Nueve y veinte

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Nos encontramos nueve y veinte. El plan me seria develado mientras fuera transcurriendo, y en la medida que fuera necesario. En cada paso se me fue informando sobre mis tareas asignadas. Solo éramos Víctor y yo. Supuse que esperábamos a alguien más. Le pregunte al respecto y contesto simplemente que no, que no hacia falta más gente para lo que íbamos a hacer. No sabia que me esperaba, y esto me ponía bastante nervioso. Tan solo llevaba mi aerosol negro en la mochila, tal como Víctor me había instruido.

Caminamos por la avenida mas de diez cuadras hasta que Víctor se detuvo frente a un banco.

-Es acá- dijo.

-Acá, que…

-Entremos, vos seguíme- completo sin contestarme.

No sabia de que se trataba, pero lo seguí.

Víctor se paro en medio del salón y me miro sonriendo. Entonces saco un arma de su bolsillo y disparando al techo grito bien fuerte:

-¡TODOS QUIETOS, ESTO ES UN ASALTO!

Al día siguiente me levante con cansancio. Serian las dos de la tarde.

Había corrido mucho. Eso sí, estaba sano, ni un rasguño. Todo aparecía borroso en mi mente y los eventos del día anterior se entremezclaban y parecían parte de un sueño incomprensible del cual no lograba despertar. Recordaba disparos, vidrios rotos y horas al trote. Un profundo horror me invadió entonces al sentir la traición en carne. Y el recuerdo, repentinamente se volvió en mi contra.

No sabia que hacer. En aquel momento solo una cosa ocupaba mi cabeza:

Ella debía estar esperando.

Alguien debía haberla llamado ya para avisarle… ¿pero quien?

Al fin, tome coraje y me decidí a llamar al numero que me había dado Víctor. Saque el papel, que aun conservaba en mi bolsillo, y disqué. Su voz atendió del otro lado. Se le oía preocupada.

-La señora de Víctor… – fue lo primero que se ocurrió, ya que esta vez no había frase preparada y no sabia como llamarla.

-Sí, soy yo- contesto presurosa.

Le dije quien era y con la mayor calma posible comencé a explicarle que algo no había salido bien y que debía saber que Víctor no volvería a su casa por un tiempo. Su voz, se torno más temblorosa.

-Pero… ¿qué paso?- preguntó ella, con la poca prisa que se tiene para ir a un velorio.

No supe que decir: la verdad, como tantas otras veces, no era propicia.

-Usted no se preocupe. Yo le aviso cualquier novedad- y corte abruptamente la comunicación.

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