Una noche de esas

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Una noche de esas soñé con Víctor. Fue la segunda noche que me quede a dormir en su casa… en la de ellos en realidad. Solo soñé que me miraba, con esa mirada penetrante con la que me marco el primer día, en el baño. Habrán sido unos segundos de sueño, pero parecieron durar toda la noche.

Desperté todo sudado, de sobresalto. A mi lado estaba ella. Se veía tan linda… entonces me di cuenta de que nunca la había visto dormir. Sin duda confirmaba que las personas no pueden ser más bellas que cuando duermen. Emanaba un halo indescriptible. Debían ser las seis o siete y me quede mirándola hasta que entro el sol por la ventana y se me hizo imposible distinguir entre su luz y la que entraba por la ventana.

Varias veces estuve a punto de tocarla, pero recordaba la mirada de Víctor en el sueño, y me dolía.

Pobre Víctor… ¿por qué no pude conocerlo mas? Me hubiera podido contar cosas de ella que aun no sé.

Pobre de mí… por que no pude conocerla antes que Víctor, cometer una locura y morir.

Sin duda fue una locura. Al escribir esto ultimo, me di cuenta de que Víctor tenia un plan consciente de autodestrucción; un plan que transformara su amor en un proyecto eterno. Por supuesto… que más eterno que la muerte. Víctor lo entendió, y me coloco en su engranaje para accionar el gatillo. De esta forma, él seria un héroe… y ella lo amaría por siempre.

A pesar de todo, fue agradable sostener mi doble personalidad. Aun hoy me tiembla el pecho cuando lo recuerdo. Con cuanto desinterés fingido iba cada noche a su casa y cuan poco (creo) debía sospechar de mis razones.

Como todo idilio, las visitas llegaron a su fin. Ese verano ella partió hacia su pueblo (nunca me dijo bien cual era, yo tampoco pregunte). Supuestamente volvería quince días mas tarde. Recuerdo que los primeros días iba de todos modos hasta su casa y me quedaba allí sentado en la puerta por un par de horas, para matar la espera nomás. En ocasiones, me animaba a tocar el timbre, que invadía las habitaciones vacías, sin ella y sin su luz. Que inútil. Sabia que no había nadie, pero de todas formas tocaba con la esperanza de que ya hubiera vuelto y me estuviera esperando con los brazos abiertos. Pero no sucedió como en las novelas color de rosa, en las que sucede lo que uno espera por más imposible que parezca.

Seguí yendo muchas veces, no recuerdo cuantas. A veces, solo me paraba frente a la casa y miraba las ventanas. Otras, me sentaba por horas en el primer escalón de la entrada.

Paso mucho tiempo. Mas de quince días seguro. Aunque perdí la cuenta, podría asegurar que había pasado ya un mes desde su partida. Con despecho, me dirigí esa ultima noche contra la puerta. La patee, toque el timbre y volví a patearla. Silencio, nadie podía contestarme. La casa estaba vacía.

Entonces, un sudor helado entro por mi espalda. Quizá ella pudiera estar adentro sin contestar. Es mas, pudiera ser que nunca se hubiera ido,  y su pueblo podría no existir o no importarle. Con ira comencé a golpear fuertemente la puerta y a gritar con desenfreno. Algunos vecinos se alertaron, creyendo que estaba loco y que ya me iría cuando se me pasara el ataque. Pero no iba a hacerlo porque ya no tenia dudas: ella estaba ahí dentro. Seguramente temblequeaba con mis golpes. Hoy pienso que fue mejor que no me haya abierto (no sé que hubiera hecho).

Cuando mi alteración cesaba ya, se acerco un vigilante para averiguar que estaba pasando. Al principio, quiso que lo acompañara al destacamento, pero al verme sosegado, juzgo adecuadamente que podía dejarme ir. Probablemente fue el destino que quiso demorar un poco mi primera internación, ya que no sé que explicaciones hubiera podido darle a los oficiales respecto de mi situación. Seguramente hubiera ido a parar donde tuve que caer tras mi confianza en el juez, tras los eventos de la biblioteca, porque es así, estas historias nunca se creen.

Camine el trayecto de vuelta a casa con una idea fija en mi cabeza: el amor es brujo y dañino.

Pense que lo mejor seria no volver… nunca más. ¿Y si me llamaba? ¿Que haría entonces? Nunca lo supe, ya que no llamo, ni mando carta ni nada. Simplemente desapareció en su encierro. Pobrecita… otra víctima de Víctor.

No sé dónde ha de estar mientras escribo, pero de seguro es feliz, en su burbuja. Entonces otra vez, pienso que el amor es brujo y, en ocasiones, dañino.

Amor y libertad

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Durante el periodo que sobrevino luego, sostuve largos y variados debates-charla en bares, plazas, colectivos, estaciones de tren, terminales, ministerios, galerías y otros recintos de publico acceso.

Las palabras cambiaban según los interlocutores, pero algo permanecía invariable: mi obsesión, tema central que podría plantearse de la siguiente manera: como es que pueden ser compatibles el amor y la libertad.

En general no se comprendían plenamente mis palabras, pero siempre cada interlocutor aportaba algo a mis ideas y experiencias. Era particularmente interesante para mí, la visión que las mujeres tenían acerca del tema, sobretodo la de las mujeres mayores, cuya experiencia y desvergüenza, me ponían en constante revuelo. Recuerdo con especial detalle una charla que sostuve con una señora que paseaba a su perrito. Yo estaba sentado en un banco de una plaza del centro cuando ella se arrimo para descansar y vigilar a su perrito desde esa posición. La salude con un buen día, si bien ya habían pasado las doce, y ella contesto amablemente. No necesite iniciar la charla esa vez. La señora comenzó a contarme todo acerca de su relación con el perro y el relato historiado se prolongo por casi dos horas, interrumpiéndose únicamente por el alejamiento excesivo del Perrito y el sutil llamado de la señora “para que no se pierda”. La escuche atentamente hasta que se fue por el mismo sendero por el que había llegado menos de dos horas antes. Me quede sentado un largo rato en el banco, pasmado por la sencillez con la que la señora lo había expuesto.

El amor no era mas que eso: necesidad y entrega.

Necesidad de tener a alguien y entrega incondicional, a cambio de gestos y palabras que nos confirman la reciprocidad, aunque sea ficticia, de nuestra necesidad y de nuestro espanto ante la soledad. Es en sí un intercambio, esencialmente injusto, pero necesario.

Pense en mi pasado aquella noche y me avergoncé de mí mismo, por no haber sabido o por no haber tenido el coraje suficiente. La señora lo había dicho claramente: necesidad y entrega. Ambas tuve, pero no en cuantía suficiente.

Mujeres puras

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Habiendo descubierto el carácter del amor, me sentía urgido, con ansias de determinarme para el cambio. Y así lo hice, con costo, pero lo hice.

Hoy creo que mejor hubiera sido nunca descubrir lo que es el amor, aunque debo aceptar que una vida de engaño puede ser feliz, pero irreal.

Me llevo unos días decidirme, debido a que podía imaginarme cientos de situaciones en las que chocaría mi voluntad con mis necesidades, pero finalmente pude hacerlo; vencería la voluntad (al menos por un tiempo). La experiencia fue mi guía: en adelante no tuve mas contacto con mujeres, salvando las situaciones especiales en las que me era inevitable tenerlo   (por ejemplo en las ventanillas del subte). Procuraba no dialogar con mujeres, fueran de la edad que fueran. Mi personalidad se volvió altamente misógina en ese tiempo. Todo en ellas me repugnaba: sus arreglos, sus voces, sus modos y costumbres. Esta lejanía cotidiana, las hacia más atractivas y misteriosas, especialmente a las niñas. Muchas veces observaba con ternura y hasta añoranza a las niñas jugar. Mientras lo hacia, se me ocurría pensar como un ser tan puro y bello podía transformarse con el transcurso del tiempo en una criatura tan abominable como una señora. Por un tiempo, pude comprobarlo, las niñas conservan la poca pureza que hay en este mundo.

Se me ocurre… ¿no existirán niñas con cuerpo de mujer? O mejor, mujeres con alma de niñas. Pude observar que algunas mujeres conservan algunos rasgos de su niñez, pero pierden en general los más esenciales, los que hacen a su frontalidad y soltura. Buscaba en algún gesto un movimiento de niña, una señal. Que lindo hubiera sido ver a una ejecutiva haciendo piruetas en la estación, mientras esperaba el tren; a una doctora haciendo globos con un chicle; a una adolescente sin usar maquillaje.

Era inevitable, duro largo, pero algo debió explotar.

Fue un domingo. Eran las diez de la noche cuando surgió en mi la idea. Había solo dos lugares donde podía encontrar mujeres puras: en un convento o en un prostíbulo.

Luces rojas

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Salí por la avenida. Todavía chorreaba agua de mi pelo. Sentía, como cuando era chico, ese gusto a adrenalina. Me detuve en las primeras luces rojas. El gusto era mas fuerte y presente. Dude unos instantes, pero igual subí por unas escaleras interminables. No me detuve a descansar. Cuando llegue, agitado, no podía distinguir los objetos ni a las personas debido a la penumbra roja. Lentamente se acerco una señorita. Tuve miedo, hacia meses que no hablaba con una. Me saludo con un beso, y esto me endureció aun más. Solo atine a decir:

-¿Cómo te llamas?

Todavía recuerdo su nombre: Zelma.

Así perdí lo único de niño que aun conservaba. Fueron diez minutos, mágicos, desenfrenados, con un precio simbólico que demuestra una vez mas la inutilidad del dinero como medida de estado de animo o las sensaciones internas.

Perdí, así es. El deseo supero a la ficción de un amor imposible.

Desalojo

 

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Cuando llegue a mi casa tome todos los recuerdos de  mi infancia y los arroje en un canasto grande. Cuentos, juegos, muñecos y otros signos de un pasar liviano. Me di cuenta de cuantas cosas tuve, y de cuan poco me sirvieron para afrontar el futuro. El camión de la basura ya había pasado, así que el canasto quedo en la puerta hasta la medianoche siguiente. Quizá le hayan servido mis recuerdos a algún chico, si es que algunos pudo verlos a través de las bolsas negras que se usan en los edificios de consorcio.

Al día siguiente mi casa parecía mas limpia, pero le faltaba algo, igual que a mí. Salí a dar un paseo para tratar de distraerme y cuando volví, dos horas mas tarde,  todo seguía igual.

Definitivamente  no me gustaba mi nueva casa, con un pasado mediato que no estaba dispuesto a afrontar. Así que comencé por apilar todo tipo de recuerdos, para arrojarlos esta vez antes de la media noche. Se iría todo: las fotos, las cartas, las revistas, los diarios viejos (tenía muchos, por cierto). Tuve que hacer dos viajes para desalojar al pasado de mi hogar. Cuando terminé, a eso de las once y media, caí extenuado sobre el sofá.

Ahora si, podría descansar en paz.

Hubo mas espacio para meditar entonces, sobre cuestiones importantes y no tanto. Pensé en escribir un libro sobre aquellas meditaciones, pero a quien iba a interesarle…

Hoy ya no me importa sino me gusta lo que escribo. En cambio, si me hubiera dedicado a escribir un libro en ese entonces, no me hubiera permitido ni siquiera una frase cuya redacción planteara dudas. Hubiera sido el libro perfecto.  Un imposible.

Así fue que comencé a tomar notas. Para mí, nada mas que para mí. Para ello, utilice un cuaderno naranja que conservaba desde el secundario. Era interesante releer mis anotaciones cuasi jeroglíficas. Usaba flechas, abreviaciones, símbolos y cuadros. Muchos cuadros. Creo que ese cuaderno debe contener mas clasificaciones que las hechas por Lineo. De tipos humanos, de viajes, de comidas, de humores y costumbres, y tantas mas que no recuerdo, pero que por suerte guardo en aquel cuaderno. Sin embargo hay cosas que recuerdo perfectamente, como la primera página en la que había anotado:

LIBERTAD = AUTOGOBIERNO

(true or false?)

Cuadernos

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Mi cuaderno me acompañaba a todas partes, pues creía firmemente que la inspiración filosófica podía aparecer en cualquier momento. Y cuanta razón tuve en hacerlo… escribí poemas en subtes, teoremas en plazas y canciones en el baño. De todo en todas partes. Ese fue un período prolífico, y podría decir feliz. Crear definitivamente reconforta, no hay dudas; no existe creación sin tensión ni resolución sin conflicto.

En ese cuaderno, fui resolviéndome de a poco y aunque fuera una ficción, me sentía cada vez mas pleno. Pero como todo lo bueno, el cuaderno también tuvo su fin: la última hoja.

Una vez que llegue a ella, no sabia que hacer. Estuve días y días hasta animarme a completarla. Era como partir sin abrigo, sin querer hacerlo. Era como decir adiós sin haber llegado. Porque el cuaderno se quedo corto o mis conflictos eran demasiado largos. Y sobre esto escribí en esa ultima hoja.

Llegue a una conclusión en ella: no podía saber cual era la verdad, pero esta se vería develada de una forma sencilla. Mi próximo cuaderno sería más amplio, estaba decidido.

Tarde unos días en decidirme a comprarlo. Tenia miedo de hallarme frente a una hoja vacía sin saber hacerle frente, con mis dudas  y complicaciones. A pesar de ello, no fue difícil la búsqueda. Lo difícil vino luego.

Esa primera hoja me aterraba, y nunca pude superarla. Las ideas fluían por mi mente, sin poder plasmarlas. Se había producido un quiebre: se había acabado mi cuaderno. Porque este azul, también me pertenecía, pero no era el otro, mi viejo cuaderno naranja.

El cuaderno azul conoció la ciudad. Lo pasee por plazas y jardines, pero nada me incito a escribirlo. Un día estuve seis horas sentado en una plaza con aquella hoja en blanco frente a mí. Una sola palabra basto: MIERDA.

Habiendo ocupado la primera hoja creí que mi tarea se vería facilitada, pero no fue así; ese cuaderno quería morir virgen y yo no podía ir en su contra. Quizá mi pulso estaba cansado de mis idas y vueltas, de mis indefiniciones, de tanto lamento sin culpa.

Decidí abandonar el cuaderno en un cajón, con su única leyenda esperando que el tiempo la negara o le diera mas razón que nunca.

Victoria

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Tardé mucho en escribir algo sensato. Hubo intentos, pero significaron tan solo alivios para quien sabe que al menos lo había intentado. Lo fácil parece difícil y lo casual poco importante.

Fue casual mi descubrimiento y estaba a solo trece cuadras: la biblioteca popular. Recuerdo que no dejaban retirar las obras, así que me habitué a visitar la biblioteca dos veces por día. Por lo general, me dedicaba la lectura paralela de dos obras: la matinal y la vespertina. Así comencé a llenar mis lecturas. Casi todos los días era yo quien aguardaba la llagada del bibliotecario, quien me entregaba prontamente la obra que tenía reservada desde el día anterior. Mi lugar predilecto era una esquina del recinto donde pegaba el sol desde las nueve hasta las once. El gordo Luis, como buen bibliotecario, me recibía siempre con una sonrisa y un “buendiia”. Su aspecto era mas similar al de un oficinista que al de un bibliotecario. Casi siempre me hacia una acotación acerca del clima y antes de entregarme la obra no olvidaba recalcar:

-Con cuidado, que esta es de las buenas-

Por lo general cruzaba páginas hasta eso de la una del mediodía. Era cuando el hambre distraía mi atención plena. Muchas veces queriendo terminar un libro, lo domaba hasta dos y tres horas mas, pero al final el hambre siempre vence. Por este motivo, procuraba desayunar en forma muy abundante todas las mañanas. Como nunca antes, ni nunca después mi cocina rebalsaba de fiambres, frutas, tostadas y jarros de café repletos. Engullidos en media hora, servían de combustible para mi lectura ávida.

Todas las mañanas de ese año me vieron dentro de la biblioteca popular. Creo no haber faltado nunca.

Los domingos eran dramáticos para mí. El descanso de los bibliotecarios me parecía absurdo. De qué podían cansarse dentro de una biblioteca. Qué mejor que habitar ese submundo de ficciones. Un par de domingos logre, bajo juramento solemne, que el gordo Luis me facilitara volúmenes no registrados en devoluciones. Luis confiaba en mi; sabía que el lunes a las ocho los tendría allí.

Los domingos sin libros eran un suplicio. Me dedicaba a recordar obras enteras, momentos culmines, desarrollos alternativos y finales posibles para obras abiertas. La resolución de enigmas era mi pasión. Pero una vez resueltos no me quedaba mas que la planificación de mis lecturas. Me instruía por referencias y recomendaciones, y trataba en lo posible de extinguir la obra de los autores en forma rigurosamente cronológica.

Todos los días al regresar del almuerzo me dedicaba al chequeo de los ficheros, a las anotaciones en libreta, a las averiguaciones con Luis y la señora de la tarde.

Habiendo finalizado con mis investigaciones, requería volúmenes dilectos de bibliografía mas elevada. Creía que el atardecer era el momento propicio para la meditación por lo que leía volúmenes de filosofía, teología, ciencias ocultas, psicología y otras disciplinas hasta que caía el sol. Meditaba largo rato sobre lo leído mientras hacia mis anotaciones de libreta y me retiraba sin olvidarme de saludar a Luis y a la señora de la noche. En algunas ocasiones me quedaba hasta el horario de cierre, leyendo mientras se enceraban los pisos y las puertas se trababan con llave.

Hacia fin de año había leído todas las obras de gran cantidad de autores de renombre y no tanto. De todas partes, de todas las épocas. Muchas historias, muchos finales inciertos. Ya creía haber leído mucho, pero no lo suficiente. Porque nunca era suficiente… al menos eso creía.

El ultimo domingo del año todo cambio. El sábado a la tarde gaste dos horas de mi tiempo en convencer a Luis para que me prestara un libro. Cada sábado era igual: mi insistencia, su negativa inicial, mi tozudez y mi reclamo angustioso; por ultimo, el préstamo temporal de alguna obra. Era una victoria diferente cada sábado, una conquista a base de fuerza moral y convencimiento.

Luis me acercaba una obra y mi sonrisa aceptaba el trato: el lunes a las ocho de vuelta sin ninguna marca. Como cada sábado, me dedicaba a hojear el libro después de cenar. Esa noche algo cambio.

Este libro no era igual a los anteriores que había leído. Bueno, en apariencia, si lo era. Tapa dura, azul, letras doradas, tipografía pequeña y hojas amarillas.

No me pregunten porque era diferente. Una historia usual: un muchacho como cualquier otro (como yo quizás), un desamor, un desencuentro. Pero que tenia esa historia para impactarme de manera tan profunda. No fue un roce, fue un surco el que abrió ese libro en mi casco. A partir de esa grieta, se hizo un rumbo y la vía de agua no pudo detenerse. Una inmersión placentera, que recuerda el naufrago con gozo, con una satisfacción casi sexual.

Este libro debió ser un clásico nunca descubierto, ese tipo de obras universales que impactan sobre seres de todos los tiempos, en cualquier lugar. Pero más, esta historia parecía escrita para mí. El concebir esta idea me hacia temblar. Podría acaso darse que el autor al concebirla, se figurara un muchacho desahuciado por la desgracia y la incomprensión, que a cientos de kilómetros y largos años por detrás, hubiera de identificarse con su historia, con su muchacho pobre y desilusionado. Evidentemente, ningún creador tan grande pudo haber concebido tal idea, a no ser que se tratara de un ser superior (y maléfico).

La literatura universal tiene sus quiebres (y esto lo aprendí leyendo), pero no podría clasificar a esta obra dentro de ninguno de los moldes. Su simpleza la hacia grande, única e irrepetible. Su brevedad la hacia superior a todo lo que había leído o escuchado.

¿No seria la base mas alta que la cúspide y mi visión perpleja un reflejo absurdo de la obra?

No pude creer que fuera cierto. Creía en la objetividad de la obra.

Claro esta que esa noche no dormí, ni la siguiente cuando inicié su relectura. Me quedaban horas de la madrugada del lunes, pero no iba a terminar aquella segunda lectura. Apurarme por demás hubiera sido una gran falta de respeto a su grandeza. Extenuado llegue al anteúltimo capitulo. Eran las ocho y media de la mañana. Entonces, en un ensueño irresponsable pense que siendo el ultimo día del año, todos estarían prontos a festejar y nadie notaria la ausencia de un libro. Podía devolverlo el día dos… o mejor aun, no devolverlo sino me era requerido.

Con la tranquilidad de un niño me eche a dormir en el sofá. El libro quedo entre mis manos.

A eso de las doce, me despertó la campana del teléfono. Ya sabia, era el gordo Luis. Quería saber porque no había llevado el libro por la mañana. Me excuse diciendo que me había sentido mal el fin de semana y que me había quedado dormido producto de los fármacos. Prometí llevárselo cuanto antes. Con un tono desconfiado me insto al apuro, ya que la biblioteca cerraría antes a causa del fin de año. Ni bien corte salte del sofá para reiniciar la lectura. Me faltaban dos capítulos. Pense  que podría terminarlo en dos o tres horas para cumplir con mi promesa. Pero… no podía devolverlo. ¿ Que sucedería si no iba?

A eso de las cuatro, volvió a sonar el teléfono pero no atendí. Preferí seguir leyendo. Seguramente era Luis, pero para que atenderlo si de todas formas no pensaba devolverle el libro hasta no finalizarlo. Los llamados se sucedieron a intervalos de cinco minutos, por el lapso de una hora. El silencio del teléfono me permitió encarar las ultimas diez paginas con mayor tranquilidad. El final se prolongo mas que con la primera lectura, pues me detuve descifrando claves que hacían a la obra aun más genial.

Cuando faltaban tres paginas, golpearon a la puerta. Tuve que abrir ante la insistencia de los golpes. Al hacerlo me encontré con el rostro de un Luis diferente. Sin decir palabra alguna me aparto de la entrada y se encamino hacia la mesa en donde estaba el libro. Intente excusarme, pero fue inútil. Se estaba llevando el libro. Mi libro. Me colgué de su brazo implorándole que me dejara terminarlo; me faltaban solo tres paginas de nuevas claves, de nuevas respuestas.

Hizo oídos sordos. Lo único que dijo antes de salir dando un portazo fue:

-No quiero verlo mas por la biblioteca.

Esa frase se clavo en mi como un puñal. Qué seria de mi vida sin las toneladas de papel que me faltaba engullir. Pero eso no importaba realmente. Qué haría yo sin ese libro, al lado del cual el resto parecía insignificante, superfluo y vacío de contenido. Debía volver a la biblioteca, pero lo mejor seria aguardar hasta el miércoles.

Por la noche note que una herida se había abierto en mi. Extrañaba a la obra. Instintivamente tome un lápiz… y cesó mi silencio.

Dinosaurios

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Fue hace dos días. Nos encontraron en un campito. Creo que no era lejos de la casa donde vivía.

Unos chicos del barrio quisieron reacomodar el campo de juego. El terreno del picado debía agrandarse en relación a sus capacidades atléticas.

La casualidad quiso que fueran a clavar el poste justo sobre el cráneo de Hugo, pero no se dieron cuenta. Recién al cavar el otro pozo dieron con mi fémur, casi intacto desde hacia ocho años. Que placer salir del claustro, reeencontrarme con mis compañeros. Hoy se descubrió al ultimo, Cachito. Siempre escurridizo el guacho. Él fue el ultimo al que agarraron. Ahí estabamos veintidós, tirados en el suelo, desarmados, paradójicamente desenterrados por los mismos que años antes habían cubierto nuestro sepulcro con silencio y temor sembrado.

Todos en fila, mirando al cielo igual que hace ocho años pero noventa grados más tiesos. No podíamos mirarnos a la cara, no podíamos hablarnos, pero todos estaríamos pensando lo mismo: que ganas de jugarnos un picado.

El año nuevo

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Hasta el día siguiente estuve bien. Durante la noche hubo estruendos (y olor a cambio). Luego hubo silencio y párrafos que hoy parecen vanos.

Sacudí mi cabeza varias veces. El año había cambiado, pero mi cabeza no. Seguía pensando en la obra, en su necesidad y perfección conjunta. Las hojas no me bastaron y el festejo fue parco.

Trate de recordar si había dormido o no, pero no pude. Supuse un descanso, ya que me hallaba sin rastros de debilidad. Cuando fue cayendo la tarde el hambre me empujo hacia la calle. Eso si lo recordaba, no había comido en los últimos dos días. La lectura y mi intento por salir  de aquella angustia me habían consumido en horas sin hambre, en minutos sin apuro.

Pero el hambre siempre abrevia esos momentos sin tiempo. Deben haber sido las siete cuando salí. Por suerte había un quiosco abierto. La gente seguía festejando. En la puerta del quiosco había unos muchachos tomando. Fueron los primeros (y los únicos) en nombrarme el año nuevo. Lo agradecí con una sonrisa  y me senté a su lado a comer.

Dos panchos fueron suficientes. Salude a los muchachos y me levante sin rumbo. Instintivamente me encaminé por la avenida. Todo lucia diferente, aunque sé que nada había cambiado. Pero había algo en el aire, quizá fuera la adrenalina de la noche; la de todas las noches, pero en especial la de la pasada. También había algo en mi cabeza, pero no sabia que. Era algo así como un ruido agudo, que invertía el dilema del árbol cayendo en un bosque sin vida. Puede ser sonido aquello que se escucha sin tener fuente.

Seguí caminando hasta encontrare parado frente a la biblioteca. Era la primera vez que la veía así; toda apagada, sin vida. Pero sabia  que ahí dentro había miles de vidas, dedicaciones exclusivas al arte, recordatorios del ocio mas sano.

Estuve diez minutos sin saber que hacer. No podía soportar hasta el día siguiente. Di la vuelta por la esquina buscando la ventana del baño que daba a la calle lateral. Debía entrar, la obra me esperaban

La ventana estaba, aunque no abierta, donde lo esperaba. La forcé para entrar sin mayor trabajo. Algo me decía que debía hacerlo, como una de esas tareas que se nos asignan como destinos.

Una vez adentro solo restaba encontrarla… y huir. Aunque podría haberla leído y devolverla a su sitio; pero no podría hacer ambas cosas. En ese aspecto, la vida es como la literatura. Ante las disyuntivas uno elige, como cada personaje para acercarse al fin. Cada pagina es un hito, un mojón de ruta, aunque no sepamos como ha de terminar nuestro relato. Pero ha de terminar como toda buena historia tras la anteúltima pagina.

Así es que me decidí a robar la obra. Hoy me pregunto que hubiera pasado si me hubiera quedado a leerla allí. Pero de nada sirve, porque no pude y ni siquiera puedo imaginarlo. Me quedo con mi destino pobre y elegido.

Todo esto para justificar mis actos, para que se entienda mi proceder y mi no arrepentimiento.

Un Víctor diferente

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Horas después me hallaba en casa volviendo sobre mí y sobre los acontecimientos de la madrugada. Había un nombre que resonaba en mi cabeza. Misteriosamente aparecía ante mí la imagen de un Víctor diferente. Lo veía frente a mí, con un aire sobrador y altanero. Aun hoy recuerdo claramente esa sonrisa doble, inexpugnable. Al volver a casa su imagen comenzó a torturarme.

Era mi segundo encuentro con el orden. Víctor se reía de mis miedos. Su imagen casi viva no lograba escalofriarme. Por unos instantes volví a pensar en ella. Tal vez Víctor se le habría aparecido como a mí en aquel momento. Deje estos pensamientos ni bien note el ceño fruncido de mi visita. Su imagen me estaba pidiendo cuentas y yo estaba demasiado cansado para rendirlas. Así que me acosté.

Pasaron dos horas sin que poder pegar un ojo. La luz del alba pudo con mi cansancio y al levantarme lo vi sentado en el living.

Su sonrisa seguía pegada, irritante. Intuí que seria su presencia la que me impedía dormir a pesar de mi agotamiento físico y mental.

Lo salude absurdamente. Sabia que no iba a contestarme pues tenia en claro que él venia a escuchar, es mas a escuchar algo preciso.

Así fue que comencé a hablar. Si alguien hubiera entrado hubiera creído que desvariaba, pero solo estaba evitando la confesión.

Comencé narrándole los eventos de la noche anterior. Ante cada palabra mía su sonrisa se ampliaba, como si esta vez fuera él el cómplice. Cuando termine, saque un libro de entre mis ropas. Allí estaba el motivo de su visita: la obra.