El sustituto perfecto

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En alguna medida, yo era un sustituto perfecto, natural. Adecuado a su necesidad: callado, protector, comprensivo. Así debo haber sido. Así intentaba ser, al menos. Pero no era. No podía ser, ya que no había conocido a Víctor lo suficiente. En realidad sentía como si lo hubiera conocido en profundidad, pero esta ilusión era producto de mis charlas con ella, en las que pude ver a Víctor endiosado, un ídolo hecho carne para una chica de provincia.

De seguro Víctor no era exactamente así. Callado, se habrá guardado los insultos. Protector, habrá soportado sus caprichos y comprensivo, habrá escuchado una y otra vez sus relatos provincianos. Pero nada habría de importarle, porque ella era tan linda que a nadie le importaba. A mí tampoco, y en cierto modo, yo debía ser como Víctor, capaz de soportarlo todo por hacer más llevadera esta soledad incurable; todo por estar cerca.

Por eso era un sustituto perfecto. Estaba ya entregado.

 

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