Luces rojas

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Salí por la avenida. Todavía chorreaba agua de mi pelo. Sentía, como cuando era chico, ese gusto a adrenalina. Me detuve en las primeras luces rojas. El gusto era mas fuerte y presente. Dude unos instantes, pero igual subí por unas escaleras interminables. No me detuve a descansar. Cuando llegue, agitado, no podía distinguir los objetos ni a las personas debido a la penumbra roja. Lentamente se acerco una señorita. Tuve miedo, hacia meses que no hablaba con una. Me saludo con un beso, y esto me endureció aun más. Solo atine a decir:

-¿Cómo te llamas?

Todavía recuerdo su nombre: Zelma.

Así perdí lo único de niño que aun conservaba. Fueron diez minutos, mágicos, desenfrenados, con un precio simbólico que demuestra una vez mas la inutilidad del dinero como medida de estado de animo o las sensaciones internas.

Perdí, así es. El deseo supero a la ficción de un amor imposible.

Desalojo

 

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Cuando llegue a mi casa tome todos los recuerdos de  mi infancia y los arroje en un canasto grande. Cuentos, juegos, muñecos y otros signos de un pasar liviano. Me di cuenta de cuantas cosas tuve, y de cuan poco me sirvieron para afrontar el futuro. El camión de la basura ya había pasado, así que el canasto quedo en la puerta hasta la medianoche siguiente. Quizá le hayan servido mis recuerdos a algún chico, si es que algunos pudo verlos a través de las bolsas negras que se usan en los edificios de consorcio.

Al día siguiente mi casa parecía mas limpia, pero le faltaba algo, igual que a mí. Salí a dar un paseo para tratar de distraerme y cuando volví, dos horas mas tarde,  todo seguía igual.

Definitivamente  no me gustaba mi nueva casa, con un pasado mediato que no estaba dispuesto a afrontar. Así que comencé por apilar todo tipo de recuerdos, para arrojarlos esta vez antes de la media noche. Se iría todo: las fotos, las cartas, las revistas, los diarios viejos (tenía muchos, por cierto). Tuve que hacer dos viajes para desalojar al pasado de mi hogar. Cuando terminé, a eso de las once y media, caí extenuado sobre el sofá.

Ahora si, podría descansar en paz.

Hubo mas espacio para meditar entonces, sobre cuestiones importantes y no tanto. Pensé en escribir un libro sobre aquellas meditaciones, pero a quien iba a interesarle…

Hoy ya no me importa sino me gusta lo que escribo. En cambio, si me hubiera dedicado a escribir un libro en ese entonces, no me hubiera permitido ni siquiera una frase cuya redacción planteara dudas. Hubiera sido el libro perfecto.  Un imposible.

Así fue que comencé a tomar notas. Para mí, nada mas que para mí. Para ello, utilice un cuaderno naranja que conservaba desde el secundario. Era interesante releer mis anotaciones cuasi jeroglíficas. Usaba flechas, abreviaciones, símbolos y cuadros. Muchos cuadros. Creo que ese cuaderno debe contener mas clasificaciones que las hechas por Lineo. De tipos humanos, de viajes, de comidas, de humores y costumbres, y tantas mas que no recuerdo, pero que por suerte guardo en aquel cuaderno. Sin embargo hay cosas que recuerdo perfectamente, como la primera página en la que había anotado:

LIBERTAD = AUTOGOBIERNO

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Cuadernos

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Mi cuaderno me acompañaba a todas partes, pues creía firmemente que la inspiración filosófica podía aparecer en cualquier momento. Y cuanta razón tuve en hacerlo… escribí poemas en subtes, teoremas en plazas y canciones en el baño. De todo en todas partes. Ese fue un período prolífico, y podría decir feliz. Crear definitivamente reconforta, no hay dudas; no existe creación sin tensión ni resolución sin conflicto.

En ese cuaderno, fui resolviéndome de a poco y aunque fuera una ficción, me sentía cada vez mas pleno. Pero como todo lo bueno, el cuaderno también tuvo su fin: la última hoja.

Una vez que llegue a ella, no sabia que hacer. Estuve días y días hasta animarme a completarla. Era como partir sin abrigo, sin querer hacerlo. Era como decir adiós sin haber llegado. Porque el cuaderno se quedo corto o mis conflictos eran demasiado largos. Y sobre esto escribí en esa ultima hoja.

Llegue a una conclusión en ella: no podía saber cual era la verdad, pero esta se vería develada de una forma sencilla. Mi próximo cuaderno sería más amplio, estaba decidido.

Tarde unos días en decidirme a comprarlo. Tenia miedo de hallarme frente a una hoja vacía sin saber hacerle frente, con mis dudas  y complicaciones. A pesar de ello, no fue difícil la búsqueda. Lo difícil vino luego.

Esa primera hoja me aterraba, y nunca pude superarla. Las ideas fluían por mi mente, sin poder plasmarlas. Se había producido un quiebre: se había acabado mi cuaderno. Porque este azul, también me pertenecía, pero no era el otro, mi viejo cuaderno naranja.

El cuaderno azul conoció la ciudad. Lo pasee por plazas y jardines, pero nada me incito a escribirlo. Un día estuve seis horas sentado en una plaza con aquella hoja en blanco frente a mí. Una sola palabra basto: MIERDA.

Habiendo ocupado la primera hoja creí que mi tarea se vería facilitada, pero no fue así; ese cuaderno quería morir virgen y yo no podía ir en su contra. Quizá mi pulso estaba cansado de mis idas y vueltas, de mis indefiniciones, de tanto lamento sin culpa.

Decidí abandonar el cuaderno en un cajón, con su única leyenda esperando que el tiempo la negara o le diera mas razón que nunca.

Victoria

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Tardé mucho en escribir algo sensato. Hubo intentos, pero significaron tan solo alivios para quien sabe que al menos lo había intentado. Lo fácil parece difícil y lo casual poco importante.

Fue casual mi descubrimiento y estaba a solo trece cuadras: la biblioteca popular. Recuerdo que no dejaban retirar las obras, así que me habitué a visitar la biblioteca dos veces por día. Por lo general, me dedicaba la lectura paralela de dos obras: la matinal y la vespertina. Así comencé a llenar mis lecturas. Casi todos los días era yo quien aguardaba la llagada del bibliotecario, quien me entregaba prontamente la obra que tenía reservada desde el día anterior. Mi lugar predilecto era una esquina del recinto donde pegaba el sol desde las nueve hasta las once. El gordo Luis, como buen bibliotecario, me recibía siempre con una sonrisa y un “buendiia”. Su aspecto era mas similar al de un oficinista que al de un bibliotecario. Casi siempre me hacia una acotación acerca del clima y antes de entregarme la obra no olvidaba recalcar:

-Con cuidado, que esta es de las buenas-

Por lo general cruzaba páginas hasta eso de la una del mediodía. Era cuando el hambre distraía mi atención plena. Muchas veces queriendo terminar un libro, lo domaba hasta dos y tres horas mas, pero al final el hambre siempre vence. Por este motivo, procuraba desayunar en forma muy abundante todas las mañanas. Como nunca antes, ni nunca después mi cocina rebalsaba de fiambres, frutas, tostadas y jarros de café repletos. Engullidos en media hora, servían de combustible para mi lectura ávida.

Todas las mañanas de ese año me vieron dentro de la biblioteca popular. Creo no haber faltado nunca.

Los domingos eran dramáticos para mí. El descanso de los bibliotecarios me parecía absurdo. De qué podían cansarse dentro de una biblioteca. Qué mejor que habitar ese submundo de ficciones. Un par de domingos logre, bajo juramento solemne, que el gordo Luis me facilitara volúmenes no registrados en devoluciones. Luis confiaba en mi; sabía que el lunes a las ocho los tendría allí.

Los domingos sin libros eran un suplicio. Me dedicaba a recordar obras enteras, momentos culmines, desarrollos alternativos y finales posibles para obras abiertas. La resolución de enigmas era mi pasión. Pero una vez resueltos no me quedaba mas que la planificación de mis lecturas. Me instruía por referencias y recomendaciones, y trataba en lo posible de extinguir la obra de los autores en forma rigurosamente cronológica.

Todos los días al regresar del almuerzo me dedicaba al chequeo de los ficheros, a las anotaciones en libreta, a las averiguaciones con Luis y la señora de la tarde.

Habiendo finalizado con mis investigaciones, requería volúmenes dilectos de bibliografía mas elevada. Creía que el atardecer era el momento propicio para la meditación por lo que leía volúmenes de filosofía, teología, ciencias ocultas, psicología y otras disciplinas hasta que caía el sol. Meditaba largo rato sobre lo leído mientras hacia mis anotaciones de libreta y me retiraba sin olvidarme de saludar a Luis y a la señora de la noche. En algunas ocasiones me quedaba hasta el horario de cierre, leyendo mientras se enceraban los pisos y las puertas se trababan con llave.

Hacia fin de año había leído todas las obras de gran cantidad de autores de renombre y no tanto. De todas partes, de todas las épocas. Muchas historias, muchos finales inciertos. Ya creía haber leído mucho, pero no lo suficiente. Porque nunca era suficiente… al menos eso creía.

El ultimo domingo del año todo cambio. El sábado a la tarde gaste dos horas de mi tiempo en convencer a Luis para que me prestara un libro. Cada sábado era igual: mi insistencia, su negativa inicial, mi tozudez y mi reclamo angustioso; por ultimo, el préstamo temporal de alguna obra. Era una victoria diferente cada sábado, una conquista a base de fuerza moral y convencimiento.

Luis me acercaba una obra y mi sonrisa aceptaba el trato: el lunes a las ocho de vuelta sin ninguna marca. Como cada sábado, me dedicaba a hojear el libro después de cenar. Esa noche algo cambio.

Este libro no era igual a los anteriores que había leído. Bueno, en apariencia, si lo era. Tapa dura, azul, letras doradas, tipografía pequeña y hojas amarillas.

No me pregunten porque era diferente. Una historia usual: un muchacho como cualquier otro (como yo quizás), un desamor, un desencuentro. Pero que tenia esa historia para impactarme de manera tan profunda. No fue un roce, fue un surco el que abrió ese libro en mi casco. A partir de esa grieta, se hizo un rumbo y la vía de agua no pudo detenerse. Una inmersión placentera, que recuerda el naufrago con gozo, con una satisfacción casi sexual.

Este libro debió ser un clásico nunca descubierto, ese tipo de obras universales que impactan sobre seres de todos los tiempos, en cualquier lugar. Pero más, esta historia parecía escrita para mí. El concebir esta idea me hacia temblar. Podría acaso darse que el autor al concebirla, se figurara un muchacho desahuciado por la desgracia y la incomprensión, que a cientos de kilómetros y largos años por detrás, hubiera de identificarse con su historia, con su muchacho pobre y desilusionado. Evidentemente, ningún creador tan grande pudo haber concebido tal idea, a no ser que se tratara de un ser superior (y maléfico).

La literatura universal tiene sus quiebres (y esto lo aprendí leyendo), pero no podría clasificar a esta obra dentro de ninguno de los moldes. Su simpleza la hacia grande, única e irrepetible. Su brevedad la hacia superior a todo lo que había leído o escuchado.

¿No seria la base mas alta que la cúspide y mi visión perpleja un reflejo absurdo de la obra?

No pude creer que fuera cierto. Creía en la objetividad de la obra.

Claro esta que esa noche no dormí, ni la siguiente cuando inicié su relectura. Me quedaban horas de la madrugada del lunes, pero no iba a terminar aquella segunda lectura. Apurarme por demás hubiera sido una gran falta de respeto a su grandeza. Extenuado llegue al anteúltimo capitulo. Eran las ocho y media de la mañana. Entonces, en un ensueño irresponsable pense que siendo el ultimo día del año, todos estarían prontos a festejar y nadie notaria la ausencia de un libro. Podía devolverlo el día dos… o mejor aun, no devolverlo sino me era requerido.

Con la tranquilidad de un niño me eche a dormir en el sofá. El libro quedo entre mis manos.

A eso de las doce, me despertó la campana del teléfono. Ya sabia, era el gordo Luis. Quería saber porque no había llevado el libro por la mañana. Me excuse diciendo que me había sentido mal el fin de semana y que me había quedado dormido producto de los fármacos. Prometí llevárselo cuanto antes. Con un tono desconfiado me insto al apuro, ya que la biblioteca cerraría antes a causa del fin de año. Ni bien corte salte del sofá para reiniciar la lectura. Me faltaban dos capítulos. Pense  que podría terminarlo en dos o tres horas para cumplir con mi promesa. Pero… no podía devolverlo. ¿ Que sucedería si no iba?

A eso de las cuatro, volvió a sonar el teléfono pero no atendí. Preferí seguir leyendo. Seguramente era Luis, pero para que atenderlo si de todas formas no pensaba devolverle el libro hasta no finalizarlo. Los llamados se sucedieron a intervalos de cinco minutos, por el lapso de una hora. El silencio del teléfono me permitió encarar las ultimas diez paginas con mayor tranquilidad. El final se prolongo mas que con la primera lectura, pues me detuve descifrando claves que hacían a la obra aun más genial.

Cuando faltaban tres paginas, golpearon a la puerta. Tuve que abrir ante la insistencia de los golpes. Al hacerlo me encontré con el rostro de un Luis diferente. Sin decir palabra alguna me aparto de la entrada y se encamino hacia la mesa en donde estaba el libro. Intente excusarme, pero fue inútil. Se estaba llevando el libro. Mi libro. Me colgué de su brazo implorándole que me dejara terminarlo; me faltaban solo tres paginas de nuevas claves, de nuevas respuestas.

Hizo oídos sordos. Lo único que dijo antes de salir dando un portazo fue:

-No quiero verlo mas por la biblioteca.

Esa frase se clavo en mi como un puñal. Qué seria de mi vida sin las toneladas de papel que me faltaba engullir. Pero eso no importaba realmente. Qué haría yo sin ese libro, al lado del cual el resto parecía insignificante, superfluo y vacío de contenido. Debía volver a la biblioteca, pero lo mejor seria aguardar hasta el miércoles.

Por la noche note que una herida se había abierto en mi. Extrañaba a la obra. Instintivamente tome un lápiz… y cesó mi silencio.

Dinosaurios

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Fue hace dos días. Nos encontraron en un campito. Creo que no era lejos de la casa donde vivía.

Unos chicos del barrio quisieron reacomodar el campo de juego. El terreno del picado debía agrandarse en relación a sus capacidades atléticas.

La casualidad quiso que fueran a clavar el poste justo sobre el cráneo de Hugo, pero no se dieron cuenta. Recién al cavar el otro pozo dieron con mi fémur, casi intacto desde hacia ocho años. Que placer salir del claustro, reeencontrarme con mis compañeros. Hoy se descubrió al ultimo, Cachito. Siempre escurridizo el guacho. Él fue el ultimo al que agarraron. Ahí estabamos veintidós, tirados en el suelo, desarmados, paradójicamente desenterrados por los mismos que años antes habían cubierto nuestro sepulcro con silencio y temor sembrado.

Todos en fila, mirando al cielo igual que hace ocho años pero noventa grados más tiesos. No podíamos mirarnos a la cara, no podíamos hablarnos, pero todos estaríamos pensando lo mismo: que ganas de jugarnos un picado.

El año nuevo

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Hasta el día siguiente estuve bien. Durante la noche hubo estruendos (y olor a cambio). Luego hubo silencio y párrafos que hoy parecen vanos.

Sacudí mi cabeza varias veces. El año había cambiado, pero mi cabeza no. Seguía pensando en la obra, en su necesidad y perfección conjunta. Las hojas no me bastaron y el festejo fue parco.

Trate de recordar si había dormido o no, pero no pude. Supuse un descanso, ya que me hallaba sin rastros de debilidad. Cuando fue cayendo la tarde el hambre me empujo hacia la calle. Eso si lo recordaba, no había comido en los últimos dos días. La lectura y mi intento por salir  de aquella angustia me habían consumido en horas sin hambre, en minutos sin apuro.

Pero el hambre siempre abrevia esos momentos sin tiempo. Deben haber sido las siete cuando salí. Por suerte había un quiosco abierto. La gente seguía festejando. En la puerta del quiosco había unos muchachos tomando. Fueron los primeros (y los únicos) en nombrarme el año nuevo. Lo agradecí con una sonrisa  y me senté a su lado a comer.

Dos panchos fueron suficientes. Salude a los muchachos y me levante sin rumbo. Instintivamente me encaminé por la avenida. Todo lucia diferente, aunque sé que nada había cambiado. Pero había algo en el aire, quizá fuera la adrenalina de la noche; la de todas las noches, pero en especial la de la pasada. También había algo en mi cabeza, pero no sabia que. Era algo así como un ruido agudo, que invertía el dilema del árbol cayendo en un bosque sin vida. Puede ser sonido aquello que se escucha sin tener fuente.

Seguí caminando hasta encontrare parado frente a la biblioteca. Era la primera vez que la veía así; toda apagada, sin vida. Pero sabia  que ahí dentro había miles de vidas, dedicaciones exclusivas al arte, recordatorios del ocio mas sano.

Estuve diez minutos sin saber que hacer. No podía soportar hasta el día siguiente. Di la vuelta por la esquina buscando la ventana del baño que daba a la calle lateral. Debía entrar, la obra me esperaban

La ventana estaba, aunque no abierta, donde lo esperaba. La forcé para entrar sin mayor trabajo. Algo me decía que debía hacerlo, como una de esas tareas que se nos asignan como destinos.

Una vez adentro solo restaba encontrarla… y huir. Aunque podría haberla leído y devolverla a su sitio; pero no podría hacer ambas cosas. En ese aspecto, la vida es como la literatura. Ante las disyuntivas uno elige, como cada personaje para acercarse al fin. Cada pagina es un hito, un mojón de ruta, aunque no sepamos como ha de terminar nuestro relato. Pero ha de terminar como toda buena historia tras la anteúltima pagina.

Así es que me decidí a robar la obra. Hoy me pregunto que hubiera pasado si me hubiera quedado a leerla allí. Pero de nada sirve, porque no pude y ni siquiera puedo imaginarlo. Me quedo con mi destino pobre y elegido.

Todo esto para justificar mis actos, para que se entienda mi proceder y mi no arrepentimiento.

Un Víctor diferente

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Horas después me hallaba en casa volviendo sobre mí y sobre los acontecimientos de la madrugada. Había un nombre que resonaba en mi cabeza. Misteriosamente aparecía ante mí la imagen de un Víctor diferente. Lo veía frente a mí, con un aire sobrador y altanero. Aun hoy recuerdo claramente esa sonrisa doble, inexpugnable. Al volver a casa su imagen comenzó a torturarme.

Era mi segundo encuentro con el orden. Víctor se reía de mis miedos. Su imagen casi viva no lograba escalofriarme. Por unos instantes volví a pensar en ella. Tal vez Víctor se le habría aparecido como a mí en aquel momento. Deje estos pensamientos ni bien note el ceño fruncido de mi visita. Su imagen me estaba pidiendo cuentas y yo estaba demasiado cansado para rendirlas. Así que me acosté.

Pasaron dos horas sin que poder pegar un ojo. La luz del alba pudo con mi cansancio y al levantarme lo vi sentado en el living.

Su sonrisa seguía pegada, irritante. Intuí que seria su presencia la que me impedía dormir a pesar de mi agotamiento físico y mental.

Lo salude absurdamente. Sabia que no iba a contestarme pues tenia en claro que él venia a escuchar, es mas a escuchar algo preciso.

Así fue que comencé a hablar. Si alguien hubiera entrado hubiera creído que desvariaba, pero solo estaba evitando la confesión.

Comencé narrándole los eventos de la noche anterior. Ante cada palabra mía su sonrisa se ampliaba, como si esta vez fuera él el cómplice. Cuando termine, saque un libro de entre mis ropas. Allí estaba el motivo de su visita: la obra.

La confesión

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Las noches que siguieron fueron similares. Revolcado entre sabanas húmedas, sumergido en sueños vivos que me pedían descanso, pero daban fatiga.

En esas noches fue que vislumbre por primera vez la idea de escribir mi historia. Mis circunstancias me parecían tan irreales y disimiles, que parecían extraídas de una novela mágica y surrealista.

Cuando me cansaba de dar vueltas y la almohada empezaba a tenderme la trampa del ahogo, decidía incorporarme de un salto y enfrentarlo. Siempre lo hallaba igual, con la sonrisa dibujada y sentado en el sillón de la ventana. Casi siempre me tiraba extenuado en el sofá y el tan solo me miraba con su sonrisa falsa, desesperante.

A la cuarta noche no di más. Serian las cinco de la mañana, lo supe porque ya estaba aclarando. Mi cabeza ebullía. No sabia como desterrarlo de mi casa ni como borrarlo de mi mente. Que me ocupara la casa no era nada, porque no hacia ruido ni consumía mis víveres. Pero que usurpara mi propia cabeza era inadmisible.

Aquella noche pense de todo: podía llamar a una bruja (debía haber alguna todavía), tal vez llamarla a ella (quizá aceptaría verme). Pero cual era la solución. Mi cabeza volaba tratando de desprenderse de él de algún modo.

La llame, pero nadie contestaba. Si hubiera atendido se habría anticipado el fin, pero de nuevo no estaba o sabia que era yo y no atendía. Pero… como iba a saber que era yo después de tanto tiempo; no podía saber.

Desesperado salte de la cama para increparlo. Increíblemente no estaba. No podía ser pero no estaba. Mi delirio aumento y revolví todo buscándolo hasta que percibí su risita entrecortada. No podía soportarlo más.

Salí al balcón con lagrimas en los ojos. El sol estaba apenas asomando. Pense: es un lindo día para saltar. Sin darme cuenta pase del otro lado y en breve me hallaba suspendido en el aire. Mis dos manos se negaban a soltarse. No me animaba a mirar hacia abajo. Cuando gire mi cabeza lo vi allí, con su sonrisa sarcástica, colgando de mis pies. Sabia que si me soltaba era el fin, pero mis manos no iban a darle el gusto. Con las ultimas fuerzas trepe la baranda nuevamente. Sentía un peso enorme en las piernas, supongo que era la culpa.

Extenuado me acosté en el balcón. Después de un minuto quise levantarme pero no podía. Algo me mantenía contra el suelo y no era el cansancio. Con enorme esfuerzo logre incorporarme. Una vez arriba se repitió el impacto del baño. El mismo golpe, la misma certeza. Logre arrastrarme hasta adentro y allí me desmaye por un largo rato.

Al despertar lo vi allí frente a mí. Estaba en su sillón de la ventana. Me incorpore resignado; Víctor había ganado y yo tenia que confesar. Sabia que el no diría una palabra así que comencé:

-Esta bien, voy a hablar.-

Entonces borro su sonrisa.

La parodia de Simón Pedro

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La mañana del robo volvió a mi boca. Su memoria me iba a impedir decir algo que no fuera fiel a la verdad.

Su disparo al techo había sido un test de confianza para ver hasta donde llegaba mi hombría y mi lealtad. Cuando todos se arrojaron al suelo, yo no supe que hacer. Él me miraba con esa sonrisa que me desconcertaba. El guardia fue por detrás y yo no atine a decirle nada. Entonces me tire al suelo y su sonrisa se desdibujó.

Dos segundos mas tarde su boca escupía sangre y el guardia lo pateaba con despecho. Era inútil, ya estaba muerto.

Mi traición no termino ahí. Cuando llego la policía, negué a Víctor por segunda vez (faltaría una tercera, anos mas tarde, para completar la parodia de Simón Pedro). Argumente una excusa para justificar mi visita al banco y me retire por la puerta grande. Un par de empleados me miraron en forma extraña, así es que al llegar a la  esquina corrí a doble paso hasta mas no poder. Como ya dije, me aleje muchos kilómetros corriendo; me oculte en la ribera durante todo el día y solo con la oscuridad de la noche me atreví a volver a casa.

La cara de Víctor continuo fruncida. Sabia que faltaba algo y tenia razón. Esa noche al volver a casa mi mente se clavo en ella. Sabia que estaría sola y que podría aprovechar esta oportunidad única. Pero como decirlo… no me alegraba de la muerte de Víctor  pero habiendo ocurrido, se me abría una puerta que lucia invitante.

Solo atine a decirle:

-¿Que hay con ella?-

Entonces su sonrisa volvió.

Mis piernas temblaron. Sabia que ella era bastante débil. Tenia ganas de golpearlo pero no era posible. Corrí hasta el teléfono. La llame de nuevo pensando que antes debía estar dormida. No atendió. Pero… adonde habría ido si yo tenia la certeza de que no era de la provincia, que nunca se iría de la casa de Víctor. Tenia que estar allí. Ante mi desesperación Víctor soltó una carcajada. Esto me enfureció y comencé a arrojarle cosas. Cada vez reía mas fuerte y yo me enfurecía más. Nada lo tocaba. Solo estaba logrando destrozar mi casa.

Entre los objetos que tome arroje la obra. Entonces me detuve y sus carcajadas también. Fui corriendo a buscar la obra pero Víctor se interpuso, no quería que tome la obra y me di cuenta que allí estaría la respuesta.

La obra era una fábula perfecta de la historia que nos toco vivir, de la vuelta de Víctor y de mis dilemas. Ahora todo podía cerrar.

Una frase de la obra basto. Entonces desee no haber increpado a Víctor. La entrega fue tan difícil que Víctor parecía estar incitándome a saltar antes que a leer su contenido. Quizá hubiera sido más fácil soltarme, flotar tres segundos y aplastarme contra el pavimento. Pero hubiera sido una derrota. Una derrota que hubiera evitado mas desazón y dolor.

Mi amenaza de llamar a una bruja lo hizo desistir. La obra cayo del techo donde la tenia pegada y pude atraparla antes de que golpeara el suelo. Víctor se relamía mientras yo abría la obra en la primera pagina. La recordaba claramente pero tenia que leerla para darme cuenta de lo que había sucedido tras la muerte de Víctor.

Al leerla sentí mi destino era un camino marcado por el maleficio. Mis ojos se desmoronaron en esta frase. Víctor triunfante se levanto de su sillón. No volví a verlo, pero el fin de su tortura trajo otra.

Seis pies

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Tenia la certeza de que ella ya no vivía. Pero desde cuando. Sin duda Víctor había presenciado cada uno de nuestros encuentros. Pero por que no se presento entonces. Acaso era otro test.

Muchas veces pienso si Víctor no habrá sido mi alma gemela, el espejo de mi lado más satánico y depravado. Es cierto que parecíamos muy diferentes, pero también lo era la admiración mutua y la envidia insana por los rasgos del otro que uno no tenía. En particular siempre envidie su sarcasmo, su desinterés por lo cotidiano y su malicia tan practica. Calculo que él envidiaría mi tristeza, mi emancipación forzosa y mi torpeza, rasgos que deploro desde hace años.

No podía denunciar a nadie (Víctor ya estaba muerto). Seguramente inducida al suicidio por la acción premeditada de Víctor. Supuse que la visitaría tras nuestros encuentros y la torturaría. Pobre criatura, no habrá soportado… Seguramente había sido idea de Víctor la excusa del viaje a la provincia y seria el mismo el que la sostendría aterrada la noche que casi volteo la puerta.

¿Pero cuando habría muerto?

De algo estaba seguro. Ella no podía estar viva. La primera frase lo decía bien claro:

 

“Ya no hay luz en sus ojos

porque el cielo se llevo sus palabras

y sus palabras se quedaron en tu tiempo”

No me animé a seguir leyendo. Si bien había leído la obra ya dos veces, esta nueva interpretación era tan tenebrosa y aterradora que la sola idea de leerla me hacia un nudo entre el estomago y el esófago.

La cerré y la apoye sobre la mesa. Esa obra no podía permanecer conmigo. Era peligrosa y podía contener claves acerca de mi pasado o mi futuro que no quería conocer. Recordé un par de frases:

“No preocupa tu futuro

porque es igual al resto.

Seis pies son suficientes,

Los gusanos siempre vencen”

No quería encontrar mas claves. Prefería olvidar y empezar de nuevo (aunque no fuera posible). Sabia que tenia que devolver la obra para poder continuar mi existencia en paz y sin anuncios, pero no podía llevársela a Luis al mostrador… debía devolverla a escondidas.

Lo prohibido me atraía, como siempre, pero era muy peligroso intentar infiltrarse en el deposito de la biblioteca durante el día. Decidí que debería retornar la obra por donde había salido: por la ventana del baño. Quizá no hubieran notado su ausencia. Si bien el sereno debía haber avisado acerca de mi intrusión, seguramente no sabrían que obra me estaba llevando y, como revisar la biblioteca entera les llevaría meses, no podrían saber cuál obra era ni quien podía haberla llevado. Estos razonamientos me tranquilizaron y me dieron coraje para ejecutar el plan de devolución. Podía devolverla esa misma noche, cuanto antes mejor.

Pense que seria un tramite, como se dice, parte de mi historia escrita. En realidad mi plan parecía ser parte de otro más malicioso y lleno de resentimiento, el plan de Víctor. Quizá esta fuera la segunda o la tercera etapa que nunca quiso contarme, parte de su venganza como si lograra con mi fracaso aminorar o resarcir mi traición.

Es cierto, lo había traicionado, pero no en el banco sino en su propia casa, o mas bien, en mi cabeza voladora. Quizá ella también lo haya traicionado, y por eso esta muerta en vida. De otra forma seria injusto, y a Víctor no le agradaría.

Ingenuamente me encamine a la biblioteca. Serian las doce de la noche cuando me pare frente a la ventana del baño. Esta vez parecía más fácil ya que la ventana del baño estaba abierta. Esto no me extraño en lo mas mínimo. Solo tuve que trepar, y a decir verdad, me sentí un poco tonto devolviendo una obra que había robado tan solo cuatro días antes. Sonreí mientras pasaba mi abdomen hacia la ilegalidad. Se me ocurrió que alguien podría leer esa misma obra años mas tarde y darle un sentido más poético y menos nefasto. Pero esto nunca ocurrió.

Hoy pienso que las vidas de cada uno de nosotros ya están escritas en código en algún libro perdido. O peor aun, que estén todas escritas en un mismo libro que yo tuve hace unos años. Es cierto que pude haberlo descifrado por completo, pero no quería conocerme en forma tan profunda, prefería no saber mis caminos, andarlos sin mas advertencias que la intuición y los desatinos pasados. Esa decisión me costo esta cárcel y tiene el motivo de lo que escribo.