ingenuamente.

-No te hagas el simpático, ya sabés que acá no podes entrar. Ni acá ni en ninguna otra biblioteca del país.

Me fui contento, me había dado una clave: mudarme seria una solución. Pero, adonde ir sin tiempo ni planes.

Llegue a casa y comencé a armar una valija. Con una bastaría, total sabia que me iba para leer, solo para eso. Luego podría volver, pero solo si terminaba con mi proyecto: leer todo lo alguna vez escrito. Con el correr de las prendas me fui desanimando. Mi proyecto era imposible, mi principal enemigo era el tiempo… y los nuevos escritores. Aun salvando este inconveniente, no podría con mi voluntad, detener al tiempo. Mi cuerpo iría pudriéndose de a poco, mi vista se iría deteriorando, y mi alma con una pena mayúscula, se iría apagando en forma paulatina. Ninguna restricción en el volumen de las obras lo hacia posible.

Deprimido me entregué al llanto. Lo recuerdo claramente, porque pocas veces he llorado. Me extraño el sabor amargo en las mejillas, también me extraño el ahogo y la desazón. Me quede tirado en el sofá por largo rato. ¿Por qué lloraba? No lo sabia con precisión. Hoy sí lo sé: no quería leer todas las obras del mundo, solo necesitaba una.

Allí estaba mi vida en símbolos. Me duele pensar que la tortura de Víctor me hizo devolverla. Si tan solo hubiera sido mas fuerte… aun hoy debe reírse de mi cobardía en alguna parte.

Debía reencontrarme con la obra de algún modo. Pense : la biblioteca. Debía estar allí, porque todo estaba allí.

Reingresar ilegalmente seria una locura, así que decidí buscarle en otra parte. Los archivos me fueron siempre inutiles. Los libreros intrigados investigaron en mi nombre. Fue inútil, la obra no estaba, parecía no existir. Entonces surgió mi duda: habría existido alguna vez tal obra. Debía ser, ya que la tuve por siete días en dos tandas de tres y cuatro.

Pero que tal si el libro no era lo que yo leí, sino otras ideas que emanaban de alguna parte de mi ser en forma inconsciente. No podía conservar la duda. Luego de tres días de búsqueda, habiendo recorrido las treinta y siete bibliotecas de la ciudad y más de noventa librerías céntricas, me di por vencido. Había un solo lugar donde podría hallar la obra: en mi biblioteca amiga.