Segundo picado

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Antes de salir del baño pense en dejar la obra en cualquier estante y marcharme velozmente, pero al meditarlo me di cuenta de que tarde o temprano la descubrirían y a través de Luis sabrían que yo la había movido. Entonces decidí buscar el lugar de donde la había sacado en el fondo del ultimo pasillo del depósito. Después de tantos meses en la biblioteca conocía a la perfección la ubicación de mis libros favoritos, a los que volvía con frecuencia. Pero a esta obra no iba a volver.

Al entrar en la sala de lectura sentí un frío helado que atravesaba mis piernas. Pense que serian los nervios, pero era otra cosa. Hice diez pasos antes de que se encendieran las luces. Pense que era Víctor, pero no era Luis apuntándome.

-¿Querés saber donde va esa, eh?-

No atine a contestar, tampoco a huir como la primera vez. Por detrás apareció el sereno reconociendo mi rostro.

-Si fue este el que se llevo el libro.

-Claro, quien otro- remato Luis.

Cuando llego la policía me acorde del cuento.

Que ganas de jugarme un picado, pense. Me sonreí entonces, pero mi sonrisa no duro mucho.

Prueba guardada

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En la comisaría de la avenida, a solo diez cuadras de casa fui interrogado. No fue duro porque no sabia que decir, así que dije la verdad. No creyeron y todos dudaban si lo estaba inventando o si realmente creía en mi ficción. Esta duda sostuvo el aire denso durante nueve horas. Cada tanto me visitaba algún agente que llegaba a la guardia. Casi todos me miraban como a un bicho raro. Seguramente se les habría comentado mi historia, y como el resto descreían.

Pero yo tenia una prueba guardada. La muerte de ella era la pieza clave que hacia encajar mi engranaje. Temía anunciarla por dos motivos. Si se comprobaba su muerte no tendría mas esperanza para seguir. No me importaba verme imputado, solo que no deseaba saber si era cierta mi suposición. Por otra parte, si ella llegara vivita y coleando, entonces yo estaría loco o al menos eso creería la policía. Un juez no dudaría en encerrarme por uno u otro motivo; mi cuadro no encajaba en el esquema del delincuente típico.

Entonces decidí no hablar. No hablar mas con gente de azul.

Cuando recibía bromas ignoraba haberlas oído, y ni siquiera sus coscorrones me hicieron reaccionar. Solo quería que el tiempo pasara porque sabia que no podían mantenerme allí mucho tiempo más. ¿O cuanto se podía encerrar a un joven hambriento de lectura por el robo temporario de un libro? Después de todo, a pesar del impacto que causo en mi, la obra no era la más grandiosa jamas escrita (a no ser que como se me ocurrió anteriormente, las vidas de todos  y cada uno de nosotros, pudieran interpretarse con ella).

Nueve horas, como dije.

El cuartito en el que me alojaban ya comenzaba a parecerme cálido cuando llego el juez. Algún resto de ingenuidad hizo que el hombre me inspirara confianza, así que le hable. Le hable mucho. Le conté todo, todo desde el principio. De Víctor, de ella, del banco, de mis obsesiones y su vuelta, y por fin de la obra. Quise hacer aparecer mi robo como un acto plenamente justificado. Y él pareció entender, porque dijo:

-Comprendo.

Segundo encierro

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Al día siguiente fui internado, y comenzó mi peor pesadilla. No sé cuanto duro, pero vuelve, siempre vuelve.

Ni bien llegue me asignaron una cama: la 027. Mi ropa fue cambiada por otra, blanca y liviana. Mis compañeros de cuarto parecían callados.

Esa noche no pude dormir. El resto de los muchachos roncaba, y yo me quede pensando. ¿Qué hubiera pasado si le presentaba al juez mi prueba? Quizá hubiera sido peor, porque solo yo sabia de su muerte. Ya nadie creería que fue la obra la que me anuncio ese hecho. Ahora estaría preso y mis compañeros no serian tan tranquilos como fueron los del hospital. El pelado, sobre todo, era poseedor de una paz asombrosa. Casi nunca hablaba pero sonreía mucho, y cuando algo andaba mal repetía: tranquilo, tranquilo.

Al poco tiempo dieron de alta a dos de los muchachos que venían rehabilitándose. En el cuarto quedamos el pelado, el hombre de barba, el alemán y yo. El hombre de barba no hablaba. El pelado, como dije, era pacifico pero se encontraba aislado, en su mundo. Y el alemán era mi único amigo.

Me contó que estaba allí hacia un año, que en su casa no sabían nada, pero que él estaba bien allí. No podía entenderlo. Como podía estar bien encerrado en una jaula. Yo solo soñaba con escapar. En algunos de esos sueños en los que mi escape era frustrado por motivos creíbles oía por debajo la risita de Víctor.

Recuerdo que soñaba mucho, ya que no tomaba las pastillas que nos daban todas las noches. Tenia un método infalible con el que lograba saltear todos los controles. Tras ingerir las pastillas, pedía permiso para ir al baño, y allí regurgitaba gran parte de las drogas que me habían suministrado. Me hice un experto en provocar el vomito. Cada noche devolvía lo que no quería tomar. Así, mi lobotomía tardo en concretarse. Tal vez por ello me sentía tan a disgusto.

Mi actuación intentaba mimetizarme con el resto de los internos. Tenia la certeza de que esta era la única manera de no llamar la atención. En algún descuido podría huir, y concretar el sueño que todos tenemos desde chico: la fuga.

Todos alguna vez ideamos una causa injusta, una condena y un acto heroico que le devuelva al mundo una parte de la justicia que no tiene.

Y esta era mi oportunidad de concretarlo.

Sabia que debía hacerlo de noche. A eso de las tres todos dormían, seguro.

La fuga

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Esa noche no fue. Se hicieron las seis y el alba calmo mis ansias. No pude levantarme a las tres, ni a las cuatro, y menos a las cinco. Entonces me quede, aunque no pude descansar. Recuerdo que pense mucho aquella noche. Me acorde de ella. Pobrecita.

Pense que la única razón para escapar era la posibilidad de verla. Pense también en la desilusion de Víctor y en su ira cuasi justificada. En el fondo no tenía nada para reclamarme. Al fin y al cabo, nada le había prometido.

Pero entonces… por qué la culpa.

Será por eso que esa noche no pude levantarme.

Solo la duda hizo que me levantara la noche siguiente: y si estuviera viva…

Ese día fue casi soportable. Pensaba todo el tiempo en el escape. Todo estaba calculado hasta el ultimo detalle. No podía ser tan arduo(de hecho no lo era). Burle guardias, camine con sigilo, destrabe la puerta. Libertad, ese bien tan preciado.

Sentí frío al salir. Me pregunte entonces, como es que algo tan bello puede doler tanto.

No tenía sentido, tarde o temprano caería. Así que volví solo. Antes de las seis estaba ya en la cama. Creerán que es incomprensible, yo creo que era la única forma de reencontrarme, de retomar el camino que llevaba.

Recuerdo que en ese tiempo escribí este fragmento:

Y todas estas hojas escritas por ella.

Un universo ideal y silencioso.

Horas bajo lamparas, las tuve a mi lado

Igual que en un principio a ella.

Y ahora dadas vuelta, sirven a otro fin,

para otra historia: la historia que no fue

 

Quisiera no idealizarla,

Pero al no conocerla me resulta imposible.

Porque todo es perfecto sin su voz,

sin sus errores

(porque ha de cometerlos,

aunque no me imagino de que forma)

 

Lamentablemente supe su apellido,

Y ahora sé su nombre.

Mejor era no saber nada

Y siempre esperarla en cualquier parte

Pero me es inevitable:

La quiero y no sé por qué.

Es simpático que el amor sea tan incoherente y testarudo. En lugar de evitarse un desengaño uno busca, como intentando probarse una vez mas que todo es inútil. Ya no quedan esperanzas: estoy condenado a ser un desdichado.

Veintinueve

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Mas allá de nuestra testarudez, algunos eventos nos indican que existe algo en universo que esta confabulando con nosotros para provocar un encuentro. Solos no somos capaces de lograr el imposible, pero este se acerca en virtud de eventos fortuitos que al sucederse nos hacen dudar acerca de la formulación del azar.

No buscando su nombre la encontré, hasta supe donde vivía casualmente. Pero siempre hay una búsqueda detrás, algo que nos impulsa a encotrarnos en este mar de gente que nos intenta ahogar con decepciones.

Algo de esto me hizo recordar la obra. Pensaba que ya estaba olvidada, pero no enteramente.

Lo único que recuerdo es que tras escribir estas líneas decidí no resistirme mas a las drogas. En adelante haría lo que me dijeran. Tomaría lo que me dieran sin quejarme. Estaba entregado. Definitivamente.

No sé cuanto tiempo pase encerrado. Solo sé que cuando salí tenia veintinueve. Recuerdo que este hecho no me puso triste, simplemente pense: veintinueve, que simpático, como el colectivo.

La vuelta

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No había mucho sentido por recorrer. Solo el tiempo me aguardaba. En pocas palabras: el Comando, Víctor y ella. Solo me faltaba para completar el ciclo, el grillo.

Yo sabia que no estaba loco. Así que no tenía porque escapar. Aunque es cierto, me tuvieron encerrado, pero fue porque no podían comprenderme. Reconozco que los hechos que me sucedieron estaban con creces muy por fuera de lo considerado normal. De ahí la confusión, de ahí mi encierro. Mientras estuve adentro sabia  que algún día tal confusión debía cesar. Y ese día llego.

En adelante procure nunca mas realizar actos que estuvieran fuera de lo común para evitar confusiones y encierros no merecidos.

Por eso cuando apareció el grillo procure actuar con la mayor normalidad posible. Mi apariencia externa no se vio trastocada; mis rutinas tal vez si, pero no creo que nadie (salvo el portero) lo halla notado.

Procure nunca mas pensar en ella o en él, nunca mas pintadas. El fin del Comando Abuelo Negro. El haber luchado no me justifica para siempre, solo la lucha cotidiana logra y permanece.

El Comando murió en el hospital, y con la mi dignidad, mi ser integro. No busco justificarme, solo quiero que alguien, en algún tiempo me comprenda. Porque sé que alguien, algún día, ha de comprender el motivo de mis actos, el porque de mi proceder. Mis ilogicidades no fueron tales. Mis afecciones, que aun duran, me llevaron sin querer a lo que soy. Pero esto no me justifica, tan solo me explica y con eso basta.

Balance

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Queda algo por narrar. Son los sucesos que me llevaron al grillo, a la locura declarada mas adelante.

Hoy soy un hombre lleno de contradicciones, como un asesino sin coartada.

No pense nunca en el escape, mucho menos en un crimen perfecto, sin testigos ni pistas. Cometí atrocidades que no creía tales. Me lleve puesto este nombre, la historia que he contado y los motivos que aun me llevan.

Escribir no ha sido fácil.

Nada lo es.

Pasaron dos años. No recuerdo bien en que. Quise trabajar en la biblioteca pero no fui atendido. Lo hubiera hecho ad honorem para resarcir el daño que cause en ella. Por consejo de Luis, la directora decidió no aceptar mi colaboración. El mundo literario no comprendía mi arrepentimiento y ya no podría retirar libros. Comprarlos seria más difícil dado que mi escasa renta haría difícil de  sostener mi ávida lectura. Sin embargo no podía resistir la tentación. Intente en otras bibliotecas, pero mi prontuario me excluía.

Siempre sospechaban, y al llamar confirmaban mi altercado. Era inevitable: cada bibliotecario que me atendía pedía mi dirección para llenar la ficha, y al verme tan alejado consultaba por el motivo. Muchas veces esgrimí excusas de trabajo, pero ellos inexorablemente hacían el llamado que concluía con mis esperanzas de volver a leer.

Una noche, desperté sudado. Había soñado que mataba a alguien pero o sabia a quien. Solo recordaba una imagen: una pila de libros derribándose sobre un hombre de espaldas. Entonces temblé. Podía ser real mi sueño, y mi víctima solo podía ser una.

A la mañana siguiente corrí desesperado hacia la biblioteca. Llegue ocho menos cinco. Esos cinco minutos fueron un suplicio; el sudor era tibio y los nervios de punta me arrojaban lejos del lugar, hasta que lo vi bajar del colectivo. Luis me miro con mala cara, pero yo sonreí.

-¿Que buscas?- me dijo de mal modo.

-No nada, quería ver como andaba- conteste ingenuamente.

-No te hagas el simpático, ya sabés que acá no podes entrar. Ni acá ni en ninguna otra biblioteca del país.

Me fui contento, me había dado una clave: mudarme seria una solución. Pero, adonde ir sin tiempo ni planes.

Llegue a casa y comencé a armar una valija. Con una bastaría, total sabia que me iba para leer, solo para eso. Luego podría volver, pero solo si terminaba con mi proyecto: leer todo lo alguna vez escrito. Con el correr de las prendas me fui desanimando. Mi proyecto era imposible, mi principal enemigo era el tiempo… y los nuevos escritores. Aun salvando este inconveniente, no podría con mi voluntad, detener al tiempo. Mi cuerpo iría pudriéndose de a poco, mi vista se iría deteriorando, y mi alma con una pena mayúscula, se iría apagando en forma paulatina. Ninguna restricción en el volumen de las obras lo hacia posible.

Deprimido me entregué al llanto. Lo recuerdo claramente, porque pocas veces he llorado. Me extraño el sabor amargo en las mejillas, también me extraño el ahogo y la desazón. Me quede tirado en el sofá por largo rato. ¿Por qué lloraba? No lo sabia con precisión. Hoy sí lo sé: no quería leer todas las obras del mundo, solo necesitaba una.

Allí estaba mi vida en símbolos. Me duele pensar que la tortura de Víctor me hizo devolverla. Si tan solo hubiera sido mas fuerte… aun hoy debe reírse de mi cobardía en alguna parte.

Debía reencontrarme con la obra de algún modo. Pense : la biblioteca. Debía estar allí, porque todo estaba allí.

Reingresar ilegalmente seria una locura, así que decidí buscarle en otra parte. Los archivos me fueron siempre inutiles. Los libreros intrigados investigaron en mi nombre. Fue inútil, la obra no estaba, parecía no existir. Entonces surgió mi duda: habría existido alguna vez tal obra. Debía ser, ya que la tuve por siete días en dos tandas de tres y cuatro.

Pero que tal si el libro no era lo que yo leí, sino otras ideas que emanaban de alguna parte de mi ser en forma inconsciente. No podía conservar la duda. Luego de tres días de búsqueda, habiendo recorrido las treinta y siete bibliotecas de la ciudad y más de noventa librerías céntricas, me di por vencido. Había un solo lugar donde podría hallar la obra: en mi biblioteca amiga.

Imposible

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Llegue cinco minutos antes de la hora del cierre. Me extraño no verlo a Luis en el mostrador. Me atendió una joven muy amable. Le pregunte por la obra y dijo que no estaba. Mi humor empeoro. Le pregunte cuando la tendría de vuelta porque debía consultar algo con urgencia (para un trabajo le dije). Sonriente me contesto que no era una cuestión de tiempo, ni de plazos y devoluciones, porque en su archivo no figuraba ninguna obra bajo ese nombre.

Imposible. Me exalte un poco. La joven intento calmarme pero fue en vano. Pedí hablar con el encargado (que era Luis). Me dijo que ella era la nueva encargada. Imposible… y Luis con sus años de biblioteca, con su conocimiento minucioso, con su exasperante prolijidad, con su corrección de burócrata mal pago… ¿dónde habría ido? No podía ir a otro lado, no pertenecía fuera de esa biblioteca.

-¿Dónde fue Luis?- inquirí.

-El señor Luis no trabaja mas aquí, yo soy la nueva encargada- contesto educadamente.

Mi cara deba haber requerido mas explicaciones. Entonces se puso seria.

-Luis falleció hace cuatro días aquí en la biblioteca y yo estoy encargada desde ayer. ¿Usted era amigo?

No pude contestar. Al minuto atine a preguntar algo que debí haberme guardado para suponer o torturarme con la duda.

-¿Co… como murió?

-No se sabe bien. La policía investiga.

-Pero como…

-Dicen que le cayo uno de los estantes encima. Murió aplastado.

Mi respiración se detuvo.

-¿Se siente bien?- me pregunto la joven.

-Sí… si, tengo que irme- me excuse nervioso.

Salí apurado, como ebrio. Tuve que sostenerme contra un árbol para regurgitar culpa, una culpa infinita pero injusta. Yo sabia, pero no quería creerlo. Como podía ser, no parecía un accidente. Mi sueño no era un accidente y su muerte tampoco.

Pense en Víctor. Maldito, una vez mas se estaría riendo, pero no en mi cara.

Segundo balance

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La imperfección de este mundo es un motivo perfecto para continuar. Mientras exista solidaridad adeudada existirán motivos para buscar salidas a esta soledad compartida que nos engloba. Yo encontré el motivo para continuar la búsqueda, y en ella sufrí mucho porque no hay caminos fáciles. Las bifurcaciones son más peligrosas cada vez. En cada decisión se juega todo. Saltar o morir, robar, matar el tiempo; no es un juego. Porque no se puede deshacer. No hay vuelta atrás.

La búsqueda

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Mi ultima voluntad fue hallar la obra. Aunque Luis ya no estuviese, debía hallarla. Pense en ir a su casa para buscarla, pero no sabia nada acerca de él. Ni su apellido, ni su dirección, ni siquiera el barrio. Podía volver a la biblioteca para preguntarle a la joven, pero eso hubiera sido muy peligroso. Habiendo muerto Luis en situación dudosa, no seria aconsejable preguntar acerca de él. No quería volver a tener contacto con mas gente de azul, ni con hospitales, ni con recuerdos atrapados en silencio. Estaba desesperanzado.

Por primera vez no había salida. La obra parecía perdida.

Aquellos días fueron agotadores. Pensaba todo el día en hallar la obra. Hoy pienso que la obra nunca existió, o que si existió se trataba de un ejemplar único, de una edición especialmente preparada para que yo la leyera. Pensar tal cosa era demasiado arrogante. Seguramente se trataba de una obra considerada menor, con una edición limitada, aunque a mi juicio fuera la más grande jamas escrita. Muchas obras geniales se pierden para siempre con la memoria de los pocos que pudieron disfrutar de ellas. ¿Pero que hay si la salvación del mundo estuviera justamente en esas obras olvidadas? Que injusticia es el olvido.